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Miércoles 20 Febrero 2008

Aunque parezca mentira, el cine español ha tenido recientemente a Isabel Coixet en la Berlinale, y con ella una muestra de la salud de hierro de nuestra cinematografía. Digo que “aunque parezca mentira” porque, de nuevo, la directora catalana ha vuelto a rodar en inglés, con un equipo técnico y artístico más de fuera que de dentro, y ahora con producción americana. Dice que sus historias “piden” la lengua de Shakespeare como vehículo idóneo para trasmitir, a media voz, sentimientos profundos y dolorosos…, como si Cervantes no supiera calar en el alma humana y en sus entresijos. Pero hace bien y demuestra inteligencia en su modo de proceder, si encuentra más ayudas y ecos lejos de nuestras fronteras, y se desmarca así de tanta gallina clueca y endogámica. En la capital germana presentaba estos días “Elegy”, que —como su título apunta— llora por un amor que nace ya moribundo al tener incubado el miedo a envejecer. Los enamorados son un carismático profesor interpretado por Ben Kingsley, mujeriego y burgués que seduce a sus alumnas cuando éstas abandonan tal condición, y nuestra Penélope Cruz como joven cubana convertida en objeto de placer y también de dolor y celos, y con Patricia Clarkson completando el triángulo amoroso.

No es nueva esta óptica en el cine de Coixet. Podríamos decir que todo él está transido por esta dualidad amor-muerte y por las dificultades para llevarlo a término, por sensaciones agridulces de enamoramiento y pérdida, por silencios elocuentes y heridas nunca manifestadas (tema nuclear de “Cosas que nunca te dije”, y su versión de época “A los que aman”). Es un cine delicado y sensible, que gira sobre la necesidad de amar y el miedo al compromiso, siempre con la muerte acechando y determinando el actuar (“Mi vida sin mí”), con un pasado que hace enmudecer a los enamorados y cuyas llagas abiertas sangran y gritan por el afecto perdido o mancillado (“La vida secretas de las palabras”). Un microcosmos temático y también estético para historias interiores y emocionales, donde sus frágiles y desconcertados personajes luchan entre la inseguridad y la pasión contenida, que precisan de un ritmo contemplativo con el que reposar sus inquietudes y hacer confidencias al espectador.

Cine poético e intimista de quien busca lo auténtico y no se conforma con la imagen posmoderna que se consume y fagocita en sí misma —de ahí tanta imagen digital y teléfono como sucedáneo de la relación personal, que aparecen en sus films—, con el sentimiento efímero y fugaz que pueda aportar un helado de chocolate o unas caricias reparadoras. Desencantos amorosos y evanescencia del tiempo al estilo Wong Kar Wai, con cámara fija y primeros planos que buscan el alma doliente en el rostro del protagonista, metáforas que hablan de la soledad de manera nada pretenciosa, ambientes fríos e impersonales en los que congelar y cicatrizar el dolor. Ahora nos queda la duda de si “Elegy” continuará con este cine de sensaciones, o si dará una vuelta de tuerca para dotar a sus personajes de una mayor profundidad antropológica, porque dar más de lo mismo… puede llegar a cansar hasta a sus incondicionales. También nos gustaría ver si Coixet es capaz de una mayor versatilidad y variación de género, una vez demostrado que domina este cine de sentimientos a flor de piel.

En las imágenes: Arriba, Ben Kingsley y Penélope Cruz en “Elegy” © 2008 On Pictures. Todos los derechos reservados. Abajo, Sarah Polley en ”Mi vida sin mí” © 2002 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Enero 2008

Al hombre siempre le ha encantado eso de poder dominar el tiempo, de viajar al futuro o regresar al pasado, de acelerar los momentos malos y detenernos en los buenos, de ir y venir en los recuerdos… El cine permite eso y mucho más, y prueba de ello es la amplísima lista de títulos que lo han tratado, y los muchos directores que han convertido el tiempo en uno de sus temas preferidos. Desde Andrei Tarkovski hasta Wong Kar Wai (“Eros”, “2046″), por ejemplo, ha sido una constante y una obsesión ese interés por congelar en un instante la experiencia vivida y darle categoría de eternidad, por prolongar la felicidad del momento y capturarla con una sola imagen, por concentrar la vida entera en un segundo de intensidad emocional.

El director de Hong Kong es uno de los que mejor ha sabido transmitir ese deseo de atrapar el tiempo y “subjetivarlo” según el estado anímico de sus protagonistas, y su película “In the mood for love (Deseando amar)” un claro ejemplo de lo que estamos diciendo. En ella, todo habla del tiempo vivido y recreado por unos personajes que se debaten entre la fidelidad y el impulso amoroso, que intentan ocultar sus sentimientos y esconderlos en el fuera de campo, que sufren los desencantos del amor y que adelantan el futuro con ensayos de dolorosos desengaños y despedidas. Para reflejar ese tiempo interior y emocional, Wong Kar Wai recurre a ralentíes —en este caso no a aceleraciones, porque el tema no lo pide—, al congelado de imágenes y a elipsis narrativas, a repetitivas subidas y bajadas por la escalera de la pensión mientras suena un bolero, a la diversidad de los preciosos vestidos que luce Maggie Cheung para hablar del día a día, o a la reiteración de relojes y humo de cigarrillos que se consumen y que van cargados de sentido metafórico.

Toda la película habla del tiempo que se fue y del que pudo haberse vivido, del que conserva el personaje de Tony Leung en la memoria cuando susurra sus secretos en el muro del templo camboyano. Es un tiempo subjetivo y emocional que necesita ser contrastado con la realidad. Por eso, en la parte final se introducen esas imágenes documentales e históricas con la visita del general De Gaulle a Camboya o del mismo protagonista en el templo budista: la primera sirve de referencia y marco histórico para la historia de amor; la segunda de mirada exterior —la del monje que observa desde lo alto— que objetiva la realidad antes recreada por el amante de la habitación 2046.

En las imágenes: Maggie Cheung y Tony Leung en “In the mood for love (Deseando amar)” - Copyright © 2000 Block 2 Pictures, Jet Tone Production y Paradis Films. Distribuida en España por Amboto Audiovisual S.L. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Diciembre 2007

El estupendo anuncio que Martin Scorsese ha hecho para la campaña navideña de Freixenet es, hasta ahora, el último eslabón de una cadena que va teniendo cada vez más integrantes, y que poco a poco está confirmando a Internet como una vía para que los cineastas puedan completar su filmografía a través de los cortometrajes-anuncio pensados para ser vistos, sobre todo, en la Red, ya que su duración hace excesivamente cara su explotación publicitaria del modo tradicional. Y el director de “Taxi driver” no es, ni mucho menos, el último ejemplo: mi compañera Tònia Pallejà, en el blog de enlaces, va dándonos puntual información de otros directores que se atreven con el formato, como el cortometraje de Wong Kar Wai para Philips.

Hay quien considera que se trata de un género menor, de un mero vehículo para redondear ingresos aprovechándose del prestigio conseguido por la carrera cinematográfica tradicional (sin ir más lejos, santa IMDB no incluye estas piezas ni en el caso de la filmografía de Martin Scorsese ni en la de Wong Kar Wai). Y algo de eso hay, aunque nadie puede discutir el acierto que supone, por ejemplo en el caso del italoamericano, una broma cinéfila como la que construye a través de la filmación de un supuesto guión perdido de Alfred Hitchcock. La pregunta es: ¿será una moda pasajera o las empresas anunciadas continuarán en esta línea? O dicho de otro modo: ¿será la presencia mediática de una empresa como Freixenet estas Navidades similar a la de años pasados, cuando las tradicionales burbujitas y famosos de la pantalla nos deseaban felices fiestas? ¿Compensa abandonar un segmento mayoritario para centrarse en otro que, a fin de cuentas, aún sigue siendo minoritario? Interesante cuestión, que veremos cómo se resuelve. Pero, hasta que tengamos la respuesta, disfrutemos de “The key to reserva (La clave reserva)”, la nueva entrega de tío Marty.

En la imagen: Simon Baker en el cortometraje publicitario “The key to reserva (La clave reserva)” - Copyright © 2007 Freixenet. Todos los derechos reservados.