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Viernes 1 Febrero 2008

La proximidad de los Goya y el reciente balance del pasado año invitan a reflexionar. ¿Por qué el cine español está permanentemente enfermo? ¿Por qué el público recela de lo nacional? Echando una mirada al panorama de nuestro cine, podemos sacar algunas conclusiones. Para empezar, no tenemos nada que envidiar en lo que se refiere a directores de fotografía, música, vestuario… Ahí están Alberto Iglesias, Roque Baños o Pablo Cervantes entre los músicos, y José Luis Alcaine, Javier Aguirresarobe o Paco Femenía entre los fotógrafos, por ejemplo. Parece que los aspectos artísticos no se nos dan mal, y que son apreciados también fuera de nuestras fronteras. En cuanto al componente interpretativo, no son muchos los que sobresalen y no se pueden comparar —en general— a los actores británicos, franceses, nórdicos…, pero no faltan algunos trabajos muy logrados cuando caen en manos de quien les dirija con acierto.

Otra conclusión a la que llegamos es que los directores y las películas más cuidadas triunfan fuera y en festivales extranjeros, pero no dentro. Ahí están Jaime Rosales y “La soledad”, José Luis Guerin y “En la ciudad de Sylvia”, o Javier Rebollo y “Lo que sé de Lola”, entre otros…, por no hablar del gran ignorado por la industria patria, Víctor Erice. Cine no comercial poco valorado, con apenas apoyo institucional en su promoción, que queda arrinconado para un sector minoritario. En el otro extremo están los que salvan la taquilla cada año: Juan Antonio Bayona y “El orfanato”Álex de la Iglesia y “Los crímenes de Oxford”… cine que suscita comentarios del estilo de «hasta no parece español», como si se tratase de imitaciones del más puro estilo norteamericano. Y eso por no hablar de quienes se labran el futuro lejos, con ambientación, equipo, producción… extranjera, como hace Isabel Coixet. Triste realidad la que atañe, por tanto, al mundo de la dirección, por cuanto habla de falta de respaldo o de personalidad en esta lucha por sobrevivir…

En conexión con lo dicho hasta ahora y como última conclusión, podemos advertir la carencia de buenos guionistas como clave de esta prolongada salud del cine español: no sólo faltan historias e ideas —algo común al resto de las cinematografías, como ya hemos apuntado en este mismo blog—, sino que tampoco vislumbramos buenos escritores para el cine, que conecten con la realidad de la calle, que sepan construir personajes e historias coherentes y verosímiles, que consigan mantener el interés del espectador. Quizá la tan traída y llevada Ley del Cine se haya olvidado de este aspecto, y bien podría gastar su presupuesto en fomentar estudios y escuelas de guionistas y no tanto subvencionar cine de dudosa viabilidad.

En las imágenes: Arriba, parte del equipo de ”En la ciudad de Sylvia”; abajo, rodaje de “La soledad” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Martes 18 Diciembre 2007

En la pasada Seminci tuve la suerte de ver un documental firmado por Alberto Morais, “Un lugar en el cine”, de excelente calidad y gran interés cinematográfico. En él mezcla imágenes de películas neorrealistas —“Roma, ciudad abierta” es la referencia— con diálogos mantenidos con Víctor Erice, Theo Angelopoulos, Tonino Guerra y otros colaboradores de Pier Paolo Pasolini. El director vallisoletano quiere hablar del cine y de su lenguaje, de su necesaria conexión y enfrentamiento con la realidad como requisito para la autenticidad, y de su mirada ética al universo del hombre como manera de sintonizar con el espectador y ayudarle a “descubrirse” en un mundo cambiante. Tanto Erice como Angelopoulos adoptan una postura distante respecto a la industria y la taquilla, cuestionan un cine que explota lo más superficial del individuo y que adopta las formas del audiovisual, y lamentan también la pérdida de un sentido de la interioridad y la falta de una mirada contemplativa y poética. Independientes y libres en sus trabajos, sinceros y respetuosos en sus propuestas, nostálgicos y pesimistas respecto al futuro del cine, llegan a hablar de la muerte del cine, de su sustitución por sucedáneos de consumo y distracción.

El director de “El Sur” defiende en ese documental la esencia del cine como una relación del hombre con la realidad, como una experiencia interior de quien traslada vivencias personales a la pantalla —él mismo lo hace en “La mort rouge”, mediometraje aún no editado que abre los ojos sobre “El espíritu de la colmena”— y de quien entra en una sala de cine en busca de ellas. De ese encuentro entre director y espectador surgirá, según él, una identificación, una participación emocional, de sentimientos y de inteligencia,… algo que se repetirá de manera distinta cada vez que vea esa misma película. Por eso, son experiencias que no tienen nada que ver con la de encender la televisión o asistir a la proyección de una película sin vida propia; estos eventos no pasarían de mero relato exterior y superficial, productos que no merecen el nombre de “cine” sino el de “productos de entretenimiento o de publicidad” —no con aire despectivo, pues cada creación tiene su momento y lugar, pero sí con conciencia de ser otra cosa distinta al cine—.

Por su parte, el director griego habla de dos tipos de miradas del director hacia el espectador: la de quien trata al espectador como cómplice, que en el fondo busca la taquilla; y la de quien pone al espectador frente a la realidad, que aspira a trasmitirle la belleza que contempla. Ambos coinciden, por tanto, en lo que podíamos llamar el factor diferenciador y humano del cine, y también el “asesinato del cine a manos del audiovisual”, de la industria-taquilla o del producto de consumo y entretenimiento, realidades posmodernas y epidérmicas que se quedan en lo aparente, sin que se hayan nutrido de la vida real ni interroguen al mundo, sin que encierren alma ni sinceridad en su interior, sin que intenten llegar honestamente al espectador ni respetarle en su humanidad.

En las imágenes: Víctor Erice (arriba) y Theo Angelopoulos (abajo) en “Un lugar en el cine” - Copyright © 2007 Producido por Un lugar en el cine S.L., Alokatu S.L. y Malvarrosa Media. Todos los derechos reservados.

Viernes 26 Octubre 2007

“En la ciudad de Sylvia” no es un manjar que pueda ser degustado por cualquier paladar. Y eso porque el cine de José Luis Guerín es auténtico Cine —con mayúsculas—, que exige una actitud contemplativa al verlo, y una respuesta reflexiva al analizarlo. Su mirada busca capturar la realidad como se presenta ante la cámara, procurando no adulterarla y respetar su pureza, su ausencia de artificio y su misma verdad. Evidentemente, hay puesta en escena y montaje, pero su planteamiento es el de un poeta y un artista, el de un buen conocedor de la psicología humana y también de la sociología de una época. Capturar el tiempo, reflexionar acerca de lo permanente y lo efímero, buscar los orígenes y la propia identidad… Tarea ardua pero esencial para quien desea hacer un cine que diga algo, y que exige cierta distancia frente a la historia contada a la vez que el máximo respeto hacia sus personajes.

En esta cinta, el director de “En construcción” se acerca al ideal femenino y a su búsqueda por el artista, permanente insatisfecho que trata de capturar el rostro que un día le enamoró y que su imaginario ha transformado hasta hacerlo irreconocible, abstracto, irreal. Esfuerzo inútil de la cámara que lo intenta atrapar —sin conseguirlo— precisamente por la misma futilidad de la imagen, algo que la fotografía sí logra congelar e inmortalizar, y que la imaginación del protagonista recrea de manera obsesiva y complaciente. Guerín nos ofrece miradas de autor con bellísimos planos —compuestos artísticamente y montados con un tempo preciso—, que recogen a su vez otras miradas y gestos de tantas mujeres sobre las que un estudiante ha posado a su vez su propia mirada. Rostros de la mujer bella, unas veces vislumbrado en espejos y escaparates, otras confundido entre jóvenes transeúntes llamadas “Sylvia”, “Laure” o de cualquier otra manera… y siempre la belleza.

Son las miradas de un cineasta sensible e inteligente que, como Víctor Erice (El sol del membrillo”), Mercedes Álvarez (“El cielo gira”), Javier Rebollo (Lo que sé de Lola”) o Jaime Rosales (“La soledad”), eleva el nivel del cine español a las alturas de la contemplación, y eso aunque no encuentre espacio terrenal en las salas y tenga que conformarse con las secciones paralelas de los Festivales. Una joya para ver y disfrutar una y otra vez, sin prisas, recorriendo las calles de Estrasburgo o de cualquier otra ciudad.

En las imágenes: Xavier Lafitte (arriba) y Pilar López de Ayala (abajo) en “En la ciudad de Sylvia” - Copyright © 2007 Eddie Saeta y Château-Rouge Production. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.