Muchas veces se ha dicho que para obtener una buena película basta una historia interesante y unos actores que le den credibilidad y que conecten con el espectador. Si esto fuera así de sencillo, “Aritmética emocional” sería una gran película y no repararíamos en elogios, porque el reencuentro de tres supervivientes de los campos de concentración nazis y las interpretaciones de sus protagonistas son elementos de primer orden. Sin embargo, una puesta en escena enfática y un tratamiento excesivo de los sentimientos hacen que se quede en simplemente correcta, y unos ingredientes preciosos queden desperdiciados. El debutante Paolo Barzman bucea en el pasado para curar heridas sangrantes y dar una segunda oportunidad a sus personajes, para cuestionarse si los recuerdos son tan importantes como la vida o si no será preferible olvidar y perdonar, para recoger el derecho de los vivos y dejar en paz a los muertos.

En esta nueva aproximación al Holocausto judío, la historia trae al anciano Jakob a una granja canadiense invitado por Melanie, tras haber pasado las últimas décadas en un gulag soviético. La sorpresa es que con él viene Christopher, el otro niño que salvó su vida —junto a la pequeña Melanie— en el campo de concentración de Drancy, a las afueras de París, gracias a la intervención de Jakob. No han sido años fáciles para nadie, y el sufrimiento por la inestabilidad psíquica y vital de unos no ha sido menor que el de la falta de libertad y las torturas del anciano. Su reencuentro amenaza con la tormenta emocional en unas vidas desequilibradas, entre recuerdos, silencios y obsesiones que les han minando por dentro y que no les dejan vivir, ni a ellos ni a sus familiares. Leer más >>




















