Aunque parezca mentira, el cine español ha tenido recientemente a Isabel Coixet en la Berlinale, y con ella una muestra de la salud de hierro de nuestra cinematografía. Digo que “aunque parezca mentira” porque, de nuevo, la directora catalana ha vuelto a rodar en inglés, con un equipo técnico y artístico más de fuera que de dentro, y ahora con producción americana. Dice que sus historias “piden” la lengua de Shakespeare como vehículo idóneo para trasmitir, a media voz, sentimientos profundos y dolorosos…, como si Cervantes no supiera calar en el alma humana y en sus entresijos. Pero hace bien y demuestra inteligencia en su modo de proceder, si encuentra más ayudas y ecos lejos de nuestras fronteras, y se desmarca así de tanta gallina clueca y endogámica. En la capital germana presentaba estos días “Elegy”, que —como su título apunta— llora por un amor que nace ya moribundo al tener incubado el miedo a envejecer. Los enamorados son un carismático profesor interpretado por Ben Kingsley, mujeriego y burgués que seduce a sus alumnas cuando éstas abandonan tal condición, y nuestra Penélope Cruz como joven cubana convertida en objeto de placer y también de dolor y celos, y con Patricia Clarkson completando el triángulo amoroso.

No es nueva esta óptica en el cine de Coixet. Podríamos decir que todo él está transido por esta dualidad amor-muerte y por las dificultades para llevarlo a término, por sensaciones agridulces de enamoramiento y pérdida, por silencios elocuentes y heridas nunca manifestadas (tema nuclear de “Cosas que nunca te dije”, y su versión de época “A los que aman”). Es un cine delicado y sensible, que gira sobre la necesidad de amar y el miedo al compromiso, siempre con la muerte acechando y determinando el actuar (“Mi vida sin mí”), con un pasado que hace enmudecer a los enamorados y cuyas llagas abiertas sangran y gritan por el afecto perdido o mancillado (“La vida secretas de las palabras”). Un microcosmos temático y también estético para historias interiores y emocionales, donde sus frágiles y desconcertados personajes luchan entre la inseguridad y la pasión contenida, que precisan de un ritmo contemplativo con el que reposar sus inquietudes y hacer confidencias al espectador.

Cine poético e intimista de quien busca lo auténtico y no se conforma con la imagen posmoderna que se consume y fagocita en sí misma —de ahí tanta imagen digital y teléfono como sucedáneo de la relación personal, que aparecen en sus films—, con el sentimiento efímero y fugaz que pueda aportar un helado de chocolate o unas caricias reparadoras. Desencantos amorosos y evanescencia del tiempo al estilo Wong Kar Wai, con cámara fija y primeros planos que buscan el alma doliente en el rostro del protagonista, metáforas que hablan de la soledad de manera nada pretenciosa, ambientes fríos e impersonales en los que congelar y cicatrizar el dolor. Ahora nos queda la duda de si “Elegy” continuará con este cine de sensaciones, o si dará una vuelta de tuerca para dotar a sus personajes de una mayor profundidad antropológica, porque dar más de lo mismo… puede llegar a cansar hasta a sus incondicionales. También nos gustaría ver si Coixet es capaz de una mayor versatilidad y variación de género, una vez demostrado que domina este cine de sentimientos a flor de piel.
En las imágenes: Arriba, Ben Kingsley y Penélope Cruz en “Elegy” © 2008 On Pictures. Todos los derechos reservados. Abajo, Sarah Polley en ”Mi vida sin mí” © 2002 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.