Muchas veces se ha dicho que lo esencial del cine es una buena historia (no limitando ésta a lo que pueda suceder en el ámbito exterior, como ya hemos comentado). Sin duda es así. La historia que se nos cuenta resulta fundamental y previa a otros aspectos técnico-artísticos, y también algo sustancial al tratarse de una creación humana que pretende hablar de lo que rodea a la misma vida (por eso, el amor y la muerte acaban constituyéndose en sus dos pilares y temáticas básicas). Desde siempre, el hombre se ha sentido seducido y atrapado por el arte de contar y escuchar historias, cuentos, tradiciones, leyendas… Y en esto, el cine ha ido de la mano de la literatura en su corta existencia de un siglo, en su intento por reflejar la Historia y las historias de los hombres. Unas veces, las películas se han acercado a los aspectos más poéticos y artísticos que el libro encierra para reflejar la sensibilidad y espiritualidad del individuo, otras se han comportado como vehículo de comunicación para buscar el testimonio de la verdad y la denuncia de la injusticia, y otras se han decantado por un carácter más narrativo-novelesco para abordar relatos y aventuras donde épica y romance se conjugaban con drama y comedia.

Sin embargo, esta imitación tiene sus peligros y limitaciones, porque una cosa es la palabra y otra la imagen —basta con ella para hablar de cine—. Cuando al medio cinematográfico sólo se le exige contar una historia, corremos el riesgo de seguir a remolque de la literatura y no explotar todas las posibilidades de su lenguaje, de explicarlo todo con diálogos y narradores y quizá de despojar a las historias de la ambigüedad y del misterio de la vida, a la vez que de formar espectadores que ven un largometraje una sola vez porque “ya sé lo que pasa y cómo termina”. Sin duda, este público que ve un film como podría leer una novela, es, en buen aparte, deudor del cine americano y de la narrativa literaria, pero a la vez renuncia a recorrer otros caminos y tener aventuras diferentes (no tanto por los temas y contenidos, sino por la forma —por el lenguaje— de acceder a ellos). La imagen pierde, entonces, su potencial narrativo y expresivo, y se queda a expensas de la dirección que la palabra marque, según un guión que, en el mejor de los casos, no será lineal y explícito en todos sus extremos.

Pero existe otra manera de poner imágenes en movimiento y comunicarse con el espectador. Existen otras intenciones al recoger pensamientos, sensaciones e inquietudes en el celuloide. En esas ocasiones, las imágenes también se convertirán en auténtico cine aunque su historia sea nula o mínima, si reflejan un espíritu creador detrás, unos anhelos que salgan a flote o unas reflexiones sobre la vida, la muerte, la sociedad… Ciertamente se trata de un territorio un tanto marginal conocido como el “no-cine”, el ”cine-ensayo” o el “video-instalación”, aunque también se han realizado películas de argumento no convencional ni narrativo, al estilo de “Last days” o “En la ciudad de Sylvia”, que podrían ir dejando de ser propuestas minoritarias. En cualquier caso, ahora que se aproxima el aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, es buen momento para plantearse ese territorio común de cine y literatura, y también aquel en que el primero debe desmarcarse del segundo para tener vida propia, para experimentar con las formas visuales y para no caer en estrecheces y reduccionismos empobrecedores.
En las imágenes: Arriba, “En la ciudad de Sylvia” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados. Abajo, “Last days” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados.















