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Domingo 9 Marzo 2008

Aprovechando que estamos en época electoral, vamos a hablar un poco del cine democrático que nos ha traído la última posmodernidad —¿habrá una ultramodernidad?— y la tecnología digital. Unos dicen que el nuevo soporte ha supuesto una auténtica revolución por permitir a los menos pudientes, a los que comienzan, hacer cine, gracias al bajo coste y a la facilidad de rodaje y montaje que supone. ¡Cualquiera puede hacer su película con una cámara digital!, ¡cualquiera puede presentar su trabajo en los innumerables festivales que cada pueblo organiza! Parece que todos somos iguales —algunos más iguales que otros, diría George Orwell—, y que la sofisticada técnica suple cualquier otra carencia a la hora de hacer cine. Sin embargo, hay también quienes apuntan que nunca la descomposición numérica de la imagen podrán alcanzar la textura fotográfica del celuloide y recoger su carácter táctil, su profundidad de campo o la riqueza cromática o de grises…, y que sólo algunas temáticas justificarían la digitalización del cine.

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Al margen de esta discusión que recuerda la surgida cuando apareció el sonoro, uno también se pregunta si la facilidad para rodar y editar no habrá traído —junto a otras razones— una trivialización de los contenidos. Ya hemos hecho alusión a la carencia de ideas y buenos guiones, y quizá convenga ahora incidir en la vaciedad de muchas formas e imágenes, auténticos fantasmas sin vida como los retratados por Gus Van Sant en “Last days”. Esta ligereza o fragilidad de identidades desestructuradas, este pensamiento débil imbuido de relativismo, esta arquitectura efímera y sin consistencia, este juego de apariencias parecen constituir el sello de una posmodernidad que vive el instante presente y nada más. Personajes sin pasado o con un futuro escapista y falso, situaciones irreales e inverosímiles en las que la vida diaria y auténtica no se reconoce. Todas esas imágenes son las que recoge una cámara digital que permite borrar para volver a grabar encima, como si nunca hubiera existido lo anterior. Esperemos que la democracia digital no se vea atrapada y sepa desligarse de esa vaciedad posmoderna.

En la imagen: Michael Pitt en “Last days” - Copyright © 2005 HBO Films, Meno Film Company, Picturehouse Entertainment y Pie Films. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

Miércoles 27 Febrero 2008

Aparte de la cintas que abordan directa o tangencialmente el suceso del 11-S, parece que el cine norteamericano vuelve a ser espejo e instrumento para la refundación de los Estados Unidos. Ya lo fue en sus primeros momentos, cuando el western narraba la génesis de una civilización que se abría paso hacia el oeste —la frontera—, para después hurgar en los bajos fondos de las ciudades y dar origen al cine de gánsters y negro. Eran tiempos de forja de un Estado de prosperidad y libertades, de gentes que se hacían a sí mismos y vendían optimismo e ideales al mundo entero. Pero el tiempo pasó, llegó Vietnam y la Guerra Fría, y más tarde la crisis del petróleo…, y el cine comenzó a reflejar también una pérdida de ilusión, y apareció cierto escepticismo y temor en la joven nación americana, aunque el peligro estaba aún lejos. Con el nuevo milenio algo pareció cambiar cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo, y su seguridad en sí mismos también se derrumbaba. Era preciso volver a andar el camino recorrido, empezar a mirar al exterior sin altivez y al interior sin ingenuidad: una vía de autocrítica que cuestionase sus orígenes, sus métodos, su filosofía política: Gus van Sant, Martin Scorsese y Ridley Scott firmaban, entre otras muchas, cintas como “Elephant”, “Gangs of New York” o “American gangster”, respectivamente.

Por eso, no extraña que ahora hayan concurrido en su carrera hacia los Oscar® varios títulos que respiran la misma necesidad de espacios abiertos como los del Monument Valley de John Ford, de una frontera móvil hacia la que huir y donde tomar aire o hacer fortuna, y de una violencia y ambición que respondan a pulsiones interiores de individuos inquietos y desorientados, cuando no paranoicos. Ahí están el psicópata asesino que encarna Javier Bardem en “No es país para viejos”, un individuo desarraigado e imprevisible; o el avaricioso sin escrúpulos que se alía con cualquiera con tal de lograr su sueño, y que le ha dado a Daniel Day-Lewis su estatuilla por “There will be blood (Pozos de ambición)”; o también el cobarde Robert Ford que mató por la espalda a su admirado Jesse James, para ocupar su puesto de gloria en la Historia; por no hablar del lujurioso juez y su vengativo y criminal barbero Sweeney Todd que Tim Burton acaba de llevar a la pantalla. Individuos sin moral ni raíces, con venganza y violencia en las venas, auténticos centauros del desierto que parten hacia California en busca de petróleo, hacia El Paso para recuperar una maleta llena de dólares, o que vuelven a su Londres natal para saciar su sed de sangre.

En esta nueva búsqueda de identidad, de contenido a una vida vacía o de una seguridad que no tienen, hay también “nuevos americanos” que deciden emigrar a tierras vírgenes. Es la opción del joven Christopher McCandless, que cogió sus maletas —mejor dicho, que quemó sus maletas— para cruzar la frontera de la civilización corrupta o hipócrita, y fundirse en la Naturaleza pura de Alaska. Un viaje a su propio interior o a ninguna parte, porque —como sus colegas de ficción— la muerte le sobrevino en la mayor de las soledades y desamparos: Chigurh o el propio sheriff Bell, Robert Ford, Sweeney Todd, Christopher, Daniel Plainview… individuos desclasados y al margen de la comunidad (tan nuclear en el cine de Ford) y del sistema…, en definitiva, fracasos del sueño americano.

En las imágenes: Arriba, momento del rodaje de “American gangster”; abajo, fotograma de “Hacia rutas salvajes” © 2007 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.