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Domingo 4 Mayo 2008

Pocas veces uno siente tanta indignación como cuando tiene la impresión de que le están tomando el pelo. Eso, que es extensible a todos los aspectos de la vida, también ocurre si nos referimos a nuestra cinefilia. Si de lo que se trata es de que a uno le den gato por liebre, atraído por el canto de sirenas de una oferta que despierta nuestras mejores expectativas como espectadores nos encontramos con que lo que nos dan es una cinta hecha sin ningún criterio, sin pies ni cabeza, todo ello camuflado bajo la aparente garantía de calidad que supone contar con uno de los grandes de Hollywood al frente del cartel, quizá la palabra más acorde sería la de estafa… artística, pero estafa al fin y al cabo.

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Si hemos convenido en que un puñado de actores, de los cientos que aparecen cada año, reinen a una determinada altura, no es sólo porque nos hayan regalado alguno de esos momentos inolvidables que jalonan la memoria de cualquier amante del cine, sino porque tendemos a pensar que cualquier proyecto que elijan, aunque sea comercial, mantendrá siempre unos mínimos de calidad (o, dicho de otro modo, de dignidad). Sin embargo, el señor Al Pacino, como alguno más de su quinta, directamente se ha reído de nosotros aceptando participar en un bodrio de proporciones tan monumentales como este “88 minutos” que, sinceramente, ojalá alguien me borrase del recuerdo en plan “¡Olvídate de mí!”. Desde luego, para quien esto escribe, queda claro: el Al Pacino actor ni está (y ya ni se le espera, visto lo visto) desde “El mercader de Venecia”; en su lugar, nos ofrecen un clon chapucero con pelucón imposible, y con una capacidad interpretativa equivalente a cero. Es una pena, pero lo superaremos: por muy estrellas que sean, no son el centro del universo.

En la imagen: Al Pacino en “88 minutos” - Copyright © 2007 Millennium Films, Randall Emmett/George Furla Productions, Equity Pictures Medienfonds GmbH & Co. KG III y Nu Image Entertainment. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

Viernes 26 Octubre 2007

Pues miren, yo no sé si Francis Ford Coppola lo habrá dicho o no en una entrevista a la edición americana de la revista GQ (parece ser que ahora lo desmiente), pero me alegra que esa intervención haya servido para poner sobre el tapete algo que, en el fondo, la mayor parte de los cinéfilos pensamos: que los tres monstruos de Hollywood Robert De Niro, Al Pacino y Jack Nicholson llevan tiempo viviendo de las rentas de los papeles que les convirtieron en lo que son. Y la verdad es que me alivia, porque confieso que llevo ya algún tiempo con la mosca tras la oreja cuando veo alguna película en la que participa alguno de los miembros de tan insigne triunvirato. Porque, sinceramente, ¿cuánto hace que De Niro no interpreta algún papel en el que haga algo más que poner el piloto automático, parodiarse a sí mismo o poner caras? Lo más parecido a una interpretación fue la de “El buen pastor”, que para eso era una apuesta personal, y tampoco es que fuera a engrosar su lista de actuaciones inolvidables.

Al menos, Nicholson y Pacino se han esforzado alguna que otra vez (ahí están sus interpretaciones en, por ejemplo, “A propósito de Schmidt” o “El mercader de Venecia”, respectivamente). Pero bueno, da igual que ellos se paseen por ahí, se coloquen donde les digan, suelten sus líneas y pasen a recoger el cheque: toda la crítica y prensa especializada seguirá cayendo rendida y la taquilla (aunque creo que cada vez se deja liar menos) responderá al señuelo. Y digo yo, ¿no sería momento de que nos pusiéramos más exigentes? ¡Que ya está bien de vivir de glorias pasadas, sobre todo cuando ninguno de ellos tiene ochenta años o cosa parecida! Que se lo trabajen un poco, hombre; como diría un genial viejecito que conozco, “¡a esos, a picar piedra los ponía yo!”.

En la imagen: Robert De Niro durante el rodaje de “El buen pastor” - Copyright © 2006 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.