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Miércoles 19 Marzo 2008

Aún en periodo de resaca electoral y con la intención de completar la trilogía sobre cine y democracia abordada en este blog, me parece oportuno traer a colación —ahora que ya ha pasado el 9-M, y sin intención de hacer política— algunas de las reacciones del mundillo cinematográfico sucedidas en estos días. Es bien conocida la postura mayoritaria de los artistas y del mundillo del cine aglutinada en torno a PAZ en apoyo del candidato socialista, así como las reiteradas manifestaciones de algunos cineastas, actores… en contra de un partido o a favor de otro. Nuestro compañero José Arce recogía la rueda de prensa que Antonio Hernández ofreció para presentar su película “El menor de los males”: en cierto momento de la misma, el director apunta que «afortunadamente no ha hecho falta [estrenarla antes de las elecciones], (…) existe más perversión en una derecha que puede llegar a justificar lo injustificable»; sus declaraciones no tienen desperdicio en cuanto a su posicionamiento político, y es libre para pensar como quiera.

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Lo que me cuestiono es la oportunidad, modo, lugar de manifestarlas. Y lo hago en este caso como en cualquier otro, vengan de donde vengan las declaraciones, descalificaciones y ataques. Y eso porque este director que coge el micrófono en una rueda de prensa, como aquel actor que lo hace en una Gala de los Goya o cualquiera que aprovecha una desastrosa guerra para… hacer otra guerra por su cuenta, tomar partido en banderías que nada tienen que ver con el cine o el arte, aprovecharse de su posición para fines particulares… desvirtúan lo que yo entiendo por categoría intelectual, artística, personal. Un director, un actor, un guionista, un cantante… deben hablar de su trabajo, de aquello de lo que saben y que les ha procurado su prestigio y admiración. Pero si entran en otros campos que no son los suyos, donde no se espera que nos den sus ideas —tan válidas como las de cualquiera, no más—, se equivocan en el foro y provocan recelos al dejar ver los prejuicios con que trabajan. Está claro que cada uno puede pensar lo que quiera, y que trasmitirlo a través de sus películas es inevitable y hasta coherente, pero también parece exigible a tal colectivo que no se ponga a hacer campaña aprovechando su estatus social. Personalmente, opino lo mismo se llame PAZ o PAR el movimiento artístico-político, porque es cuestión de planteamiento y oportunidad, no de ideas.

En la imagen: Antonio Hernández durante el photocall de la presentación de ”El menor de los males”, el 12-03-08 en Madrid. Foto por Ralf Pascual - Copyright © 2008 LaButaca.net. Todos los derechos reservados.

Jueves 22 Noviembre 2007

Kilómetros y kilómetros de panegíricos se han escrito con motivo de la muerte de Fernando Fernán-Gómez y, sin embargo, ésta es una de esas escasas ocasiones en las que todo lo que se diga se queda corto. Más allá de los comentarios jocosos que determinadas actuaciones públicas de la persona habían despertado en los últimos años, seguía existiendo el actor de raza, uno de los pocos rostros de nuestro cine que fijaban la pantalla con su sola presencia. El suyo era uno de esos casos curiosos en los que, a pesar de que lo que tenías ante ti era siempre la misma figura, la misma voz, la misma expresión, en cada ocasión se obraba el milagro: veías a Fernán-Gómez, le reconocías inmediatamente pero, a la vez, se convertía en su personaje. El suyo era de esos casos en los que se cumplía a la perfección el viejo aserto de que el cine es lo más parecido a la magia: cuando aparecía, nos dejábamos embelesar y embaucar, porque con él nos sentíamos confiados; nunca nos defraudaba.

En los últimos años no parecía dar importancia a muchas de las cosas que hacía; sin embargo, sus presencias todavía eran poderosas, aun en la etapa en que muchos actores se limitan a poner el piloto automático y vivir de las rentas acumuladas (y no sólo en nuestro país, puesto que, desgraciadamente, corren malos tiempos interpretativos para muchas de las glorias del cine). Mucho se ha hablado de sus grandes clásicos, de las películas que le lanzaron, de las que harán que sea recordado por mucho tiempo. No obstante, aquí, quiero dejar constancia de una obra si se quiere menor en su filmografía pero que a mí, particularmente, me subyuga, en gran parte por la presencia de Fernán-Gómez en el papel de un hombre moribundo, casi sin memoria, y que se escapa por las calles de París en busca de algo que fue crucial en su vida, un secreto que de repente le pesa demasiado como para llevárselo consigo a la tumba. Nunca olvidaré el momento en el que su hijo en la ficción, Leonardo Sbaraglia, le encuentra; nunca olvidaré su mirada de desamparo y de tristeza. Es uno de esos instantes que definen a los grandes actores; lo que ocurre es que, en el caso de Fernán-Gómez, fue sólo uno de tantos. Su título: “En la ciudad sin límites”, de Antonio Hernández.

En la imagen: Fernando Fernán-Gómez y Leonardo Sbaraglia en “En la ciudad sin límites” © 2001 Zebra Producciones. Todos los derechos reservados.