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Martes 6 Mayo 2008

Hace unos días hacíamos mención del escaso favor que el tráiler hace a la esperadísima última película de Sidney Lumet, “Antes que el Diablo sepa que has muerto”, desvelando detalles importantes de la trama que anulan la capacidad de sorpresa del espectador. Pues bien, no ha pasado tiempo suficiente para que se nos pase el disgusto, y ya tenemos un nuevo ejemplo, aunque en este caso no de una cinta de tan altas expectativas cinéfilas… pero bueno, sea cual sea la exigencia con la que se va al cine, nadie merece que le revienten el argumento de una película, ¿no?

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La cinta en cuestión es la nueva de Frank Darabont, “La niebla” (no confundir con el clásico glorioso de John Carpenter), la enésima adaptación de un texto de Stephen King, pero que parece tener, al menos en principio, algo más de empaque que la media de las últimas incursiones en el un tanto decaído universo del autor de Maine. Por lo que hemos podido ver en el tráiler, la historia va de pueblo tranquilo y costero que, de repente, se ve invadido por una misteriosa nube que lo cubre todo y obliga a los habitantes a refugiarse en un centro comercial… sin que nadie sepa qué es exactamente esa niebla ni de dónde viene. Suficiente para plantear una historia inquietante, ¿no? Pues para los que hicieron el tráiler, al parecer, no: a lo largo de su (para mí) eterna duración, veremos la explicación de lo que ocurre, la naturaleza de la amenaza… O al menos, lo suficiente como para que uno se ponga a mascullar y revolverse en el asiento. Aunque todo es susceptible de empeorar: encima, se trataba del aperitivo de esa joya que es “88 minutos”. ¡Anda, que menudo programa! ¿Por qué no me daría ese día un horroroso dolor de muelas que me hubiese obligado a quedarme en casa? Creo que habría salido ganando…

En la imagen: Escena de “La niebla” - Copyright © 2007 Dimension Films y Darwoods Productions. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos reservados.

Domingo 4 Mayo 2008

Pocas veces uno siente tanta indignación como cuando tiene la impresión de que le están tomando el pelo. Eso, que es extensible a todos los aspectos de la vida, también ocurre si nos referimos a nuestra cinefilia. Si de lo que se trata es de que a uno le den gato por liebre, atraído por el canto de sirenas de una oferta que despierta nuestras mejores expectativas como espectadores nos encontramos con que lo que nos dan es una cinta hecha sin ningún criterio, sin pies ni cabeza, todo ello camuflado bajo la aparente garantía de calidad que supone contar con uno de los grandes de Hollywood al frente del cartel, quizá la palabra más acorde sería la de estafa… artística, pero estafa al fin y al cabo.

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Si hemos convenido en que un puñado de actores, de los cientos que aparecen cada año, reinen a una determinada altura, no es sólo porque nos hayan regalado alguno de esos momentos inolvidables que jalonan la memoria de cualquier amante del cine, sino porque tendemos a pensar que cualquier proyecto que elijan, aunque sea comercial, mantendrá siempre unos mínimos de calidad (o, dicho de otro modo, de dignidad). Sin embargo, el señor Al Pacino, como alguno más de su quinta, directamente se ha reído de nosotros aceptando participar en un bodrio de proporciones tan monumentales como este “88 minutos” que, sinceramente, ojalá alguien me borrase del recuerdo en plan “¡Olvídate de mí!”. Desde luego, para quien esto escribe, queda claro: el Al Pacino actor ni está (y ya ni se le espera, visto lo visto) desde “El mercader de Venecia”; en su lugar, nos ofrecen un clon chapucero con pelucón imposible, y con una capacidad interpretativa equivalente a cero. Es una pena, pero lo superaremos: por muy estrellas que sean, no son el centro del universo.

En la imagen: Al Pacino en “88 minutos” - Copyright © 2007 Millennium Films, Randall Emmett/George Furla Productions, Equity Pictures Medienfonds GmbH & Co. KG III y Nu Image Entertainment. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Abril 2008

El cine indie siempre ha sido, o al menos así parece que lo hemos querido ver desde esta orilla del Atlántico, lo que los norteamericanos hacían cuando se ponían a rodar como si fueran franceses. Bueno, más o menos. Pero, últimamente, incluso esta división de plata del gran conglomerado industrial cinematográfico-estadounidense parece vivir momentos difíciles. Cuando por las calles de Sundance se mezclan los supervivientes de Seattle con gente como Paris Hilton, es que algo pasa. Y cuando los grandes estudios crean sus divisiones para hacer películas de bajo presupuesto (eso sí, muy arties, que no es lo mismo ser cutre en plan serie B que creativo a lo John Cassavetes), con sus logos calculadamente desmañados, nos reafirmamos en la pregunta: ¿qué le pasa al cine independiente?

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Es más, ¿por qué la versatilidad de fórmulas que antes existía para presentar una mirada alternativa a la del grueso de la producción más comercial parece haberse reducido en los últimos tiempos a un esquema mil y una veces repetido? Es decir, el del friqui inserto en un contexto más o menos tradicional, a ser posible nevado y aislado (lo que parece devolver a la tal comunidad la condición de representativa del núcleo originario de lo que luego ha venido a llamarse Estados Unidos de América), y que por contraste acaba revelando la verdadera esencia de esos habitantes. El último ejemplo en llegarnos es “Lars y una chica de verdad”, pero hemos tenido últimamente nuestras buenas dosis con “Juno”, “Pequeña Miss Sunshine”, “Thumbsucker”, “Ghost world”, “La peligrosa vida de los Altar Boys”… Al final, uno se pregunta si la cosa no tendrá trampa: como nos demuestra la experiencia, llegado el caso los friquis pueden ser perfectamente absorbidos por el sistema y, por tanto, ver su potencial revulsivo desactivado. Y si no, que se lo pregunten a Tim Burton (que ya sé que nunca fue exactamente indie, pero friqui sí… al menos en una época).

En la imagen: Bianca y Ryan Gosling en “Lars y una chica de verdad” - Copyright © 2007 Sidney Kimmel Entertainment y John Cameron/Sarah Aubrey Productions. Distribuida en España por Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.

Lunes 21 Abril 2008

“Elegy”, la última película de Isabel Coixet, viene a confirmar, al menos para quien firma esto, una regla no escrita que se cumple en más ocasiones de las deseables: hay demasiados creadores con talento cuyas obras naufragan por su excesivo empeño en ocuparse de todos los detalles, incluido el guión, aunque esté claro que éste no sea su fuerte. Le ocurre a la Coixet, directora de indudable talento, pero que salpicaba sus anteriores cintas (“Mi vida sin mí” y “La vida secreta de las palabras”) de trampas argumentales que estropeaban la construcción visual de su autora. Por ello, no debería de extrañar que su última entrega, un encargo construido a partir de un guión ajeno, sea la mejor de sus películas, la demostración de que, sin sus tics y “marcas de la casa”, podemos encontrarnos con una cineasta más que notable.

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Claro que no es la única que, llevada por ese afán de controlarlo todo, es capaz de ir en contra de sus verdaderas capacidades. Es lo que le ocurre a Julio Medem, poseedor de una inmensa capacidad visual y cinematográfica que, sin embargo, no se corresponde con sus guiones, demasiado frágiles y llenos de agujeros, y que son en demasiadas ocasiones más una rémora del resultado final que otra cosa (y si no, ahí está “Caótica Ana” para demostrarlo). Pero es que ni siquiera alguien tan laureado como Pedro Almodóvar se libra de esta maldición, hasta el punto de que uno habría preferido que guiones como los de “La mala educación” viniesen firmados por alguien ajeno a él. Y si hay un caso paradigmático en el exterior (aunque, desde luego, no el único), ahí está M. Night Shyamalan, aunque lo suyo puede llegar a ser incluso peor: valga como muestra su triste tentativa como actor en “La joven del agua”, una película que seguramente podría haber sido una obra maestra… si la misma historia hubiese sido escrita por otro. Desde luego, a Clint Eastwood, que se confiesa incapaz de escribir un guión, nunca le pasará lo mismo.

En la imagen: Isabel Coixet durante el rodaje de “Elegy” - Copyright © 2008 Lakeshore Entertainment. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.

Domingo 20 Abril 2008

Muchas veces se ha dicho que lo esencial del cine es una buena historia (no limitando ésta a lo que pueda suceder en el ámbito exterior, como ya hemos comentado). Sin duda es así. La historia que se nos cuenta resulta fundamental y previa a otros aspectos técnico-artísticos, y también algo sustancial al tratarse de una creación humana que pretende hablar de lo que rodea a la misma vida (por eso, el amor y la muerte acaban constituyéndose en sus dos pilares y temáticas básicas). Desde siempre, el hombre se ha sentido seducido y atrapado por el arte de contar y escuchar historias, cuentos, tradiciones, leyendas… Y en esto, el cine ha ido de la mano de la literatura en su corta existencia de un siglo, en su intento por reflejar la Historia y las historias de los hombres. Unas veces, las películas se han acercado a los aspectos más poéticos y artísticos que el libro encierra para reflejar la sensibilidad y espiritualidad del individuo, otras se han comportado como vehículo de comunicación para buscar el testimonio de la verdad y la denuncia de la injusticia, y otras se han decantado por un carácter más narrativo-novelesco para abordar relatos y aventuras donde épica y romance se conjugaban con drama y comedia.

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Sin embargo, esta imitación tiene sus peligros y limitaciones, porque una cosa es la palabra y otra la imagen —basta con ella para hablar de cine—. Cuando al medio cinematográfico sólo se le exige contar una historia, corremos el riesgo de seguir a remolque de la literatura y no explotar todas las posibilidades de su lenguaje, de explicarlo todo con diálogos y narradores y quizá de despojar a las historias de la ambigüedad y del misterio de la vida, a la vez que de formar espectadores que ven un largometraje una sola vez porque “ya sé lo que pasa y cómo termina”. Sin duda, este público que ve un film como podría leer una novela, es, en buen aparte, deudor del cine americano y de la narrativa literaria, pero a la vez renuncia a recorrer otros caminos y tener aventuras diferentes (no tanto por los temas y contenidos, sino por la forma —por el lenguaje— de acceder a ellos). La imagen pierde, entonces, su potencial narrativo y expresivo, y se queda a expensas de la dirección que la palabra marque, según un guión que, en el mejor de los casos, no será lineal y explícito en todos sus extremos.

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Pero existe otra manera de poner imágenes en movimiento y comunicarse con el espectador. Existen otras intenciones al recoger pensamientos, sensaciones e inquietudes en el celuloide. En esas ocasiones, las imágenes también se convertirán en auténtico cine aunque su historia sea nula o mínima, si reflejan un espíritu creador detrás, unos anhelos que salgan a flote o unas reflexiones sobre la vida, la muerte, la sociedad… Ciertamente se trata de un territorio un tanto marginal conocido como el “no-cine”, el ”cine-ensayo” o el “video-instalación”, aunque también se han realizado películas de argumento no convencional ni narrativo, al estilo de “Last days” o “En la ciudad de Sylvia”, que podrían ir dejando de ser propuestas minoritarias. En cualquier caso, ahora que se aproxima el aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, es buen momento para plantearse ese territorio común de cine y literatura, y también aquel en que el primero debe desmarcarse del segundo para tener vida propia, para experimentar con las formas visuales y para no caer en estrecheces y reduccionismos empobrecedores.

En las imágenes: Arriba, “En la ciudad de Sylvia” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados. Abajo, “Last days” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

Viernes 18 Abril 2008

Esto de la crítica de cine, ya se sabe, tiene su aquél. Más que nada, porque es todo menos científica; o dicho de otro modo, si los científicos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar cuál es la altura exacta del Everest (algo que, aparentemente, escapa a toda opinión y debería consistir en una fría, rigurosa e inapelable medición con algún aséptico aparato), parece más peliagudo intentar elevar a más categoría que la que verdaderamente tiene la opinión que a uno le merece tal o cual película. De hecho, si algo me gusta de este divertido ejercicio es lo que tiene de elemento deslizable, emocionante e intuitivo.

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Esta reflexión previa viene a cuento de un fenómeno que no es nuevo, pero que últimamente, dado el capricho de las fechas de estreno, se ha condensado en unas pocas semanas: la llegada de los remakes de los éxitos orientales de terror (“Llamada perdida”, “The eye (Visiones)”, “Retratos del más allá”…), en lo que supone casi una fotocopia del modelo original, sólo que con actores y lenguaje anglosajones. Algo que casi todos hemos criticado, con la coletilla de considerarlo innecesario, mercantilista, etc., etc. Ahora bien, ante el próximo estreno de la nueva versión de “Funny games”, que su director original Michael Haneke ha rodado en América con el mismo guión, idénticos decorados (reconstruyen al milímetro los originales) pero, eso sí, actores angloparlantes, todos levantamos el meñique y aguardamos expectantes para ver los resultados de este “experimento cinematográfico de traducción semiótica de una creación artística”, o algo así. ¿En qué quedamos? (suerte tiene Haneke de no llamarse Gus y no apellidarse Van Sant, que a éste le fue bastante peor).

En la imagen: Fragmento del cartel norteamericano de “Funny games” - Copyright © 2007 Halcyon Pictures, Tartan Films, Celluloid Dreams, X Filme International, Lucky Red, Belladonna y Kinematograf. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 15 Abril 2008

Uno de los temas recurrentes en todas las discusiones de los cinéfilos cuando nos ponemos estupendos (o friquis, depende de quien lo diga), es el de si Michel Gondry es mejor o peor director desde que no cuenta con la asistencia del ensalzado guionista Charlie Kaufman sustentando sus largometrajes. Pues bien, uno, que de entrada ha de confesar que es un profundo admirador de la poderosísima capacidad visual del francés, sólo puede responder que no. Es cierto que “¡Olvídate de mí!” sigue siendo la cúspide de su filmografía, y que muy posiblemente un proyecto tan arriesgado como éste nunca hubiera llegado a buen puerto sin la asistencia de Kaufman, pero eso no quiere decir ni mucho menos que Gondry tenga que verse condenado a recurrir siempre a él.

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De hecho, la separación, sea por el motivo que sea, entre los dos talentos, ha permitido al director de “Rebobine, por favor” adentrarse en un mundo propio al que me temo es ajeno el guionista. Demasiada gente suele meter en un mismo saco a toda esta generación de cineastas (a los que habría que añadir los Spike Jonze, Wes Anderson y compañía) marcada por una cierta disposición a explorar nuevos caminos, incluso acercándose peligrosamente a la impostura cultureta. Pero es injusto: sólo por retornar al tema de este post, allí donde Kaufman levanta construcciones marcadas por un barniz mucho más intelectual, Gondry deja respirar la intuición, el juego, la celebración, un profundo amor por el cine y sus resortes que lo acerca más al tren eléctrico del que hablaba Orson Welles que a las exploraciones sobre la consistencia de la realidad latentes en los guiones del autor del de “Cómo ser John Malkovich”. Y a Dios pongo por testigo, cual Escarlata, de que este Gondry reconvertido en una especie de Méliès del siglo XXI nos hace mucha falta a todos.

En la imagen: Mia Farrow maquillando a Mos Def en “Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Domingo 9 Marzo 2008

Aprovechando que estamos en época electoral, vamos a hablar un poco del cine democrático que nos ha traído la última posmodernidad —¿habrá una ultramodernidad?— y la tecnología digital. Unos dicen que el nuevo soporte ha supuesto una auténtica revolución por permitir a los menos pudientes, a los que comienzan, hacer cine, gracias al bajo coste y a la facilidad de rodaje y montaje que supone. ¡Cualquiera puede hacer su película con una cámara digital!, ¡cualquiera puede presentar su trabajo en los innumerables festivales que cada pueblo organiza! Parece que todos somos iguales —algunos más iguales que otros, diría George Orwell—, y que la sofisticada técnica suple cualquier otra carencia a la hora de hacer cine. Sin embargo, hay también quienes apuntan que nunca la descomposición numérica de la imagen podrán alcanzar la textura fotográfica del celuloide y recoger su carácter táctil, su profundidad de campo o la riqueza cromática o de grises…, y que sólo algunas temáticas justificarían la digitalización del cine.

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Al margen de esta discusión que recuerda la surgida cuando apareció el sonoro, uno también se pregunta si la facilidad para rodar y editar no habrá traído —junto a otras razones— una trivialización de los contenidos. Ya hemos hecho alusión a la carencia de ideas y buenos guiones, y quizá convenga ahora incidir en la vaciedad de muchas formas e imágenes, auténticos fantasmas sin vida como los retratados por Gus Van Sant en “Last days”. Esta ligereza o fragilidad de identidades desestructuradas, este pensamiento débil imbuido de relativismo, esta arquitectura efímera y sin consistencia, este juego de apariencias parecen constituir el sello de una posmodernidad que vive el instante presente y nada más. Personajes sin pasado o con un futuro escapista y falso, situaciones irreales e inverosímiles en las que la vida diaria y auténtica no se reconoce. Todas esas imágenes son las que recoge una cámara digital que permite borrar para volver a grabar encima, como si nunca hubiera existido lo anterior. Esperemos que la democracia digital no se vea atrapada y sepa desligarse de esa vaciedad posmoderna.

En la imagen: Michael Pitt en “Last days” - Copyright © 2005 HBO Films, Meno Film Company, Picturehouse Entertainment y Pie Films. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

Jueves 17 Enero 2008

La prensa diaria se hace eco de la información relativa al fuerte descenso en el número de espectadores que, durante el pasado año 2007, acudió a las salas de cine a disfrutar de este espectáculo de nuestras entretelas y querencias. Y, junto a los datos —fríos, duros, pétreos e inconmovibles—, como no podía ser de otra manera, su (casi) inevitable corolario, el de las opiniones y análisis acerca de los mismos, que surgen desde todos los ámbitos y estamentos (industria, organismos públicos, etc…) relacionados, en mayor o menor medida, con el invento este del celuloide y las salas oscuras. Coincidencias, con algunos que otros matices —determinados por la particular posición de cada cual—, acerca de algunos argumentos respecto a los cuales es difícil argüir nada en contrario: la brutal competencia de los nuevos soportes tecnológicos (DVD y similares); el tremendo daño que hacen los mecanismos irregulares de acceso al producto cinematográfico, con esas piraterías de diverso grado y género que todos conocemos; o la sobresaturación de un parque de salas que ha crecido enormemente en años recientes, más inducida, probablemente, por una política comercial “colateral”, vinculada a las grandes superficies, que por una demanda real del público sobre la que fundamentar la misma. Muy bien. Fenomenal, diría yo. Pero echo en falta un argumento que, más allá de lo subjetivo que se pueda ser en su apreciación, nadie menciona y que a mí, particularmente, me parece de una certeza difícilmente objetable…

¿Alguien se ha parado de verdad a pensar en cuál es el nivel medio de calidad de las producciones que se proyectan en esas cada vez más abandonadas salas cinematográficas? La sensación que albergo tras el pasado 2007, a título de apreciación global respecto a lo visto, es de una intensa decepción, porque, salvando algún caso puntual, el nivel medio fue bajo, muy bajo —siendo benévolo en los términos de la calificación—. Y así, señores, es muy difícil llenar las salas. ¿Que habrá que trabajar en todo lo arriba apuntado? Indudablemente, por supuesto. Pero no olvide la gente de la industria algo tan elemental como que, para llevar público a los cines, hay que ofrecerle buenas películas. Así de complicado, así de sencillo.

En la imagen: Fotograma de “No digas nada”, un estreno español reciente - Copyright © 2007 Mediapro y Yacaré Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

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Martes 8 Enero 2008

No sé yo si los que marcan las tendencias estilosas para cada temporada lo tenían previsto, pero en el finiquitado 2007 los setenta volvieron a estar de moda, al menos en lo cinematográfico. Sobre todo un tipo de cine, el policíaco, uno de los que mejor reflejó las tensiones y los convulsos cambios sociales de un país, Estados Unidos, atrapado en una década realmente trepidante, la que va de 1965 a 1975, y en la que los sucesos históricos se renovaban cada semana. Unos cambios que tuvieron como telón de fondo la primera guerra mediática, Vietnam, y en la que el auge y caída del hippismo se repartía los titulares con la lucha por la integración racial, el pacifismo, la expansión de la droga, la corrupción policial en las grandes urbes…

Y dos títulos centran ese revival, que en otros casos se queda sólo en los temas (contestación política) o los guiños a la producción más nostálgicamente cutre de aquella época (cortesía de los señores Tarantino y Rodriguez); dos títulos en los que la mímesis llega, incluso, a las formas, a la estética. Uno, “Zodiac”, de David Fincher; el otro, recién estrenado, “American gangster”, de Ridley Scott. Puro cine de los setenta clonado que, en su cuestionamiento de las estrictas líneas morales, podrían perfectamente haber sido realizados en aquellos años en que todo estaba en cuestión y las certezas escaseaban. Quizá por ello resulte tan curioso que, en realidad, sean obras de hoy mismo, con total vigencia, y con una mayor apariencia de vida que otras cintas supuestamente más vanguardistas. Y lo cierto es que eso da que pensar, ¡vaya que sí!

En la imagen: Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo en “Zodiac” - Copyright © 2007 Paramount Pictures, Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.