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Sábado 10 Mayo 2008

Desde siempre, Estados Unidos ha buscado héroes de cine sobre los que construir una historia de superación personal o de expansión de sus ideales democráticos, o también en los que refugiarse en épocas de conflicto y dificultad. Queda lejos la figura de John Wayne, y también —aunque nos hayan visitado recientemente— de Rambo o Rocky. En los últimos años, el cine ha mirado más bien hacia el cómic de los años 60, para convertir las figuras de papel en sombras heroicas en las que confiar o con las que evadirse. Actualmente podemos ver en la cartelera “Iron Man”, película de la que mis compañeros ya han comentando sus logros y carencias. Sin duda, hay entretenimiento y divertimento al ver cómo se construye pieza a pieza un “hombre de hierro”, o en su lucha estelar con otro “Mazinger” de su especie. Sin embargo, si se busca cómo se destruye/construye por dentro Tony Stark, no se encontrará ni rastro de su humanidad: tal es la despersonalización, planitud y asepsia de su director, Jon Favreau.

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Es cierto que estamos ante un cómic de ciencia ficción, alejado de cualquier intento de verosimilitud o de matización, que sólo pretende la épica tecnológica y no tanto la humana, pero ¿no se puede aspirar a algo más de hondura, y a una narrativa más sólida sin perder por ello la fluidez y ritmo conseguidos? No sé si la simplificación que sufre hasta quedarse con los mínimos elementos (armas y mujeres, ambición y orgullo científico, triunfo del bien sobre el mal) queda justificada por la búsqueda de una buena taquilla, si obedece a leyes impuestas por el propio cómic o si más bien responde a una mentalidad hollywoodiense. Pero, aprovechando las historias del cómic y toda la tecnología digital, ¿por qué no dotar de alma a sus héroes?, ¿por qué reducir sus aspiraciones a unas palabras huecas, por mucho que se llamen “libertad, amor, verdad, belleza”? Cierto que no se busca a Shakespeare, Dostoievski o Freud en sus personajes, pero sí cabría un hombre de carne y hueso, que evolucionase hasta convertirse en alguien que quiere redimirse y ayudar al mundo… aunque sea volando con su armadura de hierro.

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Es posible que así el espectador llegase a sintonizar más con él, a sentirle próximo, e incluso necesario. Si no, estos “cyborgs” acabarán siendo títeres utilizados por la necesidad estratégica del momento, convertidos en armas arrojadizas para entretener al público (estupendo propósito, por otra parte aquí conseguido, pero que sabe a poco) o para influir en el curso político (ahora Afganistán sustituye a Vietnam, y mañana… ¿cuál será el escenario?). Puestos a fabricar héroes, siempre podemos pedir a las productoras que vistan a John Wayne con un traje de hierro y sustituyan el revólver por el lanzallamas: el resultado sería altamente atractivo. Al fin y al cabo, parece que el “cine de cómic” va camino de convertirse en el tercer género “genuinamente americano”, después del western y el cine negro (o de gánsteres), y con permiso de Fred Astaire, y ahora que el western —dicen— está muerto, siempre podrían recurrir al “cómic-futurista”.

En las imágenes: Arriba, Robert Downey Jr. y Jon Favreau durante el rodaje de ”Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, John Wayne en “El hombre que mató a Liberty Valance” © 1962 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 3 Mayo 2008

Tras la buena impresión que me dejó hace un par de años “Tsotsi”, tenía interés en ver la evolución de su director, el sudafricano Gavin Hood. El reciente estreno de “Expediente Anwar” me ofrecía la ocasión de comprobar qué quedaba tras el éxito, y en qué se veía obligado a ceder ante los imperativos de la industria. Algunas críticas no eran muy entusiastas y resaltaban su falso y pretencioso guión —con triple salto mortal incluido en el desenlace—, y un mensaje excesivamente presente que llegaba a asfixiar la trama. Sin embargo, algunos comentarios de los lectores destacaban positivamente el clímax de tensión y/o amor que cogía la atención y encogía el ánimo del espectador. Por todo eso, me decidí a sacar la entrada y ver por mí mismo esta nueva aproximación a la guerra de civilizaciones que el tercer milenio nos ha traído, con los derechos individuales y la seguridad nacional en colisión, y con el miedo de telón de fondo.

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Para empezar, me encuentro con una trama más complicada y artificiosa, enmarañada en unos momentos y confusa en otros. Una estructura circular con un uso cuestionable del flashback por lo poco trasparente que resulta el conjunto, y por algunos detalles excesivamente subrayados que el director necesita introducir para poner algo de orden en el caos. Es cierto que hay tensión emocional porque el falso culpable siempre saca de quicio a cualquiera y uno siente que le podría ocurrir a él, y también que la crudeza de las torturas no deja a nadie indiferente porque son tan bestiales como explícitas e inadmisibles. Sin embargo, pienso que Gavin no ha dibujado sus personajes como en su anterior película, que no dota a Douglas de un pasado del que huir como había hecho con el joven Tsotsi, y que tampoco es fácil creerse su ingenuidad hasta los interrogatorios y que decida entonces echar por la borda su carrera en la CIA; lo mismo sucede con el ayudante del senador, que por una amiga de años atrás (aunque fuese una antigua novia) parece dispuesto a partirse la cara y actuar, de pronto, tan poco “políticamente”.

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Sin embargo, las dos películas apuestan por la redención desde la violencia, a partir del contacto con la humanidad perdida. Esta nota parece ser una constante del director, que entiende que siempre queda un poso de bondad hasta en el más malvado y desaprensivo de los individuos, y que siempre pueden volver a brotar esos deseos de justicia y amor… En la primera, teníamos un bebé indefenso que despertaba el afecto que no tuvo Tsotsi, y que le obliga a frenar en su huida hacia la deshumanización. Ahora es la imagen de un hombre humillado al que espera una mujer y unos hijos lo que propicia la redención de alguien sin identidad clara ni familia conocida, como si Douglas deseara para sí la vida de su víctima: así, los silencios y gestos ambiguos —bien Jake Gyllenhaal— dejan paso a la acción heroica y decidida de quien ha sentido empatía con su “secuestrado”. Con todo, me planteo si esta práctica del “contraste” al retratar al personaje no será excesivamente manipuladora y fácil, si es necesario bajar a las profundidades de la barbarie —tortura policial o violencia callejera— para resaltar la humanidad de cualquier persona y empujarla a realizar una buena acción. En fin, esta es la opción elegida por Gavin.

En las imágenes: Arriba, ”Tsotsi” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Abajo, ”Expediente Anwar” © 2007 Tripictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 30 Abril 2008

Como a mi compañero Miguel Ángel Delgado, también a mí me ha sorprendido la cantidad de comentarios que ha suscitado la película “Juno”. Y sobre todo el carácter discursivo sobre cuestiones morales que la historia del embarazo adolescente-aborto-adopción ha provocado. Se nota que la película ha llegado al público, y parece que ha afectado a sus ideas porque más de uno se ha “lanzado” a dar su opinión sobre aspectos existenciales y no cinematográficos. Veo que a un lector le parece «neoconservadurismo progre» y «folletín antiabortista», mientras que otro la califica como atrevida por «decir las cosas claras y sin tapujos […], no como en su conservador país», y otro habla de que «tenía que quedarse con el bebé, ya que lo había tenido» ya se ve que hay distintas sensibilidades y percepciones. También hay quien lo tacha de «cuento americano» porque está lleno de improbabilidades… ¿pero no se trataba de un guión construido desde la ficción?

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Sin embargo, este último comentario no deja de tener su interés porque ciertamente estamos ante un producto típicamente americano. Y lo es por dos factores: en primer lugar, como ya decía en mi crítica, por el carácter pragmático de la protagonista a la hora de afrontar los problemas, siempre mirando hacia delante y buscando una solución, sin detenerse en especulaciones teóricas o grandes profundidades morales: aquí y ahora tenemos esto (un embarazo), se nos ofrecen estas posibilidades (aborto, adopción, quedarse con el niño), y elijo ésta que me parece la mejor (en este caso, adopción); en segundo lugar, porque se nota que Jason Reitman apuesta por la libertad como un absoluto, por la libre elección del individuo en sus concretas actuaciones, sin tener en cuenta ningún valor moral objetivo o previo: Juno podía haber hecho una u otra cosa, y para Reitman todo estaría bien, por lo que yo no veo al director como un antiabortista, sino como un liberal a ultranza.

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Idéntica postura adoptó antes en “Gracias por fumar”, alegato contra la manipulación de la verdad y de la vida de los acosados fumadores… por el poder político, periodístico o por otros “grupos de presión”; entonces, el habilidoso y maquiavélico Naylor decía ante la comisión presidida por el senador: «a mi hijo, cuando sea mayor de edad, si quiere fumar, yo le compraré su primera cajetilla [aunque sepa que le matará]». Por eso, ante este cruzado de la libertad, no creo que tenga mucho sentido esa cascada de comentarios morales —aunque están en su derecho, por supuesto, y se agradecen las opiniones— sobre comportamientos de Juno, padre, madre, amiga, amigo, madre adoptiva…, porque el tema de fondo es, simplificando, que ”no hay verdad por encima de mi libertad, y todo es válido aunque mate o me mate”. Eso sí, en lo que todos parecen estar de acuerdo es que “Juno” (también “Gracias por fumar”, en mi opinión) es una película entretenida, divertida, fresca, positiva, bien llevada y mejor interpretada…, algo que podemos festejar y algo que también es propio de ese joven país que está al norte de México y al sur de Canadá.

En las imágenes: Arriba, Ellen Page en “Juno” © 2007 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Abajo, Aaron Eckhart en “Gracias por fumar” © 2006 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Sábado 26 Abril 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 26.04.08 a las 10:00
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El otro día, en la sesión a la que acudí a ver “Mil años de oración”, escuché una de esas cosas que deberían darnos bastante que pensar a los que nos dedicamos a esto de escribir, y sobre todo opinar, sobre cine. Cuando terminó la proyección, pareció evidente que a la señora que ocupaba la butaca contigua a la mía, y que había acudido con una amiga, no le había gustado nada la película. Hasta ahí bien, normal, cosas que pasan. El problema fue que, al proclamar su desazón y su disgusto por, según ella, haber perdido hora y media de su valioso tiempo, encontró rápidamente una persona concreta en la que concentrar toda la culpa de su decepción: un famoso crítico de un no menos afamado medio que, según ella, “ya se lo había hecho dos veces”. Y tal fue su indignación, que incluso acabó recurriendo a términos y expresiones, dirigidas al susodicho (y afortunadamente no presente) crítico, que, la verdad, nunca habría imaginado fuesen capaces de ser pronunciadas por boca de señora de apariencia tan digna.

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Lo cierto es que, cuando salí del cine, lo hice un tanto inquieto. Evidentemente, uno no puede soñar siquiera con acercarse a la capacidad de influencia de un crítico de una firma del calibre de la que había indignado a la señora, pero me consta que hay un puñado de gente tan tremendamente generosa (y atrevida, habría que añadir) que lee o consulta de vez en cuando lo que uno escribe, tanto aquí como en LaButaca.net. Y, ¿qué quieren que les diga? La posibilidad de decepcionar alguna vez a alguien cómodamente sentado en una sala o en su casa, porque se fió de lo que uno dijo, de que alguien se vea en la necesidad de invocarme no sólo a mí, sino a todo mi árbol genealógico… pues que me da mucho respeto. Menos mal que aquí pasamos más desapercibidos (afortunadamente, no ha llegado la horrorosa costumbre de ponernos el careto al lado de nuestra firma, como por desgracia se extiende cada vez más en la prensa escrita), pero, por si acaso, ya me he montado un plan personalizado de flagelaciones y penitencias varias para purgar mis posibles faltas. Y aún más importante: me he comprado un casco para ponérmelo mientras escribo las críticas; visto lo visto, cualquier precaución empieza a ser poca.

En la imagen: El crítico repelente interpretado por Bob Balaban en “La joven del agua” - Copyright © 2006 Warner Bros. Pictures, Legendary Pictures y Blinding Edge Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pîctures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 22 Abril 2008

El canadiense Denys Arcand ha continuado su demolición de lo que considera un edificio en ruinas, la civilización occidental-neocapitalista, o quizá haya intentado apuntalar sus mil grietas para salvar lo que de bueno tiene. No se sabe muy bien. Con “La Edad de la Ignorancia” concluye la trilogía comenzada con “El declive del imperio americano” y “Las invasiones bárbaras”, y lo hace con una comedia de tono muy ácido y corrosivo. Su sarcasmo y cinismo no dan puntada sin hilo, y las historias reales e historietas fantásticas de Jean-Marc no dejan aspecto social o personal sin parodiar. La mirada de Arcand es distante e inteligente, hipertrofiada a propósito, dispuesta a llevar hasta el absurdo las paradojas del hombre moderno que ha buscado ser libre e independiente, huyendo de sí mismo y con una fe inquebrantable en el progreso. Su propuesta no deja de ser un encadenamiento de situaciones esperpénticas, simplonas y torpes en unos casos, surrealistas y futuristas en otros, exageradas y pesimistas siempre.

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Con un bisturí que necesitaría un poco más de precisión para atender a los matices, Arcand realiza una operación en que el trabajo burocrático o absorbente anulan al individuo, donde las familias rotas o la infidelidad conyugal son lo habitual, donde la obsesión por la salud y el individualismo —con el videojuego como estandarte— conducen a una soledad plasmada en ese tristísimo funeral o en ese estadio convertido en oficinas. No salen bien parados los adultos a la hora de ejercer su autoridad, y tampoco la generación futura que llega sin valores y de vuelta de todo… y así podríamos seguir un buen rato. Todo queda patas arriba en un panorama en que la huida de la realidad es generalizada: el protagonista lo hace con su imaginación para fantasear con las mujeres o envanecerse con éxitos políticos/literarios, su esposa lo hace llenando sus días de una trepidante actividad que la impidan pararse a pensar, sus hijos con las mencionadas maquinitas…, y esos penosos y un tanto hipócritas “mascarados” del torneo yéndose del mundo actual porque piensan que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

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Es el gran teatro del mundo que se engaña a sí mismo, como nos engaña Arcand con este retrato pesimista y poco sutil, aunque en el tramo final cambie de orientación. Entonces llegan los aires frescos del campo, de las cosas pequeñas y sencillas, de la realidad tangible y presente… En parte, tiene razón Arcand: hay que conformarse y disfrutar con lo que se tiene, no ahogarse en lo material ni en lo utópico, abrirse a lo natural y escapar de los mundos artificiosos vacíos de humanidad… Pero ojo, porque por momentos parece que nos vende la misma “moto” falsa que critica desde la exageración. Tampoco es para ponerse así, y unos minutos de luz no son suficientes para equilibrar una cinta tan descompensada hacia lo negativo y lo frívolo. Aire, señor Arcand, aire natural y sin contaminar, y un poco de espacio para salir del inmanentismo que enfáticamente predica.

En las imágenes: Dos escenas de “La Edad de la Ignorancia” - Copyright © 2007 StudioCanal, Cinémaginaire, Mon Voisin Productions y Ciné-@. Fotos por Jan Thijs. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Sábado 19 Abril 2008

El otro día, un amigo me comentó que había visto “Once”, que le había gustado mucho la música, pero que «no pasaba casi nada»… Comprendí el error de partida que había tenido él al ponerse a verla, y yo al recomendársela, porque hay películas tan íntimas, tan sutiles, en las que “todo lo que pasa, pasa por dentro”, que puede resultar imperceptible para quien busca persecuciones en coche y explosiones. Porque es verdad que hay propuestas como la de John Carney, o las “Historias mínimas” de Carlos Sorin, o las recién estrenadas “Luz silenciosa”, de Carlos Reygadas, o “La banda nos visita”, de Eran Kolirin, cintas de las que cuesta decir de qué van… porque se trata de historias pequeñas e invisibles, casi imperceptibles para quien busca acción y evasión, en las que lo esencial es sentir con los personajes y ver cómo se van transformando por dentro a raíz de unos encuentros… En ellas “pasan” muchas cosas, pero hay que estar atentos y no tener prisa, relajarse en la butaca, mirar a los ojos a sus protagonistas y percibir gestos y reacciones, y dejarse emocionar en el silencio de su vida cotidiana.

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Son películas que muestran, por otra parte, la realidad más verdadera e interesante, porque miran a la misma persona y a sus más hondas inquietudes, adentrándose entre los pliegues de su alma y en las perplejidades de su comportamiento. En ese mundo interior, las cosas que “pasan” no son simples ni muchas veces pueden explicarse con palabras, porque el misterio de la vida y la persona anda por medio. Ahí se necesita una cámara que escrute los rostros, se mueva por los pasillos de la casa o deambule por las calles de cualquier ciudad para recrear el ambiente del personaje, para mostrar cómo le condicionan esas circunstancias y las personas con las que convive: lo hace unas veces de manera sencilla y rutinaria, otras de forma compleja y profunda en su dolor, y siempre como una realidad muy humana que debería suscitar una empatía casi automática con el espectador por hablar su mismo idioma. Es un cine “realista” en sus historias que también precisa un guión que no sea pretencioso y unas interpretaciones contenidas y naturales, alejado tanto del cine espectacular donde pasan muchas cosas a cuál más increíble, como del otro “cine realista” tan en boga de tono más estético, dramático y un tanto sórdido. De todo lo que el cine nos cuenta, me quedo con “lo que pasa” en “Once” y “La banda nos visita”.

En la imagen: Ronit Elkabetz en “La banda nos visita” - Copyright © 2007 July August Productions, Bleiberg Entertainment y Sophie Dulac Productions. Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos reservados.

Lunes 14 Abril 2008

Los norteamericanos han mostrado repetidamente su particular visión de la guerra de Irak, sobre todo con una mirada crítica hacia los responsables del conflicto, políticos o militares. Pero siempre lo han hecho desde su óptica y mentalidad, por lo que resulta muy interesante acercarse a la propuesta de un director iraquí como Mohamed Al-Daradji en “Ahlaam (Sueños)”, para recorrer las calles de Badgad en los años previos a la caída de Saddam Hussein. Se sirve de una historia real, acompañando a tres personajes que coincidieron en un psiquiátrico: una mujer que enloqueció cuando el día de su boda las milicias “secuestraron” a su futuro marido; un soldado que perdió el oído y también el juicio cuando atravesó la frontera con su amigo herido y fue declarado desertor; y un médico que se graduó entre los temores a ser denunciado porque su padre había sido comunista. Es el clima de intolerancia y miedo generado a partir de una guerra, que radicaliza posturas hasta el fanatismo y el terror, y cuyas principales víctimas acaban siendo los civiles más indefensos, las mujeres, los niños y… los locos.

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En algo más de hora y media vemos cómo una sociedad pacífica y llena de ilusiones, se trasforma en un microcosmos de locura —el manicomio actúa de metáfora perfecta, aunque también real y de escasos recursos— para terminar de manera trágica con un ataque postrero estadounidense que derrocaría al dictador. Las bombas caen y el caos se adueña de la ciudad: el pillaje y los desmanes se suceden, los pacientes del psiquiátrico salen del hospital y recorren las calles desiertas hasta perderse —si no lo estaban ya en su enajenación— entre la histeria colectiva, porque la locura está en ellos y también en esos milicianos que apuntan y disparan a todo lo que se mueve en una ciudad convertida en campo de exterminio. El panorama es desolador, y la cámara de Al-Daradji reparte sus minutos entre las tres historias que se entrecruzan en su trágico destino, y recoge con un estilo hiperrealista —como conviene para mostrar la crudeza y verdad de cualquier conflicto bélico— esa pérdida del juicio y de sensatez.

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La desesperación de la novia “viuda” recuerda en algunos planos a aquel niño entre las ruinas de los edificios berlineses que recogiera Roberto Rossellini en “Alemania, año cero”, en otra mirada hacia la deshumanización a que conduce cualquier guerra. La obsesión y enajenación del soldado dejan ver la bondad de cualquier ser humano, incluso de aquellos limitados en sus facultades. Y la solidaridad del médico alertan sobre lo peligroso de hacer juicios globales sobre un pueblo, cuando también hay algunos hombres buenos en medio de la barbarie. Una cruda pero necesaria metáfora sobre la guerra, vista desde el bando de quienes soñaban en un mundo de felicidad y paz, que vieron cómo su país se convertía en un infierno y que no tuvieron otra escapatoria que evadirse a otro mundo de sueños en su mente perturbada, para no ver la tragedia de otros locos que se dedicaban a matar.

En las imágenes: Fotogramas de “Ahlaam (Sueños)” - Copyright © 2005 Human Film e Iraq Al-Rafidain. Distribuida en España por Sagrera TV. Todos los derechos reservados.

Sábado 12 Abril 2008

Parece que el cine rumano se ha puesto de moda, y que los festivales han encontrado en él un nuevo filón para sus programaciones, como antes lo era el iraní o el chino. Eso es lo que se desprende tras la Palma de Oro ganada por “4 meses, 3 semanas, 2 días”, puerta de entrada para otras cintas como “Love sick” y punta de iceberg de una auténtica “primavera de Bucarest”. La de Cristian Mungiu nos cuenta el drama de una adolescente embarazada que decide abortar en la clandestinidad, ayudada por su amiga. La recientemente estrenada de Tudor Giurgiu plantea el tema del lesbianismo y el incesto en un triángulo donde la violencia de los celos se conjuga con la inestabilidad afectiva. Dos historias tratadas con similar estilo visual para acercarse a sendos dramas humanos y morales, y también a un periodo deshumanizador y de falta de libertad. Mungiu lo hace explícitamente al retratar el ambiente de pobreza y desconfianza en la época posterior a Ceauşescu, mientras que Giurgiu no abunda en esa devastadora situación socio-económica pero que sí queda reflejada en el fondo de sus personajes.

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Porque si algo es revelador e impactante en este nuevo cine rumano —al menos en estas dos películas estrenadas en España—, es su crudo y matizado retrato interior de personajes, su puesta en escena realista y totalmente pegada al terreno. En ambos casos, la cámara se adentra como un bisturí en las cuatro protagonistas, y recoge su doloroso drama existencial con escenas de gran dureza emocional. Las actrices dan vida a sus personajes sin histrionismo ni artificio, con hondura y sentimiento, dejando ver la triste verdad de una juventud machacada por el comunismo y la falta de sentido moral, que vive el instante presente en una huida hacia adelante y con una voluntad de olvidar el pasado: Otilia le hace prometer a su amiga Gabita que nunca más volverán a hablar de eso (del aborto), mientras que Kiki recuerda su relación con Alex como un momento en que descubrió la crueldad de la vida aunque con sus buenos momentos. Lo que sus directores muestran es una toda una generación necesitada de libertad y afecto, de pasar página a un periodo de autoritarismo asfixiante (político-policial en el film de Mungiu, paterno en el de Giurgiu) para empezar a construir la propia vida. Dramatismo existencial en un marco social y personal sin reglas escritas, lo que no deja de ser un alto riesgo para el sufrimiento, como bien han experimentado Otilia, Gabita, Alex y Kiki. Ahora habrá que esperar la llegada de comedias de este nuevo cine rumano, para ver si traen el mismo aire espeso y viciado generado por un tal Ceauşescu.

En la imagen: Fotograma de “4 meses, 3 semanas, 2 días” © 2007 Golem. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Love sick” © 2006 Baditri. Todos los derechos reservados.

Miércoles 2 Abril 2008

El otro día estaba ojeando el periódico con un amigo, y nos topamos con la página de obituarios (esa sección que ahora tienen casi todos los diarios y que resuelve la papeleta de colocar las informaciones sobre difuntos, al parecer poco atractivas para los lectores). Había dos: uno, muy destacado, a tres columnas y con una gran foto, dedicado a Richard Widmark; y la columna restante, a un juez. El comentario de mi amigo fue demoledor: «Mira, esto es lo que define a un país: cómo valoramos la importancia real de las cosas». Desde su punto de vista, un juez era mucho más importante que un actor, por más que este último fuese un rostro inseparable de la memoria de varias generaciones como era el caso de Widmark.

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Y lo curioso es que últimamente me ha sucedido en varias ocasiones. Una amiga me recriminó que de verdad me entristeciera la repentina muerte de Heath Ledger. Todos los días se muere gente, me vino a decir, que ha hecho cosas mucho más valiosas, trascendentales o importantes para el mundo que un actor (o un director, o un guionista…). Los dos amigos, como se ve, vienen a coincidir en el mismo argumento: el que se ha ido no forma parte de tu familia, no es tu amigo, no sabe de tu existencia, y como sea lo bastante famoso y las circunstancias en que se produjo su muerte medianamente turbias, su historia será carroñeramente aprovechada por los medios. Y una parte de mí sabe que tienen, al menos, cierta razón; pero también, para quien esto escribe, es cierto que su desaparición sigue teniendo una trascendencia simbólica, por supuesto incomparable con la pérdida de alguien que de verdad me sea cercano o me importe… pero, a su manera, no deja de ser triste. ¿O es que podemos habernos dejado llevar tantas veces por sus interpretaciones, por los sentimientos que despiertan en nosotros sus personajes, sin que nos quede la más mínima huella? Sinceramente, eso no me pasa. Y espero que nunca me pase.

En la imagen: Richard Widmark en “El Alamo” - Copyright © 1960 Batjac Productions y The Alamo Company. Todos los derechos reservados.

Martes 25 Marzo 2008

Acaba de estrenarse recientemente “Horton”, película de animación destinada a un público eminentemente infantil. Es la enésima llamada a creer en lo que no se ve, a la confianza en el poder de la imaginación, al respeto de los aparentemente menos útiles, al apoyo de los marginados o de los más necesitados. Mensajes y valores formativos para un público que da sus primeros pasos, que debe ser educado en lo políticamente correcto y en lo solidariamente aceptado, en los buenos sentimientos y en las mejores intenciones. Estupendo y magnífico: los niños se merecen eso y mucho más, puesto que están en edad de crecer y hay que darles buenos alimentos. Pero, ¿qué pasa después? Está claro que no siempre han de tomar leche y papilla, y que prepararles para la vida exige darles alimentos sólidos y nutritivos…, no cerrarles los ojos ante la realidad que se encontrarán, pero ¿por qué el cine para adolescentes se convierte de pronto en un terreno abonado de superficialidad, con una comedia frívola y un cine de alienígenas terroríficos? ¿por qué ese cambio brusco conlleva un vaciamiento de “humanidad” en esas propuestas? Y en un segundo momento, ¿cómo puede derivar hacia la sordidez y los “contra-valores” como pautas más frecuentadas por un cine “adulto”, que rechaza cualquier atisbo de sentimiento y optimismo, que ve con menosprecio cualquier planteamiento moral en sus personajes? ¿Cuándo se desquicia el cine, y por qué esta esquizofrenia?

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Ciertamente el planteamiento de “Horton” es sencillo y esquemático, dulce e ingenuo, pero sus ideas de respeto a la vida, de crítica a una “clase política”, de rechazo al materialismo y al enfoque pragmático… bien podrían presentarse metafórica y artísticamente para un público maduro… (de hecho, algunas películas de animación admiten una segunda y enjundiosa lectura… y ya es hora de que dejen de ser consideradas “para niños”). Pero volviendo al quid de la cuestión, parece claro que en algún momento la industria decide abandonar su función “educativa”, para asumir únicamente la de “negocio” y dar al espectador lo que éste pide: sensaciones fuertes en forma de violencia o sexo, alguna experiencia “extrasensorial” que le conecte con el más allá, o una ventana por la que veamos lo mal que está un mundo corrupto que funciona entre deslealtades y ambiciones maquiavélicas. Desde luego, así no arreglaremos esta sociedad que algunos tachan de podrida y que dejan en manos de una canguro cizañera y escéptica. Definitivamente, el cine necesita más individuos como Horton, más familias increíbles que se muevan en un mundo de fantasía como el de Villaquién, y a la vez en otro tan real y verdadero como el nuestro.

En la imagen: Fotograma de “Horton” - Copyright © 2008 20th Century Fox y Blue Sky Studios. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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