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Sábado 10 Mayo 2008

Desde siempre, Estados Unidos ha buscado héroes de cine sobre los que construir una historia de superación personal o de expansión de sus ideales democráticos, o también en los que refugiarse en épocas de conflicto y dificultad. Queda lejos la figura de John Wayne, y también —aunque nos hayan visitado recientemente— de Rambo o Rocky. En los últimos años, el cine ha mirado más bien hacia el cómic de los años 60, para convertir las figuras de papel en sombras heroicas en las que confiar o con las que evadirse. Actualmente podemos ver en la cartelera “Iron Man”, película de la que mis compañeros ya han comentando sus logros y carencias. Sin duda, hay entretenimiento y divertimento al ver cómo se construye pieza a pieza un “hombre de hierro”, o en su lucha estelar con otro “Mazinger” de su especie. Sin embargo, si se busca cómo se destruye/construye por dentro Tony Stark, no se encontrará ni rastro de su humanidad: tal es la despersonalización, planitud y asepsia de su director, Jon Favreau.

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Es cierto que estamos ante un cómic de ciencia ficción, alejado de cualquier intento de verosimilitud o de matización, que sólo pretende la épica tecnológica y no tanto la humana, pero ¿no se puede aspirar a algo más de hondura, y a una narrativa más sólida sin perder por ello la fluidez y ritmo conseguidos? No sé si la simplificación que sufre hasta quedarse con los mínimos elementos (armas y mujeres, ambición y orgullo científico, triunfo del bien sobre el mal) queda justificada por la búsqueda de una buena taquilla, si obedece a leyes impuestas por el propio cómic o si más bien responde a una mentalidad hollywoodiense. Pero, aprovechando las historias del cómic y toda la tecnología digital, ¿por qué no dotar de alma a sus héroes?, ¿por qué reducir sus aspiraciones a unas palabras huecas, por mucho que se llamen “libertad, amor, verdad, belleza”? Cierto que no se busca a Shakespeare, Dostoievski o Freud en sus personajes, pero sí cabría un hombre de carne y hueso, que evolucionase hasta convertirse en alguien que quiere redimirse y ayudar al mundo… aunque sea volando con su armadura de hierro.

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Es posible que así el espectador llegase a sintonizar más con él, a sentirle próximo, e incluso necesario. Si no, estos “cyborgs” acabarán siendo títeres utilizados por la necesidad estratégica del momento, convertidos en armas arrojadizas para entretener al público (estupendo propósito, por otra parte aquí conseguido, pero que sabe a poco) o para influir en el curso político (ahora Afganistán sustituye a Vietnam, y mañana… ¿cuál será el escenario?). Puestos a fabricar héroes, siempre podemos pedir a las productoras que vistan a John Wayne con un traje de hierro y sustituyan el revólver por el lanzallamas: el resultado sería altamente atractivo. Al fin y al cabo, parece que el “cine de cómic” va camino de convertirse en el tercer género “genuinamente americano”, después del western y el cine negro (o de gánsteres), y con permiso de Fred Astaire, y ahora que el western —dicen— está muerto, siempre podrían recurrir al “cómic-futurista”.

En las imágenes: Arriba, Robert Downey Jr. y Jon Favreau durante el rodaje de ”Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, John Wayne en “El hombre que mató a Liberty Valance” © 1962 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 16 Abril 2008

Está a punto de terminar el primer cuatrimestre y, con el Festival de Málaga aún reciente, quizá sea el momento de hacer los primeros exámenes del año al cine español. Atrás quedan las penosas estadísticas de la Academia, las habituales reflexiones lastimeras de la industria y los sorprendentes Goya. Entonces todos se las veían muy felices con Álex de la Iglesia y “Los crímenes de Oxford”, pero resultó un fiasco, un querer explorar nuevos territorios para quedarse en una historia mal hilvanada, sin atractivo alguno, y perder lo que tenía el director de genuino. Algunos esperaban también mucho de la cinta de Manuel Gutiérrez Aragón y el silencio ante el terrorismo de ETA, con el estreno pospuesto por motivos político-sociales de “Todos estamos invitados”, que finalmente ha resultado tener mejores intenciones que logros, unas buenas ideas para diálogos “muy escritos” y una deficiente puesta en escena y dirección de actores. Parecido lastre —la literalidad del guión y la falta de emoción— arrastró la película de otro cántabro, Mario Camus, en “El Prado de las Estrellas”, repleta de planteamientos y personajes ricos en humanidad pero sin alma ni fuerza suficientes.

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Ha habido otros estrenos hispanos, pero a quien esto escribe no le han atraído ni lo más mínimo. ¿Mala promoción? ¿Poco apoyo de televisión e instituciones? ¿Prejuicios hacia lo español? Dejémonos de excusas para seguir viviendo de la subvención y de la defensa nacional a ultranza. ¿No será, más bien, escasa calidad, falta de identidad y alternativas? Es posible que a alguno le hayan atraído cintas como “Déjate caer”, “Óscar: Una pasión surrealista” o “Fuera de carta”, y entonces le felicito si no se ha sentido decepcionado. ¿Qué decir de la última de Mortadelo y Filemón y sus locas aventuras? ¿Es que el cine español no ha escuchado a Jaime Rosales en la Gala de los Goya (aunque no haya habido tiempo aún de asumirlo)? Parece que sólo una alumna recién salida de la escuela le ha hecho caso, aplicado los conocimientos allí aprendidos, y que aún no se ha dejado arrastrar por la mediocridad de nuestra industria y de la taquilla facilona: Roser Aguilar firmó “Lo mejor de mí”, obra meritoria y fresca, aunque con las excusables deficiencias de lo primerizo. Ahora se abre el plazo para las “reclamaciones” a estos exámenes, en los que muchos —casi todos— “han suspendido” y no “han sido suspendidos”: si algún lector piensa que alguna merece aprobar, que lo exponga en los comentarios. Y, como siempre, al estudiante le quedará el “consuelo” de intentar enderezar la situación en las “recuperaciones”: este viernes se estrena la última de Isabel Coixet, “Elegy”; veremos si la catalana está entre los alumnos aplicados, entre los copiones o entre los desganados.

En la imagen: Cartel de “Los crímenes de Oxford” © 2008 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. Cartel de “El Prado de las Estrellas” © 2007 Manga Films. Todos los derechos reservados. Cartel de “Todos estamos invitados” © 2008 Alta Classics. Todos los derechos reservados.

Domingo 13 Abril 2008

Hace poco fui a ver “El último gran mago”. En la cola del cine presencié cómo un chico de unos catorce años repartía las entradas que había sacado entre sus diez o quince amigos. Lo primero que pensé es que ya se veía el tirón que tenían Catherine Zeta-Jones y compañía. Pero cuál fue mi sorpresa cuando el pelotón adolescente se dirigía a “la otra sala” para ver “Casi 300” y pasaba de un estreno tan comercial como el de Gillian Armstrong. Después veo que esta parodia de “300” sigue por segunda semana al frente de la taquilla española y que está siendo un auténtico negocio. Como no salgo de mi asombro y tampoco la he visto, acudo a ver qué dicen mis compañeros de revista y qué comentan nuestros lectores en el blog. Salvo una honrosa excepción, hay unanimidad y los adjetivos no tienen desperdicio: simple y vulgar, burda y tosca, soez y bodrio, patética y extremadamente aburrida… Alguno habla de esperpento y de perder dos horas de su vida.

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No puedo dejar de preguntarme cómo una película así está teniendo tanto éxito de taquilla. Porque no es ya la crítica la que se distancia y la pone en su sitio…, sino que es el mismo espectador de a pie, “el pueblo” que no tiene un pelo de tonto, quien se desmarca y abomina de su mediocridad e  indecencia. Pero, ¿es que en este caso no funciona el “boca a boca” para dejar esas salas vacías? ¿será fruto de su generosa labor de promoción? También deduzco por los comentarios que el público, fundamentalmente el joven, quiere ir al cine a reírse y soltar alguna carcajada (o asustarse un poco, como ya vimos en otro post de este blog) —que recela un poco del drama serio y “seco”—, pero que prefiere también una comedia en la que no haya excesos de mal gusto y vulgaridad, aunque se trate de una parodia. Sin embargo, ahí están las cifras… ¿Hay tanto público distinto al que ha dejado escritas sus impresiones en nuestra revista? ¿o habrán aguantado estoicamente en la sala, y puesto después cara de haberse divertido para no sentirse raros o “distintos”? ¿O serán éstos los que encuentran casi 300 motivos para no volver al cine y dejar las salas casi vacías, como reflejan las estadísticas anuales?

En la imagen: Fotograma de “Casi 300” - Copyright © 2008 Regency Enterprises, New Regency y 3 In The Box. Foto por Doug Hyun. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Miércoles 2 Abril 2008

Desde los tiempos de Babel —y no me refiero a la película de Alejandro González Iñárritu—, la lengua se convierte en un obstáculo para el entendimiento entre los hombres. Y eso en el cine se traduce en la polémica entre ver los films en versión original o doblarlos al idioma nacional. El dilema es viejo y ha sido muy debatido. Los partidarios de mantener el idioma de rodaje/producción alegan la pureza del producto y de los matices de dicción (la fonética dice mucho de un pueblo y de la historia contada) y la expresividad de las interpretaciones; se respetaría así la voluntad del equipo técnico-artístico, y el lenguaje enriquecería la ambientación, las motivaciones de los personajes y el trasfondo socio-cultural de la cinta. También apuntan que, al margen del dominio de idiomas del espectador, unos buenos subtítulos acaban por leerse con facilidad, sin tener que perderse otros aspectos de la imagen. Parecidos razonamientos dan quienes defienden la versión doblada, apoyándose en esa misma necesidad de captar cada expresión y gesto que sólo una mirada atenta a la imagen —y no al subtítulo— puede alcanzar. Aunque éstos suelen ser también quienes opinan que el cine debe distraer y que no es conveniente poner al espectador obstáculos que le hagan odioso/trabajoso el haberse sentado en la butaca.

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Así las cosas, esos mismos planteamientos dejan ya entrever las motivaciones de unos y otros: en general, los cinéfilos prefieren la versión original, y el espectador ocasional y que sólo busca descanso y entretenimiento opta por lo doblado. Simplificando, también quedaría establecida la diferenciación entre cine cultural (en sentido amplio) y blockbuster (de consumo), entre quienes quieren películas que recojan los matices y quienes eligen lo convencional. Quizá el dilema planteado quede entonces resuelto, en parte, diciendo que no hay problema en “John Rambo” o “10.000” en versión doblada porque el retrato de personajes y situaciones no son el quid de la cinta, mientras que es un “delito” que no se respete el idioma de películas como “Eleni”, de Theo Angelopoulos, o “No es país para viejos”, de los hermanos Coen, por ejemplo, donde lo cultural y personal es esencial. Para quien esto escribe, ver cine exige hacerlo en versión original y con buenos subtítulos (traducción cuidada y velocidad adecuada), mientras que para entretenerse con un producto de ocasión no importa que sea doblado porque no esconderá muchas capas y se olvidará al poco tiempo. Además, ahora que los políticos han comenzado a preocuparse por los idiomas en la educación, mantener la V.O. siempre sería una ayuda decisiva en esa tarea, y al final todos saldríamos ganando.

En la imagen: Escena de “Eleni” - Copyright © 2004 Theo Angelopoulos Film, Greek Film Centre, Hellenic Broadcasting, Attica Arts Productions, Bac Films, Intermedias y Arte France. Distribuida en España por Tornasol Films, Ensueño Films y Alta Films. Todos los derechos reservados.

Lunes 31 Marzo 2008

De un tiempo a esta parte, la promoción de los films ha engordado hasta límites insospechados, y el marketing ya no sabe qué inventar. Todo sirve para vender más: a veces parece que la calidad del producto es algo secundario, y que lo esencial es hacer una buena campaña —muchas veces supone incluso la mayor partida del presupuesto—, que llegue al potencial espectador y le genere la necesidad de ver tal película… que es “la película del año” (en esto también cine y fútbol se parecen, como entretenimiento popular). El asunto es que se hable de ella, y no importa tanto si es para bien o para mal. Hace semanas que ha comenzado la promoción de “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, y los tráilers y declaraciones se suceden para enganchar a las nuevas generaciones. Quizá por eso George Lucas se haya lanzado a alertar sobre las excesivas expectativas (¿?) que está suscitando… diciendo que «solo se trata de una película», o «solo la hemos hecho por diversión, y no habrá mucho dinero para nosotros al final; no lo hacemos por dinero». Como para creérselo… ¡lo que hay que hacer para llamar la atención! No sería malo ganar dinero, siempre que no se dé gato por liebre, y no sea mejor el sobre que la carta. Ya veremos.

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Pero la publicidad tiene sus armas, y a veces cuesta adivinar las intenciones de las distribuidoras. Por eso me entran las dudas cuando también estos días se ha promocionado “Despierto” —esa película sobre un paciente que es operado creyendo que está realmente anestesiado—, y se advierte que «no es recomendable para aquellas personas que vayan a ser intervenidas quirúrgicamente en breve». Parece claro que puede ser oportuno y necesario decirlo, aunque ¿no se estará buscando un público más masivo, precisamente aquél que no va ser operado en breve y que busca experiencias… en cuerpo ajeno? Todos hemos visto cómo algunas cintas han aprovechado unas veces la polémica como escaparate (“La Pasión de Cristo”), cómo a otras les ha bastado con atacar abiertamente a la Iglesia Católica (“El código Da Vinci”, “El crimen del padre Amaro”) o provocar algunas reacciones innecesarias y un tanto ingenuas para incrementar la taquilla (“La brújula dorada”), y también cómo ha habido quien, como Ang Lee con “Deseo, peligro”, se ha servido primero de la aparición de escenas fuertes de sexo y después de su mutilación en la versión censurada para China, como altavoz para venderse mejor. Unas formas de promoción que muchas veces dejan de lado la verdad —por supuesto, también las hay honestas—, porque su objetivo principal es el dinero: resulta preocupante hasta dónde nos lleva cierto capitalismo.

En la imagen: Fotograma de “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” © 2008 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Despierto” © 2007 Aurum. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Marzo 2008

Es habitual que casi cada semana se estrenen una o varias películas de terror o thriller sobrenatural con algo de suspense y una dosis gore o similar —por ejemplo, sin ir más lejos, este próximo viernes llegará a los cines “The eye (Visiones)”—, destinadas fundamentalmente a un público adolescente. Dando por hecho que algunas de estas cintas tienen su valor cinematográfico por el inteligente uso de la imagen y sonido que hacen, y también la falta de originalidad de la mayoría de ellas, más de una vez me he preguntado por la razón del éxito de este tipo de propuestas. No sé si lo que el espectador busca es experimentar cierta tensión y sobresalto —a veces no faltan las risas, pero entonces mal asunto—, si lo que se quiere es sentir miedo y angustia con la excitación que puede provocar lo tenebroso o macabro, o si se pretende poner a prueba al corazón con alguna taquicardia y someter a la vista al mal gusto de muchas de sus imágenes. ¿Por qué nos gusta sufrir y pasarlo mal?, ¿por qué pagar para llenar la imaginación de momentos desagradables y que empujan instintivamente a apartar la vista?

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Con todo el respeto hacia el género —y más aún hacia sus incondicionales—, me gustaría conocer las razones de su éxito de taquilla, y pienso si se justificará sólo por esa necesidad de tener sensaciones y nuevas experiencias, o si se trata más bien de la necesidad de dar salida a la adrenalina acumulada durante una semana de estresante trabajo. Porque ¿es que la vida ordinaria circula por la rutina y lo anodino, y el espectador necesita irse al mundo de lo truculento y extraño? Y si la búsqueda de sensaciones fuertes, si la necesidad de huir de lo cotidiano… no son los únicos motivos, que alguien me explique esta pasión por lo terrorífico y lo feo. Y si no hay “razones” porque se trata de algo únicamente temperamental, vivencial, sensorial…, o de simples gustos o preferencias —está claro que a veces no hay que buscarle tres pies al gato—, entonces permaneceré crédulo ante el misterioso atractivo del cine de terror, vísceras y demás imágenes morbosas.

En la imagen: Detalle de un cartel promocional de “The eye (Visiones)” - Copyright © 2007 Lionsgate, Paramount Vantage, C/W Productions y Vertigo Entertainment. Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.

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Viernes 1 Febrero 2008

La proximidad de los Goya y el reciente balance del pasado año invitan a reflexionar. ¿Por qué el cine español está permanentemente enfermo? ¿Por qué el público recela de lo nacional? Echando una mirada al panorama de nuestro cine, podemos sacar algunas conclusiones. Para empezar, no tenemos nada que envidiar en lo que se refiere a directores de fotografía, música, vestuario… Ahí están Alberto Iglesias, Roque Baños o Pablo Cervantes entre los músicos, y José Luis Alcaine, Javier Aguirresarobe o Paco Femenía entre los fotógrafos, por ejemplo. Parece que los aspectos artísticos no se nos dan mal, y que son apreciados también fuera de nuestras fronteras. En cuanto al componente interpretativo, no son muchos los que sobresalen y no se pueden comparar —en general— a los actores británicos, franceses, nórdicos…, pero no faltan algunos trabajos muy logrados cuando caen en manos de quien les dirija con acierto.

Otra conclusión a la que llegamos es que los directores y las películas más cuidadas triunfan fuera y en festivales extranjeros, pero no dentro. Ahí están Jaime Rosales y “La soledad”, José Luis Guerin y “En la ciudad de Sylvia”, o Javier Rebollo y “Lo que sé de Lola”, entre otros…, por no hablar del gran ignorado por la industria patria, Víctor Erice. Cine no comercial poco valorado, con apenas apoyo institucional en su promoción, que queda arrinconado para un sector minoritario. En el otro extremo están los que salvan la taquilla cada año: Juan Antonio Bayona y “El orfanato”Álex de la Iglesia y “Los crímenes de Oxford”… cine que suscita comentarios del estilo de «hasta no parece español», como si se tratase de imitaciones del más puro estilo norteamericano. Y eso por no hablar de quienes se labran el futuro lejos, con ambientación, equipo, producción… extranjera, como hace Isabel Coixet. Triste realidad la que atañe, por tanto, al mundo de la dirección, por cuanto habla de falta de respaldo o de personalidad en esta lucha por sobrevivir…

En conexión con lo dicho hasta ahora y como última conclusión, podemos advertir la carencia de buenos guionistas como clave de esta prolongada salud del cine español: no sólo faltan historias e ideas —algo común al resto de las cinematografías, como ya hemos apuntado en este mismo blog—, sino que tampoco vislumbramos buenos escritores para el cine, que conecten con la realidad de la calle, que sepan construir personajes e historias coherentes y verosímiles, que consigan mantener el interés del espectador. Quizá la tan traída y llevada Ley del Cine se haya olvidado de este aspecto, y bien podría gastar su presupuesto en fomentar estudios y escuelas de guionistas y no tanto subvencionar cine de dudosa viabilidad.

En las imágenes: Arriba, parte del equipo de ”En la ciudad de Sylvia”; abajo, rodaje de “La soledad” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Jueves 17 Enero 2008

La prensa diaria se hace eco de la información relativa al fuerte descenso en el número de espectadores que, durante el pasado año 2007, acudió a las salas de cine a disfrutar de este espectáculo de nuestras entretelas y querencias. Y, junto a los datos —fríos, duros, pétreos e inconmovibles—, como no podía ser de otra manera, su (casi) inevitable corolario, el de las opiniones y análisis acerca de los mismos, que surgen desde todos los ámbitos y estamentos (industria, organismos públicos, etc…) relacionados, en mayor o menor medida, con el invento este del celuloide y las salas oscuras. Coincidencias, con algunos que otros matices —determinados por la particular posición de cada cual—, acerca de algunos argumentos respecto a los cuales es difícil argüir nada en contrario: la brutal competencia de los nuevos soportes tecnológicos (DVD y similares); el tremendo daño que hacen los mecanismos irregulares de acceso al producto cinematográfico, con esas piraterías de diverso grado y género que todos conocemos; o la sobresaturación de un parque de salas que ha crecido enormemente en años recientes, más inducida, probablemente, por una política comercial “colateral”, vinculada a las grandes superficies, que por una demanda real del público sobre la que fundamentar la misma. Muy bien. Fenomenal, diría yo. Pero echo en falta un argumento que, más allá de lo subjetivo que se pueda ser en su apreciación, nadie menciona y que a mí, particularmente, me parece de una certeza difícilmente objetable…

¿Alguien se ha parado de verdad a pensar en cuál es el nivel medio de calidad de las producciones que se proyectan en esas cada vez más abandonadas salas cinematográficas? La sensación que albergo tras el pasado 2007, a título de apreciación global respecto a lo visto, es de una intensa decepción, porque, salvando algún caso puntual, el nivel medio fue bajo, muy bajo —siendo benévolo en los términos de la calificación—. Y así, señores, es muy difícil llenar las salas. ¿Que habrá que trabajar en todo lo arriba apuntado? Indudablemente, por supuesto. Pero no olvide la gente de la industria algo tan elemental como que, para llevar público a los cines, hay que ofrecerle buenas películas. Así de complicado, así de sencillo.

En la imagen: Fotograma de “No digas nada”, un estreno español reciente - Copyright © 2007 Mediapro y Yacaré Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

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Miércoles 26 Diciembre 2007

Con la Ley del Cine pasa una cosa muy curiosa, sobre todo si lees sobre ella desde la perspectiva del mero espectador: que resulta muy difícil hacerse una opinión sobre ella. En realidad, eso que se da en llamar la Familia del Cine no parece ponerse de acuerdo en una opinión que puedan compartir todos. Si uno le pregunta a los productores, dirán que está muy bien (aunque, eso sí, sea mejorable); si opinan los directores, también. No obstante, si la cuestión se traslada a los exhibidores o a las televisiones, lo más probable es que le digan de todo menos bonita. Está claro que los intereses de cada uno (comprensibles, desde luego, porque no se le puede pedir a nadie que se convierta en ONG por decreto) son lo que cuenta en primer lugar, y así resulta muy difícil encontrar una respuesta a la cuestión principal: ¿servirá esta ley para apoyar el cine español?

Sin embargo, hay una opinión, que leí en el diario Público del viernes pasado, que me ha dado que pensar, porque viene de alguien que parece saltarse el guión establecido de seguir sus propios intereses para hacer una valoración global. Lo que viene a continuación pertenece a Enrique Pérez Font, presidente de Cines Verdi y de Sherlock Films: «No hablo como exhibidor, ya que como en los Verdi se exhibe cine europeo, la ley podría beneficiarme, pero me parece una ley patética. Nace vieja y para favorecer a los intereses de siempre. Lo que se necesita es una ley audiovisual, como la francesa, que tome en cuenta el entorno cambiante. Es increíble que no se hable en profundidad del DVD y otras ventanas. Terrible». Pues da que pensar, ¿no?

En la imagen: Gracia Querejeta durante el rodaje de “Siete mesas (de billar francés)” - Copyright © 2007 Enrique Cerezo Producciones, Elías Querejeta Producciones y Ensueño Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Miércoles 12 Diciembre 2007

No puede haber dos ejemplos más evidentes de lo que supone saber elegir papeles y, además, tener suerte. Creo que a estas alturas, y por mucho que su rostro ya sea inseparable de iconos como Indiana Jones, Han Solo o Rick Deckard, nadie podrá decir que Harrison Ford sea un grandísimo actor. De hecho, en su filmografía hay alguna otra joyita que debería irse por el desagüe del olvido (¿alguien dijo “Lo que la verdad esconde”?). Y aun así, ya ven, a sus 65 años, sigue siendo uno de los actores mejor pagados y más taquilleros, y ni siquiera puede decirse que el ritmo ascendente de su carrera se haya interrumpido alguna vez.

En el caso contrario, ahí tenemos a Kevin Costner, un actor que irrumpió con “Los intocables de Eliot Ness” como un huracán y encadenó una década prodigiosa, lluvia de Oscars® incluida por “Bailando con lobos”… para estrellarse no contra un muro, sino contra una superficie de agua fangosa llamada “Waterworld” de la que aún está tratando de salir. Y si los comparo es porque creo que los dos representan un rol de actor masculino muy similar; y, si me apuran, hasta diría que Costner ha tenido oportunidad, aunque no se haya prodigado, de demostrar que es incluso mejor actor que Ford. ¿Será que su mayor error fue coger las riendas de la dirección y la producción, mientras que el protagonista de “Único testigo” ejercitó a conciencia aquello de “zapatero, a tus zapatos”? En fin, ahora Costner intenta reinventarse de nuevo como psycho killer en “Mr. Brooks”. A ver si tiene suerte, hombre.

En las imágenes: En la izquierda, Kevin Costner en “Mr. Brooks” © 2007 Manga Films. Todos los derechos reservados. En la derecha, Harrison Ford en “Firewall” © 2006 Warner Bros. Pictures International de España. Todos los derechos reservados.