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Lunes 28 Abril 2008

El cine indie siempre ha sido, o al menos así parece que lo hemos querido ver desde esta orilla del Atlántico, lo que los norteamericanos hacían cuando se ponían a rodar como si fueran franceses. Bueno, más o menos. Pero, últimamente, incluso esta división de plata del gran conglomerado industrial cinematográfico-estadounidense parece vivir momentos difíciles. Cuando por las calles de Sundance se mezclan los supervivientes de Seattle con gente como Paris Hilton, es que algo pasa. Y cuando los grandes estudios crean sus divisiones para hacer películas de bajo presupuesto (eso sí, muy arties, que no es lo mismo ser cutre en plan serie B que creativo a lo John Cassavetes), con sus logos calculadamente desmañados, nos reafirmamos en la pregunta: ¿qué le pasa al cine independiente?

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Es más, ¿por qué la versatilidad de fórmulas que antes existía para presentar una mirada alternativa a la del grueso de la producción más comercial parece haberse reducido en los últimos tiempos a un esquema mil y una veces repetido? Es decir, el del friqui inserto en un contexto más o menos tradicional, a ser posible nevado y aislado (lo que parece devolver a la tal comunidad la condición de representativa del núcleo originario de lo que luego ha venido a llamarse Estados Unidos de América), y que por contraste acaba revelando la verdadera esencia de esos habitantes. El último ejemplo en llegarnos es “Lars y una chica de verdad”, pero hemos tenido últimamente nuestras buenas dosis con “Juno”, “Pequeña Miss Sunshine”, “Thumbsucker”, “Ghost world”, “La peligrosa vida de los Altar Boys”… Al final, uno se pregunta si la cosa no tendrá trampa: como nos demuestra la experiencia, llegado el caso los friquis pueden ser perfectamente absorbidos por el sistema y, por tanto, ver su potencial revulsivo desactivado. Y si no, que se lo pregunten a Tim Burton (que ya sé que nunca fue exactamente indie, pero friqui sí… al menos en una época).

En la imagen: Bianca y Ryan Gosling en “Lars y una chica de verdad” - Copyright © 2007 Sidney Kimmel Entertainment y John Cameron/Sarah Aubrey Productions. Distribuida en España por Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.

Viernes 18 Abril 2008

Esto de la crítica de cine, ya se sabe, tiene su aquél. Más que nada, porque es todo menos científica; o dicho de otro modo, si los científicos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar cuál es la altura exacta del Everest (algo que, aparentemente, escapa a toda opinión y debería consistir en una fría, rigurosa e inapelable medición con algún aséptico aparato), parece más peliagudo intentar elevar a más categoría que la que verdaderamente tiene la opinión que a uno le merece tal o cual película. De hecho, si algo me gusta de este divertido ejercicio es lo que tiene de elemento deslizable, emocionante e intuitivo.

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Esta reflexión previa viene a cuento de un fenómeno que no es nuevo, pero que últimamente, dado el capricho de las fechas de estreno, se ha condensado en unas pocas semanas: la llegada de los remakes de los éxitos orientales de terror (“Llamada perdida”, “The eye (Visiones)”, “Retratos del más allá”…), en lo que supone casi una fotocopia del modelo original, sólo que con actores y lenguaje anglosajones. Algo que casi todos hemos criticado, con la coletilla de considerarlo innecesario, mercantilista, etc., etc. Ahora bien, ante el próximo estreno de la nueva versión de “Funny games”, que su director original Michael Haneke ha rodado en América con el mismo guión, idénticos decorados (reconstruyen al milímetro los originales) pero, eso sí, actores angloparlantes, todos levantamos el meñique y aguardamos expectantes para ver los resultados de este “experimento cinematográfico de traducción semiótica de una creación artística”, o algo así. ¿En qué quedamos? (suerte tiene Haneke de no llamarse Gus y no apellidarse Van Sant, que a éste le fue bastante peor).

En la imagen: Fragmento del cartel norteamericano de “Funny games” - Copyright © 2007 Halcyon Pictures, Tartan Films, Celluloid Dreams, X Filme International, Lucky Red, Belladonna y Kinematograf. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 15 Abril 2008

Uno de los temas recurrentes en todas las discusiones de los cinéfilos cuando nos ponemos estupendos (o friquis, depende de quien lo diga), es el de si Michel Gondry es mejor o peor director desde que no cuenta con la asistencia del ensalzado guionista Charlie Kaufman sustentando sus largometrajes. Pues bien, uno, que de entrada ha de confesar que es un profundo admirador de la poderosísima capacidad visual del francés, sólo puede responder que no. Es cierto que “¡Olvídate de mí!” sigue siendo la cúspide de su filmografía, y que muy posiblemente un proyecto tan arriesgado como éste nunca hubiera llegado a buen puerto sin la asistencia de Kaufman, pero eso no quiere decir ni mucho menos que Gondry tenga que verse condenado a recurrir siempre a él.

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De hecho, la separación, sea por el motivo que sea, entre los dos talentos, ha permitido al director de “Rebobine, por favor” adentrarse en un mundo propio al que me temo es ajeno el guionista. Demasiada gente suele meter en un mismo saco a toda esta generación de cineastas (a los que habría que añadir los Spike Jonze, Wes Anderson y compañía) marcada por una cierta disposición a explorar nuevos caminos, incluso acercándose peligrosamente a la impostura cultureta. Pero es injusto: sólo por retornar al tema de este post, allí donde Kaufman levanta construcciones marcadas por un barniz mucho más intelectual, Gondry deja respirar la intuición, el juego, la celebración, un profundo amor por el cine y sus resortes que lo acerca más al tren eléctrico del que hablaba Orson Welles que a las exploraciones sobre la consistencia de la realidad latentes en los guiones del autor del de “Cómo ser John Malkovich”. Y a Dios pongo por testigo, cual Escarlata, de que este Gondry reconvertido en una especie de Méliès del siglo XXI nos hace mucha falta a todos.

En la imagen: Mia Farrow maquillando a Mos Def en “Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Martes 29 Enero 2008

UNA. Porque cada uno de los planos que componen esta película es una lección de saber colocar la cámara, de iluminación, de composición. DOS. Porque, para desilusión de quienes esperaban un “Seven 2”, David Fincher construye un relato sobrio y más inquietante pues viene a decirnos que, en realidad, el mal habita entre nosotros, y su rostro es tan común y corriente como el nuestro. TRES. Porque alberga una reflexión bien potente sobre cómo los medios de comunicación pueden acabar dependiendo de un asesino en serie tanto como él de ellos. CUATRO. Porque la reconstrucción del San Francisco de los años setenta es de las que quitan el aliento… y para colmo, parece que lo hace sin esfuerzo. CINCO. Porque los intérpretes están que se salen, del primero al último (bueno, quizás Robert Downey Jr. un poco pasado, es verdad).

SEIS. Porque nos muestra los intrincados mecanismos de la obsesión, empezando por el protagonista, interpretado por Jake Gyllenhaal, que acaba hipotecando toda su vida por algo que sólo a posteriori, y de manera imprevista, acabará dándole beneficios (¡y menudos beneficios!). SIETE. Porque las secuencias de los crímenes de Zodiac (y del “presunto Zodiac”) son magistrales: la del pantano, sin apenas sangre, se cuenta entre una de las más angustiosas que quien esto firma ha visto en mucho tiempo. OCHO. Porque el montaje es digno de Oscar® (aunque no se lo vayan a dar). NUEVE. Porque posee un guión de hierro de James Vanderbilt. DIEZ. Porque los que dicen que David Fincher puede ser el nuevo Stanley Kubrick quizá no anden tan desencaminados: al tiempo; por lo pronto nos queda esta maravilla que es “Zodiac”.

En la imagen: Fotograma de “Zodiac” - Copyright © 2007 Paramount Pictures, Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 8 Enero 2008

No sé yo si los que marcan las tendencias estilosas para cada temporada lo tenían previsto, pero en el finiquitado 2007 los setenta volvieron a estar de moda, al menos en lo cinematográfico. Sobre todo un tipo de cine, el policíaco, uno de los que mejor reflejó las tensiones y los convulsos cambios sociales de un país, Estados Unidos, atrapado en una década realmente trepidante, la que va de 1965 a 1975, y en la que los sucesos históricos se renovaban cada semana. Unos cambios que tuvieron como telón de fondo la primera guerra mediática, Vietnam, y en la que el auge y caída del hippismo se repartía los titulares con la lucha por la integración racial, el pacifismo, la expansión de la droga, la corrupción policial en las grandes urbes…

Y dos títulos centran ese revival, que en otros casos se queda sólo en los temas (contestación política) o los guiños a la producción más nostálgicamente cutre de aquella época (cortesía de los señores Tarantino y Rodriguez); dos títulos en los que la mímesis llega, incluso, a las formas, a la estética. Uno, “Zodiac”, de David Fincher; el otro, recién estrenado, “American gangster”, de Ridley Scott. Puro cine de los setenta clonado que, en su cuestionamiento de las estrictas líneas morales, podrían perfectamente haber sido realizados en aquellos años en que todo estaba en cuestión y las certezas escaseaban. Quizá por ello resulte tan curioso que, en realidad, sean obras de hoy mismo, con total vigencia, y con una mayor apariencia de vida que otras cintas supuestamente más vanguardistas. Y lo cierto es que eso da que pensar, ¡vaya que sí!

En la imagen: Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo en “Zodiac” - Copyright © 2007 Paramount Pictures, Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Diciembre 2007

No hay mejor perspectiva para juzgar una obra cinematográfica que el tiempo. Y los años transcurridos desde el estreno de la primera entrega de “El Señor de los Anillos”, “El Señor de los Anillos: La comunidad del Anillo”, e incluso desde la última, “El Señor de los Anillos: El retorno del rey”, no hacen más que confirmar lo que entonces sólo podía atisbarse: la profunda huella que iba a dejar en el cine que a partir de ese momento se hiciese. Pocas cintas pueden jactarse de señalar una inflexión, una marca indeleble que modifique el rumbo de un arte; la obra magna de Peter Jackson, ya sin discusión, se cuenta entre ellas. Y si necesitamos alguna prueba, basta con leer las críticas, reseñas y comentarios sobre muchas de las películas que se estrenan.

De hecho, podría decirse que ya sólo es posible abordar la fantasía al “estilo Anillo” o al “otro” (un “otro” que tiene, sobre todo, dos sagas como principales representantes: Harry Potter y Narnia). Y tanto por similitud (“Beowulf”) como por diferencia (“La brújula dorada”), el marco de referencia, el nivel, lo marca la adaptación de la obra de J.R.R. Tolkien. ¿Podía siquiera imaginar Jackson lo que tenía entre manos cuando abordó un proyecto que tantos consideraron suicida? Quizá no, o tal vez sí, quizás vio que Frodo estaba destinado a codearse con Luke Skywalker; lo que aún no está nada claro es por dónde va a continuar su camino. Al contrario que George Lucas, que comprendió que había tocado techo como director y prefirió convertirse en una especie de industrial, Jackson insiste en seguir aferrado a la silla y meterse en nuevos proyectos. Difícil cuando tienes la sombra de “El Señor de los Anillos: Las dos torres” marcando tu grandeza pero, probablemente, también tus limitaciones.

En la imagen: Fotograma de “El Señor de los Anillos: Las dos torres” - Copyright © 2002 New Line Cinema, The Saul Zaentz Company y WingNut Films. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.

Lunes 26 Noviembre 2007

Hace poco, en este mismo blog, mi compañero Julio Rodríguez Chico ponía sobre el tapete uno de los temas cruciales planteados por “Redacted”, la última película de Brian De Palma, nacido consciente e intencionadamente bajo el signo de la polémica. Como es sabido, el filme está construido recreando materiales fílmicos extraídos de los circuitos “alternativos” y no sujetos a la censura directa de las autoridades (vídeos personales colgados en YouTube o webs, informativos árabes, grabaciones de cámaras de seguridad, etc.). A nivel estrictamente cinematográfico, esto también apunta un cambio, una mutación en la forma de aceptar la imagen que el tiempo dirá si es sólo una nube pasajera o, por el contrario, algo verdaderamente llamado a perdurar.

Así, no deja de ser curioso cómo, en las antípodas en cuanto a intenciones y género se refiere, Jaume Balagueró y Paco Plaza hayan optado en “[Rec]” por recrear a su vez lo que habría captado la cámara de unos reporteros televisivos que acompañasen a unos bomberos en una intervención en una casa, historia que termina derivando en un relato de horror. Es como si la forma tradicional, la que todos reconocemos al mencionar el adjetivo “cinematográfica”, hubiese agotado su capacidad de transmitir, y a la vez existiesen unas generaciones formadas en códigos narrativos y visuales con sus propias reglas. Nunca como hasta ahora el mestizaje de las imágenes fue más evidente, y se multiplican los títulos que, de una u otra manera, se postulan como puentes entre formas narrativas distintas (“300”, “Hijos de los hombres”, “Old boy”…). Los dos ejemplos que ahora coinciden en nuestra cartelera no son más que otro paso, si queremos más extremo, en la reformulación del ya centenario arte de contar historias con imágenes, y que nadie sabe muy bien hacia dónde nos llevará. Qué suerte tenemos, vivimos tiempos apasionantes.

En la imagen: Fotograma de “[Rec]” © 2007 Filmax. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Redacted” © 2007 On Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Noviembre 2007

Desde luego, el diseño de los carteles de cine está alcanzando niveles de conformismo preocupantes. Si tomamos los estrenos del pasado fin de semana como ejemplo aleatorio, tendremos que convenir que la cosa pinta bastante mal. Pero hay dos en concreto que simbolizan lo que desgraciadamente parece estar convirtiéndose en tendencia: por un lado, tenemos el afiche de “El juego del amor”, que, francamente, es otra repetición más de un tipo de diseño que tiene su representación más famosa en “Love actually”. La ecuación que manda en estos casos debe de ser: película romántica + historias de varias parejas + rostros conocidos = un cartel como este. Claro que, en este caso, la cinta no es una comedia, como sí lo era aquélla, pero eso no parece que importe demasiado. Total, en cuanto la gente compra la entrada, se ha conseguido el objetivo.

El otro ejemplo, por su parte, si algo simboliza, es la vagancia. Exaspera que a un largometraje como “Michael Clayton”, que otorga a una historia bastante trillada una narrativa y una estética cuidadas al máximo, se le asigne un diseño tan ramplón como el finalmente utilizado. En este caso, ni siquiera se trata de una ecuación, sino de la simple aplicación de una relación causa-efecto: ¿por qué va la gente a ir a ver esta película?, se preguntará el responsable de turno. Por George Clooney, claro, se responderá. Así pues, no hay que pensar más: careto bien grande del actor, y a otra cosa. Sinceramente, como ése fuese el mecanismo en todos los casos, los diseñadores tendrían que ir buscándose otro trabajo… aunque, la verdad, y visto lo visto, quizá harían bien en buscárselo de todos modos. Y eso por no hablar de las “adaptaciones” para el mercado español de carteles estupendos utilizados en los mercados originales. Ya volveremos al tema, ya.

En la imágenes: Fragmento del cartel de “El juego del amor” © 2007 Filmax. Todos los derechos reservados. Fragmento del cartel de “Michael Clayton” © 2007 DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.