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Miércoles 7 Mayo 2008

Con cierto retraso, he podido ver la última cinta de Michel Gondry, “Rebobine, por favor”: una rareza, como no podía ser de otro modo. Pero una rareza simpática y divertida, original e inteligente, propia de un visionario o de un individuo desprejuiciado, y también de un videoclipero nostálgico que ama el cine y juega con la imagen sin reglas ni concierto. Quizá sea esa heterodoxia y ese espíritu burlón lo que le da una frescura que se echa en falta en el cine industrial que estamos acostumbrados a ver. Por eso, bienvenida sea esta rara avis, que nos hace pasar un buen rato y que incluso nos permite alguna que otra reflexión. Como es sabido, los protagonistas de esta comedia gamberra se ven obligados a hacer remakes “asuecados” de las películas grabadas en VHS que han borrado por accidente, hasta acabar implicando a todos los clientes del videoclub en su realización, y alcanzar un éxito comercial superior al de las grandes superficies que ya han incorporado el DVD. Las situaciones esperpénticas y absurdas son continuas en esta parodia indisimulada de la industria de cine y todo lo que la rodea (pirateo incluido), con toda la carga crítica que se quiera.

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Dejando al margen las irregularidades del guión y algunas otras carencias, lo que es indudable es la portentosa imaginación y la originalidad de la idea. El ingenio y lucidez de Gondry bien podría sacar de la crisis a una industria acomodada y estandarizada en su producción, repetitiva y previsible en sus argumentos, olvidada de los sueños que se hacen realidad en la pantalla. Porque una característica de esas peliculitas de aficionados que hacen los protagonistas es su capacidad para implicar al espectador, y encontrar ahí el éxito de taquilla (del cine o del videoclub). De alguna manera, el director sugiere algunas pautas para impulsar la industria: volver a los comienzos del cinematógrafo y recoger ingenuamente la vida como hicieron los hermanos Lumière o la magia ilusionista de Georges Méliès, hacer soñar al espectador con personajes con los que se identifican o que forman parte de su pasado (¡qué buena idea ésa de “personalizar las películas”!), o reinventar un nuevo cine independiente que no se someta al mercado… Viva la creatividad, rompamos reglas y sorprendamos al público haciendo “nuestra película”, no “otra película”, “cambiando el pasado porque nos pertenece” (eso dicen y hacen Jerry, Mike, Alma, y todo el vecindario para homenajear a su ídolo musical). En definitiva, imaginación e ideas propias para un cine nuevo y lleno de vida, cercano al espectador, capaz de crear ficción o realidad: no hay más que rebobinar, como hace el bueno de Gondry.

En la imagen: ”Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Sábado 3 Mayo 2008

Tras la buena impresión que me dejó hace un par de años “Tsotsi”, tenía interés en ver la evolución de su director, el sudafricano Gavin Hood. El reciente estreno de “Expediente Anwar” me ofrecía la ocasión de comprobar qué quedaba tras el éxito, y en qué se veía obligado a ceder ante los imperativos de la industria. Algunas críticas no eran muy entusiastas y resaltaban su falso y pretencioso guión —con triple salto mortal incluido en el desenlace—, y un mensaje excesivamente presente que llegaba a asfixiar la trama. Sin embargo, algunos comentarios de los lectores destacaban positivamente el clímax de tensión y/o amor que cogía la atención y encogía el ánimo del espectador. Por todo eso, me decidí a sacar la entrada y ver por mí mismo esta nueva aproximación a la guerra de civilizaciones que el tercer milenio nos ha traído, con los derechos individuales y la seguridad nacional en colisión, y con el miedo de telón de fondo.

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Para empezar, me encuentro con una trama más complicada y artificiosa, enmarañada en unos momentos y confusa en otros. Una estructura circular con un uso cuestionable del flashback por lo poco trasparente que resulta el conjunto, y por algunos detalles excesivamente subrayados que el director necesita introducir para poner algo de orden en el caos. Es cierto que hay tensión emocional porque el falso culpable siempre saca de quicio a cualquiera y uno siente que le podría ocurrir a él, y también que la crudeza de las torturas no deja a nadie indiferente porque son tan bestiales como explícitas e inadmisibles. Sin embargo, pienso que Gavin no ha dibujado sus personajes como en su anterior película, que no dota a Douglas de un pasado del que huir como había hecho con el joven Tsotsi, y que tampoco es fácil creerse su ingenuidad hasta los interrogatorios y que decida entonces echar por la borda su carrera en la CIA; lo mismo sucede con el ayudante del senador, que por una amiga de años atrás (aunque fuese una antigua novia) parece dispuesto a partirse la cara y actuar, de pronto, tan poco “políticamente”.

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Sin embargo, las dos películas apuestan por la redención desde la violencia, a partir del contacto con la humanidad perdida. Esta nota parece ser una constante del director, que entiende que siempre queda un poso de bondad hasta en el más malvado y desaprensivo de los individuos, y que siempre pueden volver a brotar esos deseos de justicia y amor… En la primera, teníamos un bebé indefenso que despertaba el afecto que no tuvo Tsotsi, y que le obliga a frenar en su huida hacia la deshumanización. Ahora es la imagen de un hombre humillado al que espera una mujer y unos hijos lo que propicia la redención de alguien sin identidad clara ni familia conocida, como si Douglas deseara para sí la vida de su víctima: así, los silencios y gestos ambiguos —bien Jake Gyllenhaal— dejan paso a la acción heroica y decidida de quien ha sentido empatía con su “secuestrado”. Con todo, me planteo si esta práctica del “contraste” al retratar al personaje no será excesivamente manipuladora y fácil, si es necesario bajar a las profundidades de la barbarie —tortura policial o violencia callejera— para resaltar la humanidad de cualquier persona y empujarla a realizar una buena acción. En fin, esta es la opción elegida por Gavin.

En las imágenes: Arriba, ”Tsotsi” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Abajo, ”Expediente Anwar” © 2007 Tripictures. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Abril 2008

El cine indie siempre ha sido, o al menos así parece que lo hemos querido ver desde esta orilla del Atlántico, lo que los norteamericanos hacían cuando se ponían a rodar como si fueran franceses. Bueno, más o menos. Pero, últimamente, incluso esta división de plata del gran conglomerado industrial cinematográfico-estadounidense parece vivir momentos difíciles. Cuando por las calles de Sundance se mezclan los supervivientes de Seattle con gente como Paris Hilton, es que algo pasa. Y cuando los grandes estudios crean sus divisiones para hacer películas de bajo presupuesto (eso sí, muy arties, que no es lo mismo ser cutre en plan serie B que creativo a lo John Cassavetes), con sus logos calculadamente desmañados, nos reafirmamos en la pregunta: ¿qué le pasa al cine independiente?

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Es más, ¿por qué la versatilidad de fórmulas que antes existía para presentar una mirada alternativa a la del grueso de la producción más comercial parece haberse reducido en los últimos tiempos a un esquema mil y una veces repetido? Es decir, el del friqui inserto en un contexto más o menos tradicional, a ser posible nevado y aislado (lo que parece devolver a la tal comunidad la condición de representativa del núcleo originario de lo que luego ha venido a llamarse Estados Unidos de América), y que por contraste acaba revelando la verdadera esencia de esos habitantes. El último ejemplo en llegarnos es “Lars y una chica de verdad”, pero hemos tenido últimamente nuestras buenas dosis con “Juno”, “Pequeña Miss Sunshine”, “Thumbsucker”, “Ghost world”, “La peligrosa vida de los Altar Boys”… Al final, uno se pregunta si la cosa no tendrá trampa: como nos demuestra la experiencia, llegado el caso los friquis pueden ser perfectamente absorbidos por el sistema y, por tanto, ver su potencial revulsivo desactivado. Y si no, que se lo pregunten a Tim Burton (que ya sé que nunca fue exactamente indie, pero friqui sí… al menos en una época).

En la imagen: Bianca y Ryan Gosling en “Lars y una chica de verdad” - Copyright © 2007 Sidney Kimmel Entertainment y John Cameron/Sarah Aubrey Productions. Distribuida en España por Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.

Lunes 21 Abril 2008

“Elegy”, la última película de Isabel Coixet, viene a confirmar, al menos para quien firma esto, una regla no escrita que se cumple en más ocasiones de las deseables: hay demasiados creadores con talento cuyas obras naufragan por su excesivo empeño en ocuparse de todos los detalles, incluido el guión, aunque esté claro que éste no sea su fuerte. Le ocurre a la Coixet, directora de indudable talento, pero que salpicaba sus anteriores cintas (“Mi vida sin mí” y “La vida secreta de las palabras”) de trampas argumentales que estropeaban la construcción visual de su autora. Por ello, no debería de extrañar que su última entrega, un encargo construido a partir de un guión ajeno, sea la mejor de sus películas, la demostración de que, sin sus tics y “marcas de la casa”, podemos encontrarnos con una cineasta más que notable.

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Claro que no es la única que, llevada por ese afán de controlarlo todo, es capaz de ir en contra de sus verdaderas capacidades. Es lo que le ocurre a Julio Medem, poseedor de una inmensa capacidad visual y cinematográfica que, sin embargo, no se corresponde con sus guiones, demasiado frágiles y llenos de agujeros, y que son en demasiadas ocasiones más una rémora del resultado final que otra cosa (y si no, ahí está “Caótica Ana” para demostrarlo). Pero es que ni siquiera alguien tan laureado como Pedro Almodóvar se libra de esta maldición, hasta el punto de que uno habría preferido que guiones como los de “La mala educación” viniesen firmados por alguien ajeno a él. Y si hay un caso paradigmático en el exterior (aunque, desde luego, no el único), ahí está M. Night Shyamalan, aunque lo suyo puede llegar a ser incluso peor: valga como muestra su triste tentativa como actor en “La joven del agua”, una película que seguramente podría haber sido una obra maestra… si la misma historia hubiese sido escrita por otro. Desde luego, a Clint Eastwood, que se confiesa incapaz de escribir un guión, nunca le pasará lo mismo.

En la imagen: Isabel Coixet durante el rodaje de “Elegy” - Copyright © 2008 Lakeshore Entertainment. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.

Domingo 20 Abril 2008

Muchas veces se ha dicho que lo esencial del cine es una buena historia (no limitando ésta a lo que pueda suceder en el ámbito exterior, como ya hemos comentado). Sin duda es así. La historia que se nos cuenta resulta fundamental y previa a otros aspectos técnico-artísticos, y también algo sustancial al tratarse de una creación humana que pretende hablar de lo que rodea a la misma vida (por eso, el amor y la muerte acaban constituyéndose en sus dos pilares y temáticas básicas). Desde siempre, el hombre se ha sentido seducido y atrapado por el arte de contar y escuchar historias, cuentos, tradiciones, leyendas… Y en esto, el cine ha ido de la mano de la literatura en su corta existencia de un siglo, en su intento por reflejar la Historia y las historias de los hombres. Unas veces, las películas se han acercado a los aspectos más poéticos y artísticos que el libro encierra para reflejar la sensibilidad y espiritualidad del individuo, otras se han comportado como vehículo de comunicación para buscar el testimonio de la verdad y la denuncia de la injusticia, y otras se han decantado por un carácter más narrativo-novelesco para abordar relatos y aventuras donde épica y romance se conjugaban con drama y comedia.

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Sin embargo, esta imitación tiene sus peligros y limitaciones, porque una cosa es la palabra y otra la imagen —basta con ella para hablar de cine—. Cuando al medio cinematográfico sólo se le exige contar una historia, corremos el riesgo de seguir a remolque de la literatura y no explotar todas las posibilidades de su lenguaje, de explicarlo todo con diálogos y narradores y quizá de despojar a las historias de la ambigüedad y del misterio de la vida, a la vez que de formar espectadores que ven un largometraje una sola vez porque “ya sé lo que pasa y cómo termina”. Sin duda, este público que ve un film como podría leer una novela, es, en buen aparte, deudor del cine americano y de la narrativa literaria, pero a la vez renuncia a recorrer otros caminos y tener aventuras diferentes (no tanto por los temas y contenidos, sino por la forma —por el lenguaje— de acceder a ellos). La imagen pierde, entonces, su potencial narrativo y expresivo, y se queda a expensas de la dirección que la palabra marque, según un guión que, en el mejor de los casos, no será lineal y explícito en todos sus extremos.

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Pero existe otra manera de poner imágenes en movimiento y comunicarse con el espectador. Existen otras intenciones al recoger pensamientos, sensaciones e inquietudes en el celuloide. En esas ocasiones, las imágenes también se convertirán en auténtico cine aunque su historia sea nula o mínima, si reflejan un espíritu creador detrás, unos anhelos que salgan a flote o unas reflexiones sobre la vida, la muerte, la sociedad… Ciertamente se trata de un territorio un tanto marginal conocido como el “no-cine”, el ”cine-ensayo” o el “video-instalación”, aunque también se han realizado películas de argumento no convencional ni narrativo, al estilo de “Last days” o “En la ciudad de Sylvia”, que podrían ir dejando de ser propuestas minoritarias. En cualquier caso, ahora que se aproxima el aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, es buen momento para plantearse ese territorio común de cine y literatura, y también aquel en que el primero debe desmarcarse del segundo para tener vida propia, para experimentar con las formas visuales y para no caer en estrecheces y reduccionismos empobrecedores.

En las imágenes: Arriba, “En la ciudad de Sylvia” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados. Abajo, “Last days” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

Sábado 19 Abril 2008

El otro día, un amigo me comentó que había visto “Once”, que le había gustado mucho la música, pero que «no pasaba casi nada»… Comprendí el error de partida que había tenido él al ponerse a verla, y yo al recomendársela, porque hay películas tan íntimas, tan sutiles, en las que “todo lo que pasa, pasa por dentro”, que puede resultar imperceptible para quien busca persecuciones en coche y explosiones. Porque es verdad que hay propuestas como la de John Carney, o las “Historias mínimas” de Carlos Sorin, o las recién estrenadas “Luz silenciosa”, de Carlos Reygadas, o “La banda nos visita”, de Eran Kolirin, cintas de las que cuesta decir de qué van… porque se trata de historias pequeñas e invisibles, casi imperceptibles para quien busca acción y evasión, en las que lo esencial es sentir con los personajes y ver cómo se van transformando por dentro a raíz de unos encuentros… En ellas “pasan” muchas cosas, pero hay que estar atentos y no tener prisa, relajarse en la butaca, mirar a los ojos a sus protagonistas y percibir gestos y reacciones, y dejarse emocionar en el silencio de su vida cotidiana.

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Son películas que muestran, por otra parte, la realidad más verdadera e interesante, porque miran a la misma persona y a sus más hondas inquietudes, adentrándose entre los pliegues de su alma y en las perplejidades de su comportamiento. En ese mundo interior, las cosas que “pasan” no son simples ni muchas veces pueden explicarse con palabras, porque el misterio de la vida y la persona anda por medio. Ahí se necesita una cámara que escrute los rostros, se mueva por los pasillos de la casa o deambule por las calles de cualquier ciudad para recrear el ambiente del personaje, para mostrar cómo le condicionan esas circunstancias y las personas con las que convive: lo hace unas veces de manera sencilla y rutinaria, otras de forma compleja y profunda en su dolor, y siempre como una realidad muy humana que debería suscitar una empatía casi automática con el espectador por hablar su mismo idioma. Es un cine “realista” en sus historias que también precisa un guión que no sea pretencioso y unas interpretaciones contenidas y naturales, alejado tanto del cine espectacular donde pasan muchas cosas a cuál más increíble, como del otro “cine realista” tan en boga de tono más estético, dramático y un tanto sórdido. De todo lo que el cine nos cuenta, me quedo con “lo que pasa” en “Once” y “La banda nos visita”.

En la imagen: Ronit Elkabetz en “La banda nos visita” - Copyright © 2007 July August Productions, Bleiberg Entertainment y Sophie Dulac Productions. Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos reservados.

Viernes 18 Abril 2008

Esto de la crítica de cine, ya se sabe, tiene su aquél. Más que nada, porque es todo menos científica; o dicho de otro modo, si los científicos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar cuál es la altura exacta del Everest (algo que, aparentemente, escapa a toda opinión y debería consistir en una fría, rigurosa e inapelable medición con algún aséptico aparato), parece más peliagudo intentar elevar a más categoría que la que verdaderamente tiene la opinión que a uno le merece tal o cual película. De hecho, si algo me gusta de este divertido ejercicio es lo que tiene de elemento deslizable, emocionante e intuitivo.

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Esta reflexión previa viene a cuento de un fenómeno que no es nuevo, pero que últimamente, dado el capricho de las fechas de estreno, se ha condensado en unas pocas semanas: la llegada de los remakes de los éxitos orientales de terror (“Llamada perdida”, “The eye (Visiones)”, “Retratos del más allá”…), en lo que supone casi una fotocopia del modelo original, sólo que con actores y lenguaje anglosajones. Algo que casi todos hemos criticado, con la coletilla de considerarlo innecesario, mercantilista, etc., etc. Ahora bien, ante el próximo estreno de la nueva versión de “Funny games”, que su director original Michael Haneke ha rodado en América con el mismo guión, idénticos decorados (reconstruyen al milímetro los originales) pero, eso sí, actores angloparlantes, todos levantamos el meñique y aguardamos expectantes para ver los resultados de este “experimento cinematográfico de traducción semiótica de una creación artística”, o algo así. ¿En qué quedamos? (suerte tiene Haneke de no llamarse Gus y no apellidarse Van Sant, que a éste le fue bastante peor).

En la imagen: Fragmento del cartel norteamericano de “Funny games” - Copyright © 2007 Halcyon Pictures, Tartan Films, Celluloid Dreams, X Filme International, Lucky Red, Belladonna y Kinematograf. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 15 Abril 2008

Uno de los temas recurrentes en todas las discusiones de los cinéfilos cuando nos ponemos estupendos (o friquis, depende de quien lo diga), es el de si Michel Gondry es mejor o peor director desde que no cuenta con la asistencia del ensalzado guionista Charlie Kaufman sustentando sus largometrajes. Pues bien, uno, que de entrada ha de confesar que es un profundo admirador de la poderosísima capacidad visual del francés, sólo puede responder que no. Es cierto que “¡Olvídate de mí!” sigue siendo la cúspide de su filmografía, y que muy posiblemente un proyecto tan arriesgado como éste nunca hubiera llegado a buen puerto sin la asistencia de Kaufman, pero eso no quiere decir ni mucho menos que Gondry tenga que verse condenado a recurrir siempre a él.

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De hecho, la separación, sea por el motivo que sea, entre los dos talentos, ha permitido al director de “Rebobine, por favor” adentrarse en un mundo propio al que me temo es ajeno el guionista. Demasiada gente suele meter en un mismo saco a toda esta generación de cineastas (a los que habría que añadir los Spike Jonze, Wes Anderson y compañía) marcada por una cierta disposición a explorar nuevos caminos, incluso acercándose peligrosamente a la impostura cultureta. Pero es injusto: sólo por retornar al tema de este post, allí donde Kaufman levanta construcciones marcadas por un barniz mucho más intelectual, Gondry deja respirar la intuición, el juego, la celebración, un profundo amor por el cine y sus resortes que lo acerca más al tren eléctrico del que hablaba Orson Welles que a las exploraciones sobre la consistencia de la realidad latentes en los guiones del autor del de “Cómo ser John Malkovich”. Y a Dios pongo por testigo, cual Escarlata, de que este Gondry reconvertido en una especie de Méliès del siglo XXI nos hace mucha falta a todos.

En la imagen: Mia Farrow maquillando a Mos Def en “Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Martes 8 Abril 2008

De vez en cuando se oye decir que a un director no se le ha dejado incluir en su película una secuencia concreta, o que la productora le impuso un determinado enfoque o desenlace para hacerla más comercial, o que Hollywood no permite que el cineasta imprima su propia personalidad al film. También se ha escrito mucho acerca del valor artístico o narrativo de la elipsis, así como de su empleo para eludir cualquiera de las censuras. Sin embargo, pocas veces se ha hecho hincapié en que el espectador también tiene derecho a sentirse libre cuando se acomoda en la butaca, a ser dueño de sus emociones y pensamientos —si así lo desea— y no sentirse manipulado. Tampoco se ha incidido lo suficiente en que la elipsis puede contribuir a esa libertad, como lo hacen la profundidad de campo que deja varias opciones para fijar la mirada (“Ciudadano Kane”, Orson Welles), el plano secuencia que da unidad y verdad a lo mostrado sin recurrir al “truco” del montaje (“La mirada de Ulises”, Theo Angelopoulos), o la misma puesta en escena brechtiana que distancia al espectador de lo que es pura representación (“Dogville”, Lars von Trier).

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Para conseguir esa pretendida libertad, me parece que es importante que el director no nos muestre todo lo que sucede en escena y sepa utilizar la elipsis visual, que deje un espacio donde la imaginación del espectador trabaje y termine su historia/secuencia, donde su entendimiento concluya e interprete como le dé la gana lo narrado… Así habrá un margen de libertad que hace más humano a quien asiste al cine, además de que lo contrario —muchas veces— supone un insulto a su inteligencia. De la misma manera, cuando el director tiene que recurrir gratuitamente a la violencia brutal o al sexo, y se convierte en el único o mejor camino para suscitar sensaciones o criticar la sordidez del mundo, entonces también deja ver su pobre concepto del cine y del individuo. Y eso porque busca atrapar la atención del espectador de la manera más fácil y directa, a través de lo más instintivo y primario, provocando una respuesta puramente animal y superficial. Entonces, esas imágenes no encierran ni arte, ni inteligencia ni libertad, y bien podrían haberse alojado en un lugar llamado “elipsis”.

En la imagen: Escenario de “Dogville” - Copyright © 2003 Zentropa Entertainments, Memfis Film International, Trollhättan Film, Slot Machine, Liberator2 Productions, Isabella Films International, Something Else, Sigma Films, Zoma, Pain Unlimited, Arte France Cinema y France 3 Cinema. Foto por Rolf Konow. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Miércoles 2 Abril 2008

Desde los tiempos de Babel —y no me refiero a la película de Alejandro González Iñárritu—, la lengua se convierte en un obstáculo para el entendimiento entre los hombres. Y eso en el cine se traduce en la polémica entre ver los films en versión original o doblarlos al idioma nacional. El dilema es viejo y ha sido muy debatido. Los partidarios de mantener el idioma de rodaje/producción alegan la pureza del producto y de los matices de dicción (la fonética dice mucho de un pueblo y de la historia contada) y la expresividad de las interpretaciones; se respetaría así la voluntad del equipo técnico-artístico, y el lenguaje enriquecería la ambientación, las motivaciones de los personajes y el trasfondo socio-cultural de la cinta. También apuntan que, al margen del dominio de idiomas del espectador, unos buenos subtítulos acaban por leerse con facilidad, sin tener que perderse otros aspectos de la imagen. Parecidos razonamientos dan quienes defienden la versión doblada, apoyándose en esa misma necesidad de captar cada expresión y gesto que sólo una mirada atenta a la imagen —y no al subtítulo— puede alcanzar. Aunque éstos suelen ser también quienes opinan que el cine debe distraer y que no es conveniente poner al espectador obstáculos que le hagan odioso/trabajoso el haberse sentado en la butaca.

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Así las cosas, esos mismos planteamientos dejan ya entrever las motivaciones de unos y otros: en general, los cinéfilos prefieren la versión original, y el espectador ocasional y que sólo busca descanso y entretenimiento opta por lo doblado. Simplificando, también quedaría establecida la diferenciación entre cine cultural (en sentido amplio) y blockbuster (de consumo), entre quienes quieren películas que recojan los matices y quienes eligen lo convencional. Quizá el dilema planteado quede entonces resuelto, en parte, diciendo que no hay problema en “John Rambo” o “10.000” en versión doblada porque el retrato de personajes y situaciones no son el quid de la cinta, mientras que es un “delito” que no se respete el idioma de películas como “Eleni”, de Theo Angelopoulos, o “No es país para viejos”, de los hermanos Coen, por ejemplo, donde lo cultural y personal es esencial. Para quien esto escribe, ver cine exige hacerlo en versión original y con buenos subtítulos (traducción cuidada y velocidad adecuada), mientras que para entretenerse con un producto de ocasión no importa que sea doblado porque no esconderá muchas capas y se olvidará al poco tiempo. Además, ahora que los políticos han comenzado a preocuparse por los idiomas en la educación, mantener la V.O. siempre sería una ayuda decisiva en esa tarea, y al final todos saldríamos ganando.

En la imagen: Escena de “Eleni” - Copyright © 2004 Theo Angelopoulos Film, Greek Film Centre, Hellenic Broadcasting, Attica Arts Productions, Bac Films, Intermedias y Arte France. Distribuida en España por Tornasol Films, Ensueño Films y Alta Films. Todos los derechos reservados.