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Miércoles 7 Mayo 2008

Con cierto retraso, he podido ver la última cinta de Michel Gondry, “Rebobine, por favor”: una rareza, como no podía ser de otro modo. Pero una rareza simpática y divertida, original e inteligente, propia de un visionario o de un individuo desprejuiciado, y también de un videoclipero nostálgico que ama el cine y juega con la imagen sin reglas ni concierto. Quizá sea esa heterodoxia y ese espíritu burlón lo que le da una frescura que se echa en falta en el cine industrial que estamos acostumbrados a ver. Por eso, bienvenida sea esta rara avis, que nos hace pasar un buen rato y que incluso nos permite alguna que otra reflexión. Como es sabido, los protagonistas de esta comedia gamberra se ven obligados a hacer remakes “asuecados” de las películas grabadas en VHS que han borrado por accidente, hasta acabar implicando a todos los clientes del videoclub en su realización, y alcanzar un éxito comercial superior al de las grandes superficies que ya han incorporado el DVD. Las situaciones esperpénticas y absurdas son continuas en esta parodia indisimulada de la industria de cine y todo lo que la rodea (pirateo incluido), con toda la carga crítica que se quiera.

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Dejando al margen las irregularidades del guión y algunas otras carencias, lo que es indudable es la portentosa imaginación y la originalidad de la idea. El ingenio y lucidez de Gondry bien podría sacar de la crisis a una industria acomodada y estandarizada en su producción, repetitiva y previsible en sus argumentos, olvidada de los sueños que se hacen realidad en la pantalla. Porque una característica de esas peliculitas de aficionados que hacen los protagonistas es su capacidad para implicar al espectador, y encontrar ahí el éxito de taquilla (del cine o del videoclub). De alguna manera, el director sugiere algunas pautas para impulsar la industria: volver a los comienzos del cinematógrafo y recoger ingenuamente la vida como hicieron los hermanos Lumière o la magia ilusionista de Georges Méliès, hacer soñar al espectador con personajes con los que se identifican o que forman parte de su pasado (¡qué buena idea ésa de “personalizar las películas”!), o reinventar un nuevo cine independiente que no se someta al mercado… Viva la creatividad, rompamos reglas y sorprendamos al público haciendo “nuestra película”, no “otra película”, “cambiando el pasado porque nos pertenece” (eso dicen y hacen Jerry, Mike, Alma, y todo el vecindario para homenajear a su ídolo musical). En definitiva, imaginación e ideas propias para un cine nuevo y lleno de vida, cercano al espectador, capaz de crear ficción o realidad: no hay más que rebobinar, como hace el bueno de Gondry.

En la imagen: ”Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Sábado 3 Mayo 2008

Tras la buena impresión que me dejó hace un par de años “Tsotsi”, tenía interés en ver la evolución de su director, el sudafricano Gavin Hood. El reciente estreno de “Expediente Anwar” me ofrecía la ocasión de comprobar qué quedaba tras el éxito, y en qué se veía obligado a ceder ante los imperativos de la industria. Algunas críticas no eran muy entusiastas y resaltaban su falso y pretencioso guión —con triple salto mortal incluido en el desenlace—, y un mensaje excesivamente presente que llegaba a asfixiar la trama. Sin embargo, algunos comentarios de los lectores destacaban positivamente el clímax de tensión y/o amor que cogía la atención y encogía el ánimo del espectador. Por todo eso, me decidí a sacar la entrada y ver por mí mismo esta nueva aproximación a la guerra de civilizaciones que el tercer milenio nos ha traído, con los derechos individuales y la seguridad nacional en colisión, y con el miedo de telón de fondo.

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Para empezar, me encuentro con una trama más complicada y artificiosa, enmarañada en unos momentos y confusa en otros. Una estructura circular con un uso cuestionable del flashback por lo poco trasparente que resulta el conjunto, y por algunos detalles excesivamente subrayados que el director necesita introducir para poner algo de orden en el caos. Es cierto que hay tensión emocional porque el falso culpable siempre saca de quicio a cualquiera y uno siente que le podría ocurrir a él, y también que la crudeza de las torturas no deja a nadie indiferente porque son tan bestiales como explícitas e inadmisibles. Sin embargo, pienso que Gavin no ha dibujado sus personajes como en su anterior película, que no dota a Douglas de un pasado del que huir como había hecho con el joven Tsotsi, y que tampoco es fácil creerse su ingenuidad hasta los interrogatorios y que decida entonces echar por la borda su carrera en la CIA; lo mismo sucede con el ayudante del senador, que por una amiga de años atrás (aunque fuese una antigua novia) parece dispuesto a partirse la cara y actuar, de pronto, tan poco “políticamente”.

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Sin embargo, las dos películas apuestan por la redención desde la violencia, a partir del contacto con la humanidad perdida. Esta nota parece ser una constante del director, que entiende que siempre queda un poso de bondad hasta en el más malvado y desaprensivo de los individuos, y que siempre pueden volver a brotar esos deseos de justicia y amor… En la primera, teníamos un bebé indefenso que despertaba el afecto que no tuvo Tsotsi, y que le obliga a frenar en su huida hacia la deshumanización. Ahora es la imagen de un hombre humillado al que espera una mujer y unos hijos lo que propicia la redención de alguien sin identidad clara ni familia conocida, como si Douglas deseara para sí la vida de su víctima: así, los silencios y gestos ambiguos —bien Jake Gyllenhaal— dejan paso a la acción heroica y decidida de quien ha sentido empatía con su “secuestrado”. Con todo, me planteo si esta práctica del “contraste” al retratar al personaje no será excesivamente manipuladora y fácil, si es necesario bajar a las profundidades de la barbarie —tortura policial o violencia callejera— para resaltar la humanidad de cualquier persona y empujarla a realizar una buena acción. En fin, esta es la opción elegida por Gavin.

En las imágenes: Arriba, ”Tsotsi” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Abajo, ”Expediente Anwar” © 2007 Tripictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Mayo 2008

¿Habrá hecho Sidney Lumet algo inconfesable para merecer semejante castigo? O mejor dicho, ¿se lo habrá hecho a España? O más concretamente, ¿a la distribuidora que le ha tocado en suerte? (por decirlo de algún modo). Porque lo cierto es que lo de “Antes que el Diablo sepa que has muerto” es de traca: al parecer, nada importa que los ecos que nos llegan, desde aquellos lugares donde sí que han tenido la oportunidad de verla, no puedan ser más elogiosos, lo que ha hecho que los cinéfilos alberguemos la razonable esperanza de encontrarnos ante una de esas cintas que justifican y nos compensan por tantas horas desperdiciadas en mal cine. No señor, eso a la distribuidora parece traerle sin cuidado, porque llevamos ya varios anuncios fantasma de estreno (con un cambio de título por medio), incluyendo alguno que se cayó de la cartelera casi el día anterior en que debía llegar.

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Ahora se dan otras fechas, pero francamente ya no me creo nada, y no pienso publicitar ninguna hasta que no vea la película con mis propios ojos en una sesión comercial de un cine real. Pero no contentos con eso, este pasado fin de semana he visto el tráiler que la anuncia… y bien, al respecto sólo puedo decirles una cosa: si ven que comienza y de verdad tienen deseos de disfrutar algún día de la película, tápense los ojos y los oídos (ya, ya, es difícil, pero no duden en recurrir a su partenaire en caso necesario, si es que van acompañados), porque lo que el avance muestra de la trama es simplemente indignante, revelando algunas sorpresas del guión que, francamente, mejor se las hubieran ahorrado. Vale que el cine está en crisis por muchas y variadas razones, pero uno no puede entender cómo gente que arriesga su dinero en este negocio puede hacer las cosas tan rematadamente mal; si a ellos no les importa, ¿qué esperanza nos queda a los demás?

En la imagen: Sidney Lumet (izquierda) junto a Albert Finney durante el rodaje de ”Antes que el Diablo sepa que has muerto” - Copyright © 2007 Funky Buddha Group, Capitol Films, Unity Productions y Linsefilm. Distribuida en España por A.Zeta Cinema. Todos los derechos reservados.

Miércoles 30 Abril 2008

Como a mi compañero Miguel Ángel Delgado, también a mí me ha sorprendido la cantidad de comentarios que ha suscitado la película “Juno”. Y sobre todo el carácter discursivo sobre cuestiones morales que la historia del embarazo adolescente-aborto-adopción ha provocado. Se nota que la película ha llegado al público, y parece que ha afectado a sus ideas porque más de uno se ha “lanzado” a dar su opinión sobre aspectos existenciales y no cinematográficos. Veo que a un lector le parece «neoconservadurismo progre» y «folletín antiabortista», mientras que otro la califica como atrevida por «decir las cosas claras y sin tapujos […], no como en su conservador país», y otro habla de que «tenía que quedarse con el bebé, ya que lo había tenido» ya se ve que hay distintas sensibilidades y percepciones. También hay quien lo tacha de «cuento americano» porque está lleno de improbabilidades… ¿pero no se trataba de un guión construido desde la ficción?

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Sin embargo, este último comentario no deja de tener su interés porque ciertamente estamos ante un producto típicamente americano. Y lo es por dos factores: en primer lugar, como ya decía en mi crítica, por el carácter pragmático de la protagonista a la hora de afrontar los problemas, siempre mirando hacia delante y buscando una solución, sin detenerse en especulaciones teóricas o grandes profundidades morales: aquí y ahora tenemos esto (un embarazo), se nos ofrecen estas posibilidades (aborto, adopción, quedarse con el niño), y elijo ésta que me parece la mejor (en este caso, adopción); en segundo lugar, porque se nota que Jason Reitman apuesta por la libertad como un absoluto, por la libre elección del individuo en sus concretas actuaciones, sin tener en cuenta ningún valor moral objetivo o previo: Juno podía haber hecho una u otra cosa, y para Reitman todo estaría bien, por lo que yo no veo al director como un antiabortista, sino como un liberal a ultranza.

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Idéntica postura adoptó antes en “Gracias por fumar”, alegato contra la manipulación de la verdad y de la vida de los acosados fumadores… por el poder político, periodístico o por otros “grupos de presión”; entonces, el habilidoso y maquiavélico Naylor decía ante la comisión presidida por el senador: «a mi hijo, cuando sea mayor de edad, si quiere fumar, yo le compraré su primera cajetilla [aunque sepa que le matará]». Por eso, ante este cruzado de la libertad, no creo que tenga mucho sentido esa cascada de comentarios morales —aunque están en su derecho, por supuesto, y se agradecen las opiniones— sobre comportamientos de Juno, padre, madre, amiga, amigo, madre adoptiva…, porque el tema de fondo es, simplificando, que ”no hay verdad por encima de mi libertad, y todo es válido aunque mate o me mate”. Eso sí, en lo que todos parecen estar de acuerdo es que “Juno” (también “Gracias por fumar”, en mi opinión) es una película entretenida, divertida, fresca, positiva, bien llevada y mejor interpretada…, algo que podemos festejar y algo que también es propio de ese joven país que está al norte de México y al sur de Canadá.

En las imágenes: Arriba, Ellen Page en “Juno” © 2007 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Abajo, Aaron Eckhart en “Gracias por fumar” © 2006 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Lunes 21 Abril 2008

“Elegy”, la última película de Isabel Coixet, viene a confirmar, al menos para quien firma esto, una regla no escrita que se cumple en más ocasiones de las deseables: hay demasiados creadores con talento cuyas obras naufragan por su excesivo empeño en ocuparse de todos los detalles, incluido el guión, aunque esté claro que éste no sea su fuerte. Le ocurre a la Coixet, directora de indudable talento, pero que salpicaba sus anteriores cintas (“Mi vida sin mí” y “La vida secreta de las palabras”) de trampas argumentales que estropeaban la construcción visual de su autora. Por ello, no debería de extrañar que su última entrega, un encargo construido a partir de un guión ajeno, sea la mejor de sus películas, la demostración de que, sin sus tics y “marcas de la casa”, podemos encontrarnos con una cineasta más que notable.

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Claro que no es la única que, llevada por ese afán de controlarlo todo, es capaz de ir en contra de sus verdaderas capacidades. Es lo que le ocurre a Julio Medem, poseedor de una inmensa capacidad visual y cinematográfica que, sin embargo, no se corresponde con sus guiones, demasiado frágiles y llenos de agujeros, y que son en demasiadas ocasiones más una rémora del resultado final que otra cosa (y si no, ahí está “Caótica Ana” para demostrarlo). Pero es que ni siquiera alguien tan laureado como Pedro Almodóvar se libra de esta maldición, hasta el punto de que uno habría preferido que guiones como los de “La mala educación” viniesen firmados por alguien ajeno a él. Y si hay un caso paradigmático en el exterior (aunque, desde luego, no el único), ahí está M. Night Shyamalan, aunque lo suyo puede llegar a ser incluso peor: valga como muestra su triste tentativa como actor en “La joven del agua”, una película que seguramente podría haber sido una obra maestra… si la misma historia hubiese sido escrita por otro. Desde luego, a Clint Eastwood, que se confiesa incapaz de escribir un guión, nunca le pasará lo mismo.

En la imagen: Isabel Coixet durante el rodaje de “Elegy” - Copyright © 2008 Lakeshore Entertainment. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 18 Abril 2008

Esto de la crítica de cine, ya se sabe, tiene su aquél. Más que nada, porque es todo menos científica; o dicho de otro modo, si los científicos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar cuál es la altura exacta del Everest (algo que, aparentemente, escapa a toda opinión y debería consistir en una fría, rigurosa e inapelable medición con algún aséptico aparato), parece más peliagudo intentar elevar a más categoría que la que verdaderamente tiene la opinión que a uno le merece tal o cual película. De hecho, si algo me gusta de este divertido ejercicio es lo que tiene de elemento deslizable, emocionante e intuitivo.

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Esta reflexión previa viene a cuento de un fenómeno que no es nuevo, pero que últimamente, dado el capricho de las fechas de estreno, se ha condensado en unas pocas semanas: la llegada de los remakes de los éxitos orientales de terror (“Llamada perdida”, “The eye (Visiones)”, “Retratos del más allá”…), en lo que supone casi una fotocopia del modelo original, sólo que con actores y lenguaje anglosajones. Algo que casi todos hemos criticado, con la coletilla de considerarlo innecesario, mercantilista, etc., etc. Ahora bien, ante el próximo estreno de la nueva versión de “Funny games”, que su director original Michael Haneke ha rodado en América con el mismo guión, idénticos decorados (reconstruyen al milímetro los originales) pero, eso sí, actores angloparlantes, todos levantamos el meñique y aguardamos expectantes para ver los resultados de este “experimento cinematográfico de traducción semiótica de una creación artística”, o algo así. ¿En qué quedamos? (suerte tiene Haneke de no llamarse Gus y no apellidarse Van Sant, que a éste le fue bastante peor).

En la imagen: Fragmento del cartel norteamericano de “Funny games” - Copyright © 2007 Halcyon Pictures, Tartan Films, Celluloid Dreams, X Filme International, Lucky Red, Belladonna y Kinematograf. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 15 Abril 2008

Uno de los temas recurrentes en todas las discusiones de los cinéfilos cuando nos ponemos estupendos (o friquis, depende de quien lo diga), es el de si Michel Gondry es mejor o peor director desde que no cuenta con la asistencia del ensalzado guionista Charlie Kaufman sustentando sus largometrajes. Pues bien, uno, que de entrada ha de confesar que es un profundo admirador de la poderosísima capacidad visual del francés, sólo puede responder que no. Es cierto que “¡Olvídate de mí!” sigue siendo la cúspide de su filmografía, y que muy posiblemente un proyecto tan arriesgado como éste nunca hubiera llegado a buen puerto sin la asistencia de Kaufman, pero eso no quiere decir ni mucho menos que Gondry tenga que verse condenado a recurrir siempre a él.

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De hecho, la separación, sea por el motivo que sea, entre los dos talentos, ha permitido al director de “Rebobine, por favor” adentrarse en un mundo propio al que me temo es ajeno el guionista. Demasiada gente suele meter en un mismo saco a toda esta generación de cineastas (a los que habría que añadir los Spike Jonze, Wes Anderson y compañía) marcada por una cierta disposición a explorar nuevos caminos, incluso acercándose peligrosamente a la impostura cultureta. Pero es injusto: sólo por retornar al tema de este post, allí donde Kaufman levanta construcciones marcadas por un barniz mucho más intelectual, Gondry deja respirar la intuición, el juego, la celebración, un profundo amor por el cine y sus resortes que lo acerca más al tren eléctrico del que hablaba Orson Welles que a las exploraciones sobre la consistencia de la realidad latentes en los guiones del autor del de “Cómo ser John Malkovich”. Y a Dios pongo por testigo, cual Escarlata, de que este Gondry reconvertido en una especie de Méliès del siglo XXI nos hace mucha falta a todos.

En la imagen: Mia Farrow maquillando a Mos Def en “Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Lunes 24 Marzo 2008

El reciente fallecimiento de Arthur C. Clarke vuelve a poner sobre el tapete una discusión que viene a ser, más o menos, como la del huevo o la gallina: ¿quién es más verdadero creador de “2001: Una odisea del espacio”, el escritor o Stanley Kubrick, el director? Uno, secretamente, siempre ha pensado que en realidad el cineasta, tan déspota como sólo lo pueden ser los verdaderos genios, llevó el agua del cuento inicial de Clarke a su molino, expandiéndolo mucho más allá de lo que seguramente pensó el visionario inglés que podía llegar. ¿Pruebas de lo que afirmo? Ninguna, claro. Huelga decir que uno no estuvo presente en las sesiones de trabajo entre los dos creadores, y desde luego es algo que no cabría recomendar a nadie: no parece posible salir indemne del choque de trenes de dos personalidades tan complejas, de dos egos tan solemnes y de una pieza.

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Ahora bien, basta echarle un vistazo a las continuaciones de la novela original, ya sin el concurso de Kubrick, y especialmente a la primera, “2010, odisea dos” (igualmente llevada al cine) para darse cuenta de que la mirada de Clarke era más convencional, más ceñida al punto de vista de la ciencia-ficción tradicional (todo eso, claro, suponiendo que Kubrick supiera verdaderamente de qué estaba hablando, algo que, lo confieso, no siempre tengo el convencimiento absoluto de que fuera así, como me sucede por otro lado con el cine de David Lynch). Y además, porque algo así ocurrió con la adaptación del relato “Los superjuguetes duran todo el verano”, de Brian Aldiss, y que sirvió de base para la película “A. I. Inteligencia artificial”, un viejo proyecto de Kubrick que acabaría viendo la luz bajo la batuta de Steven Spielberg. Y que conste que, sinceramente, tampoco es que importe mucho; sólo espero que por fin David Fincher logre sacar adelante la adaptación de “Cita con Rama” para ver una genuina y poderosa obra clarkiana en pantalla… a no ser que Fincher sea efectivamente un Kubrick redivivo, como parece llevar camino de serlo, y vuelva a hurtarle al pobre Arthur su parte de autoría. Comprobarlo será, desde luego, apasionante.

En la imagen: Keir Dullea en “2001: Una odisea del espacio” - Copyright © 1968 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Polaris y Stanley Kubrick Productions. Todos los derechos reservados.

Martes 26 Febrero 2008

Una vez más se repite la historia: los chicos que irrumpieron en el panorama cinematográfico con su mirada desinhibida, desacomplejada y fresca, con una mezcla de dominio, respeto y burla de todos los referentes de la Historia del Cine, han terminado obteniendo el reconocimiento institucional con el que, quizá, nunca soñaron cuando empezaron. Porque la lluvia de Oscars® derramada sobre los hermanos Coen (de hecho, hasta tres veces subieron al escenario para recoger otras tantas estatuillas) por su última y prodigiosa obra, “No es país para viejos”, viene a certificar lo que ya el estilo de la cinta anunciaba: los Coen son, en la actualidad, unos clásicos. Maravillosamente clásicos, es verdad, pero clásicos al fin y al cabo. La vanguardia ya no pasa por ellos.

Y no es extraño que sea por la película que seguramente más abdica de lo que hasta ahora habían sido las líneas maestras de su filmografía. Un título en el que no pretenden revertir el material original (la novela original de Cormac McCarthy), dándole nuevas lecturas o buscando huecos para la desmitificación postmoderna. No, aquí ellos se rinden a lo que las páginas sugieren, y ponen todo su inmenso talento (que no siempre parecen dispuestos a exhibir) para levantar una cinta en la que lo escrito cobra vida de una manera que en muy escasas ocasiones nos había sido concedido ver. En definitiva: negándose a sí mismos, han superado las desvaídas caricaturas que eran sus últimos filmes, y, paradójicamente, han levantado una de sus pocas y verdaderas obras maestras. No muchas veces unos galardones, a la hora de certificar la defunción de un estilo, habían alumbrado algo tan potente. Estos Oscars® están llamados a dejar huella.

En la imagen: De izquierda a derecha, Joel Coen, Javier Bardem, Josh Brolin, Kelly Macdonald y Ethan Coen en el 60º Festival de Cannes © 2007 Buena Vista International. Foto por MJ Kim. Todos los derechos reservados.

Miércoles 20 Febrero 2008

La verdad es que, para no gustarle hacerle promoción de sus películas, últimamente Woody Allen se está quedando a gusto, llegando incluso a extremos que seguro ni remotamente imaginó que alcanzaría. Porque lo cierto es que hacer publicidad de su nueva película, “Vicky Cristina Barcelona“, resaltando que cuenta con una escena lésbica entre Scarlett Johansson y Penélope Cruz, es desde luego recurrir a los argumentos de venta de las cintas más comerciales que se estrenan cada semana en nuestras pantallas. Una cosa está clara: si hace veinte (¿qué digo veinte? Diez, ¡incluso cinco!) años nos lo dicen, no nos lo hubiéramos creído.

Claro que habrá quien, a esto, argumente que seguramente la idea haya partido de la productora, Mediapro, o de otro cerebro pensante que haya decidido mantener vivo el interés por la cinta de aquí a su estreno, presumiblemente en otoño. Según esta visión, Woody Allen estaría preso de quien pone el dinero. Pues vaya; ¿tan necesitado está de hacer películas, hasta llegar al punto de tener que claudicar con lo que durante tanto tiempo rechazó? Una persona que se vanagloria de haber luchado tanto por su independencia, ¿merece la pena que acabe así? La verdad es que no sé cómo lo ven ustedes; pero a mí, según van pasando los meses, la dichosa “Vicky Cristina Barcelona” se me va atragantando cada vez más…

En la imagen: Woody Allen durante el rodaje de “Scoop” © 2006 On Pictures. Todos los derechos reservados.