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Sábado 10 Mayo 2008

Desde siempre, Estados Unidos ha buscado héroes de cine sobre los que construir una historia de superación personal o de expansión de sus ideales democráticos, o también en los que refugiarse en épocas de conflicto y dificultad. Queda lejos la figura de John Wayne, y también —aunque nos hayan visitado recientemente— de Rambo o Rocky. En los últimos años, el cine ha mirado más bien hacia el cómic de los años 60, para convertir las figuras de papel en sombras heroicas en las que confiar o con las que evadirse. Actualmente podemos ver en la cartelera “Iron Man”, película de la que mis compañeros ya han comentando sus logros y carencias. Sin duda, hay entretenimiento y divertimento al ver cómo se construye pieza a pieza un “hombre de hierro”, o en su lucha estelar con otro “Mazinger” de su especie. Sin embargo, si se busca cómo se destruye/construye por dentro Tony Stark, no se encontrará ni rastro de su humanidad: tal es la despersonalización, planitud y asepsia de su director, Jon Favreau.

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Es cierto que estamos ante un cómic de ciencia ficción, alejado de cualquier intento de verosimilitud o de matización, que sólo pretende la épica tecnológica y no tanto la humana, pero ¿no se puede aspirar a algo más de hondura, y a una narrativa más sólida sin perder por ello la fluidez y ritmo conseguidos? No sé si la simplificación que sufre hasta quedarse con los mínimos elementos (armas y mujeres, ambición y orgullo científico, triunfo del bien sobre el mal) queda justificada por la búsqueda de una buena taquilla, si obedece a leyes impuestas por el propio cómic o si más bien responde a una mentalidad hollywoodiense. Pero, aprovechando las historias del cómic y toda la tecnología digital, ¿por qué no dotar de alma a sus héroes?, ¿por qué reducir sus aspiraciones a unas palabras huecas, por mucho que se llamen “libertad, amor, verdad, belleza”? Cierto que no se busca a Shakespeare, Dostoievski o Freud en sus personajes, pero sí cabría un hombre de carne y hueso, que evolucionase hasta convertirse en alguien que quiere redimirse y ayudar al mundo… aunque sea volando con su armadura de hierro.

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Es posible que así el espectador llegase a sintonizar más con él, a sentirle próximo, e incluso necesario. Si no, estos “cyborgs” acabarán siendo títeres utilizados por la necesidad estratégica del momento, convertidos en armas arrojadizas para entretener al público (estupendo propósito, por otra parte aquí conseguido, pero que sabe a poco) o para influir en el curso político (ahora Afganistán sustituye a Vietnam, y mañana… ¿cuál será el escenario?). Puestos a fabricar héroes, siempre podemos pedir a las productoras que vistan a John Wayne con un traje de hierro y sustituyan el revólver por el lanzallamas: el resultado sería altamente atractivo. Al fin y al cabo, parece que el “cine de cómic” va camino de convertirse en el tercer género “genuinamente americano”, después del western y el cine negro (o de gánsteres), y con permiso de Fred Astaire, y ahora que el western —dicen— está muerto, siempre podrían recurrir al “cómic-futurista”.

En las imágenes: Arriba, Robert Downey Jr. y Jon Favreau durante el rodaje de ”Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, John Wayne en “El hombre que mató a Liberty Valance” © 1962 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 3 Mayo 2008

Tras la buena impresión que me dejó hace un par de años “Tsotsi”, tenía interés en ver la evolución de su director, el sudafricano Gavin Hood. El reciente estreno de “Expediente Anwar” me ofrecía la ocasión de comprobar qué quedaba tras el éxito, y en qué se veía obligado a ceder ante los imperativos de la industria. Algunas críticas no eran muy entusiastas y resaltaban su falso y pretencioso guión —con triple salto mortal incluido en el desenlace—, y un mensaje excesivamente presente que llegaba a asfixiar la trama. Sin embargo, algunos comentarios de los lectores destacaban positivamente el clímax de tensión y/o amor que cogía la atención y encogía el ánimo del espectador. Por todo eso, me decidí a sacar la entrada y ver por mí mismo esta nueva aproximación a la guerra de civilizaciones que el tercer milenio nos ha traído, con los derechos individuales y la seguridad nacional en colisión, y con el miedo de telón de fondo.

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Para empezar, me encuentro con una trama más complicada y artificiosa, enmarañada en unos momentos y confusa en otros. Una estructura circular con un uso cuestionable del flashback por lo poco trasparente que resulta el conjunto, y por algunos detalles excesivamente subrayados que el director necesita introducir para poner algo de orden en el caos. Es cierto que hay tensión emocional porque el falso culpable siempre saca de quicio a cualquiera y uno siente que le podría ocurrir a él, y también que la crudeza de las torturas no deja a nadie indiferente porque son tan bestiales como explícitas e inadmisibles. Sin embargo, pienso que Gavin no ha dibujado sus personajes como en su anterior película, que no dota a Douglas de un pasado del que huir como había hecho con el joven Tsotsi, y que tampoco es fácil creerse su ingenuidad hasta los interrogatorios y que decida entonces echar por la borda su carrera en la CIA; lo mismo sucede con el ayudante del senador, que por una amiga de años atrás (aunque fuese una antigua novia) parece dispuesto a partirse la cara y actuar, de pronto, tan poco “políticamente”.

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Sin embargo, las dos películas apuestan por la redención desde la violencia, a partir del contacto con la humanidad perdida. Esta nota parece ser una constante del director, que entiende que siempre queda un poso de bondad hasta en el más malvado y desaprensivo de los individuos, y que siempre pueden volver a brotar esos deseos de justicia y amor… En la primera, teníamos un bebé indefenso que despertaba el afecto que no tuvo Tsotsi, y que le obliga a frenar en su huida hacia la deshumanización. Ahora es la imagen de un hombre humillado al que espera una mujer y unos hijos lo que propicia la redención de alguien sin identidad clara ni familia conocida, como si Douglas deseara para sí la vida de su víctima: así, los silencios y gestos ambiguos —bien Jake Gyllenhaal— dejan paso a la acción heroica y decidida de quien ha sentido empatía con su “secuestrado”. Con todo, me planteo si esta práctica del “contraste” al retratar al personaje no será excesivamente manipuladora y fácil, si es necesario bajar a las profundidades de la barbarie —tortura policial o violencia callejera— para resaltar la humanidad de cualquier persona y empujarla a realizar una buena acción. En fin, esta es la opción elegida por Gavin.

En las imágenes: Arriba, ”Tsotsi” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Abajo, ”Expediente Anwar” © 2007 Tripictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 30 Abril 2008

Como a mi compañero Miguel Ángel Delgado, también a mí me ha sorprendido la cantidad de comentarios que ha suscitado la película “Juno”. Y sobre todo el carácter discursivo sobre cuestiones morales que la historia del embarazo adolescente-aborto-adopción ha provocado. Se nota que la película ha llegado al público, y parece que ha afectado a sus ideas porque más de uno se ha “lanzado” a dar su opinión sobre aspectos existenciales y no cinematográficos. Veo que a un lector le parece «neoconservadurismo progre» y «folletín antiabortista», mientras que otro la califica como atrevida por «decir las cosas claras y sin tapujos […], no como en su conservador país», y otro habla de que «tenía que quedarse con el bebé, ya que lo había tenido» ya se ve que hay distintas sensibilidades y percepciones. También hay quien lo tacha de «cuento americano» porque está lleno de improbabilidades… ¿pero no se trataba de un guión construido desde la ficción?

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Sin embargo, este último comentario no deja de tener su interés porque ciertamente estamos ante un producto típicamente americano. Y lo es por dos factores: en primer lugar, como ya decía en mi crítica, por el carácter pragmático de la protagonista a la hora de afrontar los problemas, siempre mirando hacia delante y buscando una solución, sin detenerse en especulaciones teóricas o grandes profundidades morales: aquí y ahora tenemos esto (un embarazo), se nos ofrecen estas posibilidades (aborto, adopción, quedarse con el niño), y elijo ésta que me parece la mejor (en este caso, adopción); en segundo lugar, porque se nota que Jason Reitman apuesta por la libertad como un absoluto, por la libre elección del individuo en sus concretas actuaciones, sin tener en cuenta ningún valor moral objetivo o previo: Juno podía haber hecho una u otra cosa, y para Reitman todo estaría bien, por lo que yo no veo al director como un antiabortista, sino como un liberal a ultranza.

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Idéntica postura adoptó antes en “Gracias por fumar”, alegato contra la manipulación de la verdad y de la vida de los acosados fumadores… por el poder político, periodístico o por otros “grupos de presión”; entonces, el habilidoso y maquiavélico Naylor decía ante la comisión presidida por el senador: «a mi hijo, cuando sea mayor de edad, si quiere fumar, yo le compraré su primera cajetilla [aunque sepa que le matará]». Por eso, ante este cruzado de la libertad, no creo que tenga mucho sentido esa cascada de comentarios morales —aunque están en su derecho, por supuesto, y se agradecen las opiniones— sobre comportamientos de Juno, padre, madre, amiga, amigo, madre adoptiva…, porque el tema de fondo es, simplificando, que ”no hay verdad por encima de mi libertad, y todo es válido aunque mate o me mate”. Eso sí, en lo que todos parecen estar de acuerdo es que “Juno” (también “Gracias por fumar”, en mi opinión) es una película entretenida, divertida, fresca, positiva, bien llevada y mejor interpretada…, algo que podemos festejar y algo que también es propio de ese joven país que está al norte de México y al sur de Canadá.

En las imágenes: Arriba, Ellen Page en “Juno” © 2007 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Abajo, Aaron Eckhart en “Gracias por fumar” © 2006 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Lunes 14 Abril 2008

Los norteamericanos han mostrado repetidamente su particular visión de la guerra de Irak, sobre todo con una mirada crítica hacia los responsables del conflicto, políticos o militares. Pero siempre lo han hecho desde su óptica y mentalidad, por lo que resulta muy interesante acercarse a la propuesta de un director iraquí como Mohamed Al-Daradji en “Ahlaam (Sueños)”, para recorrer las calles de Badgad en los años previos a la caída de Saddam Hussein. Se sirve de una historia real, acompañando a tres personajes que coincidieron en un psiquiátrico: una mujer que enloqueció cuando el día de su boda las milicias “secuestraron” a su futuro marido; un soldado que perdió el oído y también el juicio cuando atravesó la frontera con su amigo herido y fue declarado desertor; y un médico que se graduó entre los temores a ser denunciado porque su padre había sido comunista. Es el clima de intolerancia y miedo generado a partir de una guerra, que radicaliza posturas hasta el fanatismo y el terror, y cuyas principales víctimas acaban siendo los civiles más indefensos, las mujeres, los niños y… los locos.

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En algo más de hora y media vemos cómo una sociedad pacífica y llena de ilusiones, se trasforma en un microcosmos de locura —el manicomio actúa de metáfora perfecta, aunque también real y de escasos recursos— para terminar de manera trágica con un ataque postrero estadounidense que derrocaría al dictador. Las bombas caen y el caos se adueña de la ciudad: el pillaje y los desmanes se suceden, los pacientes del psiquiátrico salen del hospital y recorren las calles desiertas hasta perderse —si no lo estaban ya en su enajenación— entre la histeria colectiva, porque la locura está en ellos y también en esos milicianos que apuntan y disparan a todo lo que se mueve en una ciudad convertida en campo de exterminio. El panorama es desolador, y la cámara de Al-Daradji reparte sus minutos entre las tres historias que se entrecruzan en su trágico destino, y recoge con un estilo hiperrealista —como conviene para mostrar la crudeza y verdad de cualquier conflicto bélico— esa pérdida del juicio y de sensatez.

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La desesperación de la novia “viuda” recuerda en algunos planos a aquel niño entre las ruinas de los edificios berlineses que recogiera Roberto Rossellini en “Alemania, año cero”, en otra mirada hacia la deshumanización a que conduce cualquier guerra. La obsesión y enajenación del soldado dejan ver la bondad de cualquier ser humano, incluso de aquellos limitados en sus facultades. Y la solidaridad del médico alertan sobre lo peligroso de hacer juicios globales sobre un pueblo, cuando también hay algunos hombres buenos en medio de la barbarie. Una cruda pero necesaria metáfora sobre la guerra, vista desde el bando de quienes soñaban en un mundo de felicidad y paz, que vieron cómo su país se convertía en un infierno y que no tuvieron otra escapatoria que evadirse a otro mundo de sueños en su mente perturbada, para no ver la tragedia de otros locos que se dedicaban a matar.

En las imágenes: Fotogramas de “Ahlaam (Sueños)” - Copyright © 2005 Human Film e Iraq Al-Rafidain. Distribuida en España por Sagrera TV. Todos los derechos reservados.

Martes 25 Marzo 2008

Acaba de estrenarse recientemente “Horton”, película de animación destinada a un público eminentemente infantil. Es la enésima llamada a creer en lo que no se ve, a la confianza en el poder de la imaginación, al respeto de los aparentemente menos útiles, al apoyo de los marginados o de los más necesitados. Mensajes y valores formativos para un público que da sus primeros pasos, que debe ser educado en lo políticamente correcto y en lo solidariamente aceptado, en los buenos sentimientos y en las mejores intenciones. Estupendo y magnífico: los niños se merecen eso y mucho más, puesto que están en edad de crecer y hay que darles buenos alimentos. Pero, ¿qué pasa después? Está claro que no siempre han de tomar leche y papilla, y que prepararles para la vida exige darles alimentos sólidos y nutritivos…, no cerrarles los ojos ante la realidad que se encontrarán, pero ¿por qué el cine para adolescentes se convierte de pronto en un terreno abonado de superficialidad, con una comedia frívola y un cine de alienígenas terroríficos? ¿por qué ese cambio brusco conlleva un vaciamiento de “humanidad” en esas propuestas? Y en un segundo momento, ¿cómo puede derivar hacia la sordidez y los “contra-valores” como pautas más frecuentadas por un cine “adulto”, que rechaza cualquier atisbo de sentimiento y optimismo, que ve con menosprecio cualquier planteamiento moral en sus personajes? ¿Cuándo se desquicia el cine, y por qué esta esquizofrenia?

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Ciertamente el planteamiento de “Horton” es sencillo y esquemático, dulce e ingenuo, pero sus ideas de respeto a la vida, de crítica a una “clase política”, de rechazo al materialismo y al enfoque pragmático… bien podrían presentarse metafórica y artísticamente para un público maduro… (de hecho, algunas películas de animación admiten una segunda y enjundiosa lectura… y ya es hora de que dejen de ser consideradas “para niños”). Pero volviendo al quid de la cuestión, parece claro que en algún momento la industria decide abandonar su función “educativa”, para asumir únicamente la de “negocio” y dar al espectador lo que éste pide: sensaciones fuertes en forma de violencia o sexo, alguna experiencia “extrasensorial” que le conecte con el más allá, o una ventana por la que veamos lo mal que está un mundo corrupto que funciona entre deslealtades y ambiciones maquiavélicas. Desde luego, así no arreglaremos esta sociedad que algunos tachan de podrida y que dejan en manos de una canguro cizañera y escéptica. Definitivamente, el cine necesita más individuos como Horton, más familias increíbles que se muevan en un mundo de fantasía como el de Villaquién, y a la vez en otro tan real y verdadero como el nuestro.

En la imagen: Fotograma de “Horton” - Copyright © 2008 20th Century Fox y Blue Sky Studios. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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Viernes 11 Enero 2008

Aunque sea un tema recurrente en el cine por el filón dramático que supone, no deja de resultar curioso en estos últimos años la insistencia en llevar a la pantalla el tema del padre ausente. Esta semana hemos tenido dos nuevas muestras de este interés, y no descartamos que, también en esto, el cine sea reflejo de una sociedad desestructurada, necesitada de referencias en su desorientación. Nos referimos a “Tehilim” del francés Raphaël Nadjari, y a “This is England” del británico Shane Meadows, la primera ambientada en Tel-Aviv y la segunda en Nottingham. Este botón de muestra variopinta, sin necesidad de abundar en otras cintas recientes, sirve para reflejar lo universal de esta preocupación y la manera en que el celuloide se acerca a la necesidad del individuo por saber quién es, de quién procede, así como de sentirse rodeado del afecto y protección lógicos. En “Tehilim” no se sabe si es la muerte, el secuestro o la huida de un padre normal de una familia cualquiera lo que desencadena la crisis familiar, y saca a relucir la disparidad de mentalidades en la comunidad judía contemporánea. En “This is England” es la guerra y quizá también el abandono del hogar por infidelidad —en el caso del skin Combo— el origen de un trauma no digerido que empuja a los protagonistas a la violencia y demás reacciones deshumanizadoras. En cualquier caso, Menachem, Shaun o Combo parecen lanzados al mundo de manera un tanto indefensa, con mejor o peor resultado, y desde luego con mucho sufrimiento en su camino a la madurez.

En el otro extremo está el amor posesivo o la hiperprotección de la madre, también abordado por el cine reciente de manera prolija. Ejemplo singular es la última ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián, “Mi hijo”, del francés Martial Fougeron. Aquí, los excesos afectivos de una madre interpretada por Nathalie Baye llegan hasta la asfixia y la violencia física, y en esta cinta también estamos ante una familia aparentemente normal. Miedo de la madre a perder a un hijo que crece y se enamora por primera vez, de un padre ausente —en esto coincide con los ejemplos anteriores, aunque aquí no se haya ido de casa— que no se atreve a acometer un problema por el temor a contrariar a su mujer y que se refugia en el trabajo, de un niño que siente pánico ante una madre autoritaria y de reacciones imprevisibles. Y siempre, falta de confianza y generosidad, de libertad respetuosa…. y de nuevo el cine que radiografía a una sociedad que se olvida de cuidar la familia, de considerar lo que cada uno aporta y de lo que se necesita en la convivencia. Un difícil equilibrio y unas lacras que acierta a detectar, aunque no siempre llegue a diagnosticar las causas de estos males, ni mucho menos se atreva —tampoco se lo pedimos, que no es su función— a sugerir algunas salidas a tan preocupante situación. Y cuando lo hace es de manera dulzona y nada realista, como en la también reciente “August Rush” de Kirsten Sheridan —meritoria y agradable, pero fantástica e inverosímil—, por otra parte la única de las mencionadas que sería propiamente típica de las recientes fechas navideñas en que se estrenó.

En la imagen: Nathalie Baye y Victor Sevaux en “Mi hijo” - Copyright © 2006 Moby Dick Films, Why Not Productions y France 2 Cinéma. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.

Miércoles 9 Enero 2008

Hace días pude leer un libro recién publicado que me atrajo inicialmente por su título —“Como en un espejo”, como el film de Bergman— y por su cuidada portada con una foto de Natalie Portman en “Closer”. Su autor, Juan Orellana, concreta el contenido en un subtítulo más clarificador: “Drama humano y sentido religioso en el cine contemporáneo”. De sus tres capítulos, el primero sobre las claves antropológicas del cine del tercer milenio me ha parecido extraordinario. Con un lenguaje claro y lleno de matices interesantes, sin repeticiones cansinas y con una hilazón discursiva muy coherente, relaciona más de un centenar de títulos —hasta llegar a los 250 en el resto del libro— que reflejan el deseo de felicidad y el desencanto del hombre contemporáneo, su soledad y miedo al dolor o a la muerte, la búsqueda del padre o el hundimiento del sueño americano, así como el fracaso sentimental o la necesidad de acudir a sucedáneos que llenen el vacío existencial. Algo más de cien páginas que se leen de un tirón, que resultan muy interesantes al abrir nuevas perspectivas a películas vistas en estos años, y por tanto muy recomendable para el amante del cine.

El segundo y tercer capítulo tratan de la cuestión religiosa y el cine, en un intento de dar respuesta a las inquietudes antes expuestas, que el autor afronta ahora desde su óptica cristiana. En primer término, traza un pormenorizado repaso a películas que abordan el hecho cristiano en su vertiente histórica, conectando cada film con el tiempo y gusto de la época en que fue realizado. Y por último, elabora un sugerente análisis de la actitud de la Iglesia Católica ante el fenómeno cinematográfico, estudiando desde la censura o la necesidad que se percibía de valorar moralmente las películas con calificaciones reductoras, hasta su superación al percibir la conveniencia de adentrarse en las cuestiones humanas que las imágenes reflejan, con reflexiones que enriquezcan al lector y le ayuden a plantearse preguntas esenciales de la vida. Evidentemente, su particular y específica orientación convierten estos dos capítulos en más interesantes para un determinado lector, pero los temas son tratados con la misma honestidad que respira el primero —sin duda el mejor del libro—, y con una apertura de mente y espíritu reflexivo que se agradece.

En la imagen: Portada del libro “Como en un espejo” y foto de su autor, Juan Orellana © 2007 Editorial Encuentro. Todos los derechos reservados.

Estos días he podido volver a ver “Ratatouille”, aprovechando su edición en DVD. Y de nuevo he vuelto a disfrutar y a sorprenderme con esta obra maestra de Pixar, que consigue incluso que unos ratones en la cocina no resulten repugnantes sino simpáticos y hasta entrañables. Desde la animación de los personajes y de los rincones parisinos hasta un guión salpicado de eficaces giros narrativos o una música siempre acompasada con la historia, todo en esta cinta se convierte en una precisa y admirable obra de relojería.

Entre los personajes, quizá el crítico gastronómico Ego resulte el más caricaturesco y también el retratado con mayor mordacidad y cinismo: larguirucho y estirado, vestido de oscuro y con marcadas ojeras, distante y displicente en sus sentencias y aseveraciones, encerrado en su despacho-ataúd y en su soledad… todo parece, en realidad, un dardo envenenado lanzado por la productora contra la crítica cinematográfica. Pero Pixar quiere tener buenas relaciones con el sector, y decide darle una oportunidad: busca algunos momentos de luz en su pasado, atraviesa el pozo negro del engreimiento y la prepotencia, y llega a la infancia e inocencia de un Ego que muestra su verdadera cara, la de una persona normal y sin absurdas distancias respecto al pueblo llano. Tras un plato nada sofisticado pero bien preparado, nuestro crítico recupera la sencillez, la sonrisa y el gusto por lo natural y positivo, pierde los aires de solemnidad en los que se había instalado. Por eso, al final —en la película y en la realidad— parece que Pixar y la crítica se van a llevar bien, y que incluso pueden llegar a emprender algo juntos, de calidad y a la vez popular. Y a nosotros sólo nos queda aprender la lección de Pixar y de Ego.

En la imagen: Ego en “Ratatouille” - Copyright © 2007 Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios. Distribuida en España por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

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Martes 8 Enero 2008

No sé yo si los que marcan las tendencias estilosas para cada temporada lo tenían previsto, pero en el finiquitado 2007 los setenta volvieron a estar de moda, al menos en lo cinematográfico. Sobre todo un tipo de cine, el policíaco, uno de los que mejor reflejó las tensiones y los convulsos cambios sociales de un país, Estados Unidos, atrapado en una década realmente trepidante, la que va de 1965 a 1975, y en la que los sucesos históricos se renovaban cada semana. Unos cambios que tuvieron como telón de fondo la primera guerra mediática, Vietnam, y en la que el auge y caída del hippismo se repartía los titulares con la lucha por la integración racial, el pacifismo, la expansión de la droga, la corrupción policial en las grandes urbes…

Y dos títulos centran ese revival, que en otros casos se queda sólo en los temas (contestación política) o los guiños a la producción más nostálgicamente cutre de aquella época (cortesía de los señores Tarantino y Rodriguez); dos títulos en los que la mímesis llega, incluso, a las formas, a la estética. Uno, “Zodiac”, de David Fincher; el otro, recién estrenado, “American gangster”, de Ridley Scott. Puro cine de los setenta clonado que, en su cuestionamiento de las estrictas líneas morales, podrían perfectamente haber sido realizados en aquellos años en que todo estaba en cuestión y las certezas escaseaban. Quizá por ello resulte tan curioso que, en realidad, sean obras de hoy mismo, con total vigencia, y con una mayor apariencia de vida que otras cintas supuestamente más vanguardistas. Y lo cierto es que eso da que pensar, ¡vaya que sí!

En la imagen: Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo en “Zodiac” - Copyright © 2007 Paramount Pictures, Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Miércoles 12 Diciembre 2007

Desde este blog quiero promover la candidatura al Nobel de la Paz para Alastair Fothergill y Mark Linfield por su película “Tierra”, atendiendo a la labor de sensibilización y toma de conciencia sobre el cuidado de nuestro planeta. Cierto que los Premios Nobel no son los Oscar®, pero con el precedente de Al Gore y su “Una verdad incómoda”… todo es posible. La pena es que el documental de Fothergill-Linfield no tenga el mismo respaldo mediático que su precedente, porque si atendiésemos a su calidad cinematográfica y a su contribución a la causa ecológica en un potencial espectador, la concesión del premio sería algo seguro. Este documental trata en el fondo sobre el calentamiento global y sus repercusiones en el “planeta afortunado”, sobre el equilibrio de un ecosistema que debe pasar a las siguientes generaciones… Es el mismo discurso que Al Gore viene desarrollando desde hace tiempo, pero sin el tono didáctico-político y tremendista-alarmista de aquél.

También aquí se nos advierte sobre los peligros de la explotación irresponsable del medio ambiente y de la desaparición de algunas especies animales, pero se hace no desde la demagogia y el espectáculo “made in America”, sino mostrando la belleza del bosque de la taiga o las cascadas producidas tras el deshielo, lo mismo que la lucha por la supervivencia del tiburón blanco o del elefante con su cría en busca de agua. El espectador contempla una emigración de 6.500 kilómetros de la ballena jorobada hasta las aguas de la Antártida en busca de plancton, la caza de un ciervo por una leona o los intentos del oso por matar a una morsa que le hace frente. No es un “documental de la 2”, sino un trabajo creativo de indudable valor artístico, con bellas imágenes magníficamente fotografiadas y una música muy bien escogida para cada secuencia: un hermoso espectáculo natural que permite conocer y disfrutar de realidades nunca vistas ni imaginadas. Sin duda, después de contemplar esta meritoria y trabajada película, el espectador amará —y cuidará— más su Tierra, y no se extrañaría si sus responsables obtuvieran el Oscar® y el Nobel, porque tampoco esos reconocimientos son incompatibles. Tengamos esperanza, que todo puede ocurrir.

En la imagen: Una escena de “Tierra” - Copyright © 2007 BBC Worldwide y Greenlight Media. Distribuida en España por Wanda Vision. Todos los derechos reservados.