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Miércoles 19 Diciembre 2007
Escrito por Julio Rodríguez Chico el 19.12.07 a las 22:10
Archivado en: Ética

Hace tan sólo unos meses se estrenaba en la cartelera “La gran estafa (The hoax)” (Lasse Hallström), película tan cínica, inteligente y mentirosa como su protagonista, el escritor Clifford Irving aquí interpretado por Richard Gere. En una huida hacia adelante y en complicidad con su colega Dick (Alfred Molina), nuestro escritor de medio pelo no dudaba en engañar a su editor, al grafólogo y a expertos de toda índole, como antes lo había hecho a su mujer. La impostura de disponer de la exclusiva biográfica del extravagante y enigmático Howard Hughes prometía ser el libro del siglo, pero la bola de nieve se iba haciendo más y más grande, hasta alcanzar al mismo Nixon y terminar sepultando al propio tunante. La óptica no es nueva en el cine ni en la vida: Orson Welles ya hablaba del valor intrínseco de la copia, tan perfecta y meritoria como el original; y la misma sabiduría popular recoge el dicho de que “antes se coge a un mentiroso…”.

El caso es que, curiosamente, la cinta de Hallström comenzaba con un gran título de crédito avisando acerca de la historicidad de lo que se iba a contar. ¿Podíamos creerlo? ¿No sería todo un montaje, como la biografía escrita por Irving? Porque si algo tiene claro el espectador de cine es que la imagen sobre la pantalla es eso… luces y sombras de irrealidad, imágenes colocadas unas al lado de otras para generar sensaciones y trasmitir ideas al gusto del director (y demás amigos de producción). ¿Hay algo más “falso” que una película de cine, sea de ficción o documental? De hecho, a medida que avanzaba “La gran estafa (The hoax)”, nos dábamos cuenta del arte interpretativo de Irving —mejor actor incluso que Gere, podríamos decir— en su intento por convencer-engañar a quien se ponía por delante. Se asimilaba, por tanto, el paralelismo entre “la gran estafa” de Irving y “la gran mentira” del cine, con su enorme poder de seducción y de configuración de una “nueva ética” social e individual. Ciertamente sabíamos que “nos habían contado una película…”, pero también resultaba evidente que, a la larga, nadie era inmune al escepticismo que la historia respiraba, a su moral del éxito a toda costa, a su poso de desconfianza y mentira sin límite. Por eso, se impone la distancia y el sentido crítico ante todo lo que el cine nos muestra como verdadero… porque de intereses está el mundo lleno.

En la imagen: Richard Gere negociando en “La gran estafa (The hoax)” - Copyright © 2007 Miramax. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.

Jueves 15 Noviembre 2007

Hace unos días leí unas declaraciones de Brian De Palma, a raíz de su “Redacted”, en las que defendía la necesidad de mostrar las verdaderas imágenes de la guerra de Irak, y no las que nos hacen llegar los medios de comunicación de manera manipulada e interesada. Apoyado en esa vocación testimonial y de denuncia, De Palma construye su cinta a partir de las grabaciones que hicieron con sus móviles los propios soldados estadounidenses, y que después colgaron en Internet. Al director le interesa explorar ese infierno que debían de haber vivido quienes saciaban su hambre de venganza, por ejemplo, con la violación de una adolescente a la que después pegaban un tiro en la cara y quemaban su cuerpo (incidente que le movió a rodar la película y que incluye en el metraje). Dice que esa “sed de sangre” sólo podía responder a otras terribles imágenes reales de crueldad y humillación injustificables, y que el mundo tenía derecho a conocer la verdad. Loable intención para un cineasta que aspira a mejorar el mundo a través del poder de la imagen, usada rectamente al servicio de la sociedad y el individuo. Aunque quizá haya que cuestionarse si es la manera más adecuada de hacerlo, si mostrar explícita y crudamente la violencia no suscita nuevos odios en el espectador atónito, si no levanta pasiones incontroladas que acabarán generando nuevas salvajadas de horror (me parece claro que sucesos y morbosidades a los que se da aire en prensa o televisión no hacen sino suscitar nuevas situaciones límite e individuos descontrolados).

Sirva el ejemplo comentado sólo de pretexto —no entro a valorar la película— para reflexionar acerca de la ética de la imagen. Todos sabemos que mostrar abiertamente y “sin tapujos” algo repulsivo o “fuerte”, un suceso sangriento o muy violento, una escena cruda del tipo que sea —de guerra, de violencia doméstica, de sexo—, suscita primaria y más fácilmente una reacción en quien la ve, una sensación “de estar vivo”. También es evidente que resulta más plano, simple y burdo ver cómo a un individuo se le salen los intestinos o le brota un chorro de sangre de la yugular tras una pelea… que servirse del fuera de campo, de la elipsis, de la sugerencia sutil para dejar constancia de la misma barbaridad (sobre esto volveré en otra ocasión). Pero pienso que sólo quien es capaz de provocar al espectador y empujarle a que se plantee preguntas, de generar rechazo desde la sensibilidad y la inteligencia —no desde las vísceras y los instintos animales—, se merece el calificativo de “cineasta”. Por eso, porque en la imagen hay que cuidar forma y contenido, porque hay que reparar en el objeto que se enseña y también en el sujeto que la recibirá, es exigible una prudencia en lo que se muestra, una responsabilidad que va más allá de la mera denuncia de tropelías: no basta con la buena voluntad de despertar conciencias adormecidas o criticar la manipulación mediática; es preciso que el propio director se cargue de una ética personal que se traduzca en una ética de la imagen.

En la imagen: Fotograma de “Redacted” - Copyright © 2007 HDNet y The Film Farm. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 7 Noviembre 2007

Después del atracón de la Seminci, he podido ver “Adiós pequeña adiós (Gone baby gone) y “Cassandra’s Dream, dos películas con más de un elemento en común. Me sorprendió la dirigida por Ben Affleck, negativamente en su primera mitad pues parecía discurrir de manera descriptiva, lineal y plana al narrar los hechos, como si de una crónica de lamentables sucesos se tratara. Pero también muy favorablemente cuando se decide a entrar en las conciencias de sus protagonistas, matizar las circunstancias y móviles de cada uno de ellos, y plantear al espectador dilemas morales de difícil resolución. ¿Hay que dejar a una niña con su madre sabiendo que va a estar desatendida, en un ambiente de droga y pederastia? ¿Es lícito cualquier “arreglo”, incluso el asesinato, si con ello se salva una vida inocente? Patrick, el protagonista, se lo plantea y prevalecen en él sus convicciones morales. Igualmente su novia y los dos policías parecen tenerlo claro, pero toman una decisión desde un punto de vista más circunstancial. Es el eterno debate entre conciencia y corazón, entre deber y sentimiento.

También Woody Allen escudriña en la conciencia de esa pareja de hermanos de “Cassandra’s Dream”. Y, de nuevo, parte de actitudes opuestas ante un mismo dilema: un crimen en el que se ven enredados y que les despertará de sus sueños hasta hacer que dejen de ser ellos mismos: así, la amistad fraternal que les une queda amenazada de muerte desde el momento en que han osado atravesar la línea moral. Es precisamente el sueño lo que pierde un magnífico Colin Farrell, deprimido en su conciencia de culpa cual personaje de Dostoievski, continuamente mirando al pasado y con la necesidad de restablecer el orden alterado. Casi lo contrario que le sucede a Ewan McGregor, frívolo y más superficial, que fuerza la conciencia y el lenguaje hasta adornar el asesinato con razonadas justificaciones, siempre huyendo de sí mismo y mirando al futuro de estrellas (de Hollywood). Son personajes enteros, con alma y cuerpo, que viven la encrucijada en la que se han enredado, muy distintos a los que daban vida en la primera media hora de película, cuando estaban a merced de un guión que les llevaba y traía en busca de un simple enredo detectivesco.

En ambas películas, el retrato psicológico de los personajes les hace más humanos, más creíbles, más cercanos al espectador, y eso aunque la trama sea tan extraordinaria como peliculera. Sus directores han mirado a la conciencia de sus personajes y han cuestionado los móviles de unos y otros, con profundidad y sin moralizar, hasta plantear asuntos importantes: actuar siendo uno mismo o renunciar a los propios principios, hacerlo por el deber o según intereses egoístas, por razones de peso y profundas o movidos por la ternura y compasión… Y para ganar en fuerza dramática, nada mejor que una situación límite, un asesinato o dos, una inocente niña de la que todos se aprovechan… Al menos en estas dos películas, la historia gana en credibilidad cuando los personajes se convierten en personas, y con ella todos ganamos en conciencia y humanidad. Al menos para mí, estas son las películas que merecen más la pena, las que aportan mayor riqueza y algo más que entretenimiento y distracción.

En las imágenes: Morgan Freeman, Casey Affleck y Michelle Monaghan en “Adiós pequeña adiós (Gone baby gone)” © 2007 Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados. Tom Wilkinson, Ewan McGregor y Colin Farrell en “Cassandra’s Dream” © 2007 On Pictures Spain. Todos los derechos reservados.