Por si alguien todavía no lo sabía, estamos en plena Eurocopa de fútbol. Las respectivas selecciones disputan sus encuentros y las aficiones hacen rugir sus gargantas. Todos aspiran a marcar más goles que el rival y a mejorar una imagen que, a la larga, les reporte beneficios económicos. Porque, en el fútbol como en el cine, la imagen y los ingresos son parte fundamental para mantenerse vivos. Y sin embargo, más allá de esta semejanza, el matrimonio cine-fútbol nunca se ha llevado muy bien, y el campo de juego apenas ha sido un territorio explorado con éxito por la cámara. Al margen de la mítica “Evasión o victoria” de John Huston, el cine estrenado en estos últimos años nos ha dejado una película como “Quiero ser como Beckham”, que se servía del balompié como excusa para trenzar una historia de amor y tolerancia, mientras que “Offside (Fuera de juego)” lo era para reflejar la discriminación de la mujer en el fundamentalismo islámico, o “La gran final” para recoger un mundo globalizado por la televisión y la pasión futbolística. Recientemente, el Festival de Cannes ha acogido un documental de Emir Kusturica sobre “Maradona”, figura que ya había sido mitificada en “El camino de San Diego”.

Hay más películas que se han acercado al fútbol intentando aprovecharse de su popularidad para “hacer el agosto”. Sin embargo, rara vez lo han conseguido y cuando se ha producido cierta química, ésta provenía más de las historias personales de sus protagonistas que del favor del balón. ¿Por qué este rechazo sistemático? Para empezar, resulta evidente la dificultad para conseguir la naturalidad necesaria a partir de unos actores que no son futbolistas y que deben lidiar con el esférico; además, su carácter colectivo exigiría una cinta coral, y si el director consiguiera formar un bloque compacto y equilibrado, seguro que más de un equipo de fútbol lo ficharía a continuación, y hasta él ganaría más dinero que en el cine. También cabe la posibilidad de incorporar futbolistas al reparto (más de una vez se ha hecho: Ardiles, Pelé, Cantoná…), pero entonces lo que sufriría no sería la puesta en escena sino la propia historia, expuesta a perder el dramatismo que la interpretación aporta; por otra parte, estamos ante un deporte que, en principio, carece del valor metafórico de pelea y superación personal del que goza el boxeo —que sí tiene un amplio repertorio de buenas películas—, o al menos queda diluido entre su larga plantilla.

Otra dificultad que vemos para que el balón se convierta en estrella de cine es la del propio rodaje, donde el realizador fácilmente puede quedarse en el reportaje televisivo que recoge interesantes jugadas de algunos partidos o se homenajea a algunos de sus ídolos, como sucede en “Zidane, un retrato del siglo XXI”. También, en ocasiones, el fútbol se reduce a un elemento accesorio y decorativo para una trama que se desvía hacia lo que sucede a su alrededor, como sucedía en “Galatasaray-Dépor”, “Días de fútbol” o “El penalti más largo del mundo”. En definitiva, parece que quien quiera ver cómo veintidós protagonistas juegan con un balón siempre puede encender el televisor durante la Eurocopa, mientras que quien prefiera el buen cine siempre puede refugiarse en la sala oscura y dejar a los futboleros con su pasión. A cada uno lo suyo, o cada cosa a su tiempo, porque tampoco hay que generar un dilema.
En las imágenes: Arriba, “Quiero ser como Beckham” © 2002 Alta Films. Todos los derechos reservados. Abajo, “Offside (Fuera de juego)” © 2006 Golem. Todos los derechos reservados.
Sin duda, Miguel Ángel. A ver si algún día la selección de fútbol de Estados Unidos se hace competitiva y gana un Mundial, y tenemos alguna buena película. El tiempo puede darte la razón…
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Creo que, al final, todo se reduce a que el cine como espectáculo (nos guste o no) es norteamericano, porque ¡vaya si allí han hecho películas de béisbol o fútbol americano! Si nuestro fútbol hubiese nacido allí, ¡vaya si habría películas sobre el tema!
Un saludo!