Cómo decir a dos niñas que no volverán a ver a su madre porque ha muerto en la guerra. Esta es la situación que se le presenta a Stanley, un militar frustrado por problemas de miopía que ve cómo su mujer se ha ido en una misión a Irak mientras él se quedaba al cuidado de la casa y de sus dos hijas, Heidi y Dawn. Con el ánimo debilitado por la humillación de su incapacidad, al poco tiempo de la partida de su esposa recibe la noticia de su trágica muerte y, no sabiendo cómo decírselo a sus hijas, decide darse tiempo a sí mismo y a ellas haciendo un viaje a un parque temático. Es la pequeña historia de “La vida sin Grace”, debut de James C. Strouse como director, en una película bien recibida en los festivales de Deauville y Sundance —premio del público y al mejor guión—, y que estuvo nominada a los Globos de Oro en la categoría de banda sonora y mejor canción.

De nuevo la guerra de Irak y el sentido patriótico como telón de fondo, en una especie de pulso político que se ha generado en el cine norteamericano en torno al conflicto. Pero aquí no se recoge el clima de violencia o de denuncia, ni tampoco se recurre a la textura hiperrealista de anteriores propuestas. Se trata más bien de la aproximación a un hombre que debe aprender a vivir sin la madre de sus hijas, que descubre la distancia que le separaba de las pequeñas y la necesidad de suavizar los modos en la convivencia, y que entiende que el valor también se puede demostrar lejos del campo de batalla. Es, en el fondo, una “road movie” de quien se sentía un fracasado profesional y que debe descubrir la relativa importancia que encierran las contingencias de cada día frente al poder del cariño familiar.
Dea ahí que lo fundamental sea la transformación interior que debe experimentar Stanley —y John Cusack con él—, su apertura a la nueva vida que le espera, y que resulte más esencial su descubrimiento de unas hijas despertando a la vida real que el hecho de que éstas sepan lo ocurrido. Y ciertamente Cusack cumple en su papel aunque sin deslumbrar, porque comienza con un repertorio de gestos y actitudes de bobalicón en estado de shock, con algún deje de sobreactuación y patetismo inverosímil, para ir ganando poco a poco en interiorización y lograr trasmitir algunos momentos conmovedores junto a las jóvenes intérpretes. Son sentimientos un tanto superficiales y que hacen que la película sea un poco blandita, con el drama suavizado por unas niñas que propician escenas entrañables y muy familiares, en una parada en la misma carretera o dentro de una casita de juegos infantiles, por ejemplo. Hay buena química entre el trío protagonista, y Strouse/Cusack logran extraer una interpretación muy contenida y expresiva de Shélan O’Keefe —joven actriz con una prometedora carrera por delante—en su papel de Heidi, como se puede ver en la escena del cigarrillo. Hay más secuencias que buscan la lágrima y emoción en el público —ahí está esa llamada al contestador telefónico con la voz grabada de su mujer—, y aunque transiten por terrenos poco originales, se puede decir que la cinta consigue un clima dramático delicado y afectuoso.

La historia es mínima e interior, y la película avanza a ritmo suave y sin precipitaciones que la hagan perder el intimismo necesario para llegar al alma de los personajes. Sin embargo, en el camino al parque de atracciones, el director y el espectador se pierden en las pequeñas subtramas que vienen a hablar de una adolescente que intuye algo raro o que se deja arrastrar por la curiosidad de la edad, o de una niña que juega y sueña con ilusiones largamente esperadas. De planificación clásica y cierto aire televisivo, en algunos momentos chocan el uso de una cámara que se hace notar en exceso al seguir al protagonista por los pasillos, o de grandes angulares que buscan trasmitir esa sensación de angustia y bloqueo que padece, pero son defectos menores para una notable ópera prima que se ve con gusto.
Será fácil tacharla de sentimental porque se mueve en ese terreno y se trata de “cine familiar”, pero también hay que reconocer los esfuerzos por no excederse en lo melodramático y facilón. Prueba de ello es el uso honesto de la banda sonora compuesta por Clint Eastwood, con acordes que cumplen su función sin subrayarse ni “engañar” a la platea. Una película agradable y sencilla, con sensaciones de pérdida y también de reencuentro, sin especiales pretensiones ni alardes formales, con un veterano (Eastwood) y una novata (O’Keefe) que destacan como lo mejor del film, y un Cusack irregular en su particular viaje hacia el parque temático de su hogar.
Calificación: 6/10
En las imágenes: Escenas de “La vida sin Grace” - Copyright © 2007 Plum Pictures, Benedek Films, New Crime Productions y Hart-Lunsford Pictures. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos reservados.
“La vida sin Grace”: Viaje hacia la tristeza…
Hacía ya demasiado tiempo que teníamos perdido a John Cusack, un actor que nos había regalado estupendas interpretaciones a todos los cinéfilos (personalmente, mi preferida será siempre la de su John Kelso de “Medianoche en el jardín del bien y…
[…] recuperar su lugar en el mundo tras haber sufrido la tragedia –en un registro semejante al de “La vida sin Grace”–, aquí con el mérito de sacar de un niño-actor toda naturalidad que le haga ser él mismo […]
Escrito el 06.11.08 a las 16:53
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“La vida sin Grace”…
Título original: Grace is gone. Dirección y guión: James C. Strouse. País: USA. Año: 2007. Duración: 90 min. Género: Drama. Interpretación: John Cusack (Stanley Phillips), Alessandro Nivola (John Phillips), Shélan O’Keefe (Heidi Phillips…