El otro día estaba ojeando el periódico con un amigo, y nos topamos con la página de obituarios (esa sección que ahora tienen casi todos los diarios y que resuelve la papeleta de colocar las informaciones sobre difuntos, al parecer poco atractivas para los lectores). Había dos: uno, muy destacado, a tres columnas y con una gran foto, dedicado a Richard Widmark; y la columna restante, a un juez. El comentario de mi amigo fue demoledor: «Mira, esto es lo que define a un país: cómo valoramos la importancia real de las cosas». Desde su punto de vista, un juez era mucho más importante que un actor, por más que este último fuese un rostro inseparable de la memoria de varias generaciones como era el caso de Widmark.

Y lo curioso es que últimamente me ha sucedido en varias ocasiones. Una amiga me recriminó que de verdad me entristeciera la repentina muerte de Heath Ledger. Todos los días se muere gente, me vino a decir, que ha hecho cosas mucho más valiosas, trascendentales o importantes para el mundo que un actor (o un director, o un guionista…). Los dos amigos, como se ve, vienen a coincidir en el mismo argumento: el que se ha ido no forma parte de tu familia, no es tu amigo, no sabe de tu existencia, y como sea lo bastante famoso y las circunstancias en que se produjo su muerte medianamente turbias, su historia será carroñeramente aprovechada por los medios. Y una parte de mí sabe que tienen, al menos, cierta razón; pero también, para quien esto escribe, es cierto que su desaparición sigue teniendo una trascendencia simbólica, por supuesto incomparable con la pérdida de alguien que de verdad me sea cercano o me importe… pero, a su manera, no deja de ser triste. ¿O es que podemos habernos dejado llevar tantas veces por sus interpretaciones, por los sentimientos que despiertan en nosotros sus personajes, sin que nos quede la más mínima huella? Sinceramente, eso no me pasa. Y espero que nunca me pase.
En la imagen: Richard Widmark en “El Alamo” - Copyright © 1960 Batjac Productions y The Alamo Company. Todos los derechos reservados.
Yo la verdad no siento tristeza como tal ante estas noticias. Es más, en esta profesión suelen acompañarse de un carácter público y morboso que muestra muy poco respeto por la tristeza que de verdad estarán pasando sus familiares (caso de Ledger).
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Será por la carga emocional que tiene una película, y porque no es tan desconocido o lejano ese fallecido… aunque haya sido “conocido” con las luces y sombras del cine, y bajo la máscara de un personaje: en realidad, subjetivamente quizá nos apene que se ha muerto tal personaje… Después, pensándolo, cualquier muerte entraña dolor, pero sobre todo si es de una persona real y próxima.