La prensa diaria se hace eco de la información relativa al fuerte descenso en el número de espectadores que, durante el pasado año 2007, acudió a las salas de cine a disfrutar de este espectáculo de nuestras entretelas y querencias. Y, junto a los datos —fríos, duros, pétreos e inconmovibles—, como no podía ser de otra manera, su (casi) inevitable corolario, el de las opiniones y análisis acerca de los mismos, que surgen desde todos los ámbitos y estamentos (industria, organismos públicos, etc…) relacionados, en mayor o menor medida, con el invento este del celuloide y las salas oscuras. Coincidencias, con algunos que otros matices —determinados por la particular posición de cada cual—, acerca de algunos argumentos respecto a los cuales es difícil argüir nada en contrario: la brutal competencia de los nuevos soportes tecnológicos (DVD y similares); el tremendo daño que hacen los mecanismos irregulares de acceso al producto cinematográfico, con esas piraterías de diverso grado y género que todos conocemos; o la sobresaturación de un parque de salas que ha crecido enormemente en años recientes, más inducida, probablemente, por una política comercial “colateral”, vinculada a las grandes superficies, que por una demanda real del público sobre la que fundamentar la misma. Muy bien. Fenomenal, diría yo. Pero echo en falta un argumento que, más allá de lo subjetivo que se pueda ser en su apreciación, nadie menciona y que a mí, particularmente, me parece de una certeza difícilmente objetable…

¿Alguien se ha parado de verdad a pensar en cuál es el nivel medio de calidad de las producciones que se proyectan en esas cada vez más abandonadas salas cinematográficas? La sensación que albergo tras el pasado 2007, a título de apreciación global respecto a lo visto, es de una intensa decepción, porque, salvando algún caso puntual, el nivel medio fue bajo, muy bajo —siendo benévolo en los términos de la calificación—. Y así, señores, es muy difícil llenar las salas. ¿Que habrá que trabajar en todo lo arriba apuntado? Indudablemente, por supuesto. Pero no olvide la gente de la industria algo tan elemental como que, para llevar público a los cines, hay que ofrecerle buenas películas. Así de complicado, así de sencillo.
En la imagen: Fotograma de “No digas nada”, un estreno español reciente - Copyright © 2007 Mediapro y Yacaré Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.
Todas esas circunstancias que apuntas, compa Joaquín, son también, cómo no, “ladrillos que añadir al muro”, por supuesto. Pero, claro, al igual que la idea base de la reseña, todas ellas implican el ejercicio de la autocrítica, y bien sabes tú que ése es un “deporte” en el que aquí, en España, me temo, nunca vamos a ser “medallistas olímpicos”. Siempre es más sencillo echarle la culpa a “los otros” (y no sólo a los de Amenábar, sino a cualesquiera que sean…).
Gracias por comentar y un abrazo.
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Completamente de acuerco, y a ello hay que sumarle el elevado precio de las entradas, que las salas de cine están situadas a las afueras de las ciudades (el coste de desplazamiento) y que parece ser que en España lo del cine digital no hay nadie que lo impulse. Cierto que se requiere una inversión para modernizarse, pero luego los beneficios serían muy elevados, no sólo por el abaratamiento en la distribución, sino porque encima el espectador se libraría de algunas molestas irregularidades técnicas en algunas proyecciones. Pero no, sigamos en la Edad de Piedra…