No hay mayor suerte para un cinéfilo que el ver muchas películas, tener acceso a lo más interesante (al menos, a priori) de lo que llega a nuestras pantallas, rastrear entre lo que no y, lo más importante, poder compartirlo con ustedes, tanto si coincidimos como si no (¿acaso no es la controversia y la disparidad de criterios uno de los alicientes de un blog como éste, junto al disfrute de descubrir que personas que no nos hemos visto nunca podemos compartir gustos, o incluso sentir devoción por algún título minoritario?). Y sin embargo, y en contrapartida, es un privilegio que trae añadido un grandísimo pero: la dificultad creciente de acceder a la maravilla y de que una cinta nos llegue a fascinar.

Parece que no fue hace tanto tiempo (¡pero sí que fue, por desgracia!) cuando uno empezó a dar sus primeros pasos en la cinefilia, acercándose a los títulos de los que todo el mundo hablaba, y cuando casi cada visita a la sala de cine traía consigo un descubrimiento. Ahora, cuando los kilómetros de celuloide que han pasado ante nosotros, si no dan la vuelta al mundo, poco les debe quedar, todo se ha vuelto más difícil. Afortunadamente, mantenemos el espíritu (¿de qué otra manera, si no, se puede escribir y disfrutar?), y seguimos abiertos a que, cuando se enciendan las luces, nos descubran abrumados, emocionados, sobrecogidos o con ese especial y frágil estado de ánimo que nos invade cuando hemos sentido el milagro que nos hace renovar nuestra fe en el cine. Pero ahora, con el paso de los años y las sesiones, el tiempo entre cada uno de esos arrebatos parece espaciarse, y cada vez es más difícil sentir una epifanía como la que quien esto escribe sintió ante, por ejemplo, “El imperio del sol”, una de esas películas que serán para siempre mucho más que simple celuloide. Eso sí: cuesta más, pero cuando lo conseguimos… ¡oh, cuando lo conseguimos!
En la imagen: Christian Bale en “El Imperio del sol” - Copyright © 1987 Amblin Entertainment y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.
Eso también me pasa a mí, Tònia, con cosas como “El orfanato”; te sientes un poco marciano. Pero lo curioso es que también encandilan a gente que lleva mucha más experiencia en sus retinas, en teoría con un criterio del que me fío… no sé, te da que pensar.
Un saludo!
Buenas noches blogueros,
No puedo estar más de acuerdo con los dos, cada vex me resulta más difícil conseguir uno de esos ansiados “orgasmos cinéfilos”, sí, es que es muy fácil hacerse expecatativas y que no se cumplan pero últimamente no me molesto en leer opiniones, ver imágenes… para dejar que la película me sorprenda en algo y en algunas ocasiones (más de las que me gustaria reconocer) no han conseguido atraerme en lo más mínimo, simplemente no me quedarán grabadas porque no tienen nada memorable como aquella escena en que Ofelia hablaba al Fauno, aquel momento en que Totó proyectaba su primera cinta… momentos de celuloide 100%, trazos de imaginación que se quedan más allá de la retina.
Me presento, cinéfila oficial, de la religión medemiana, con toques a “lo Coixet”, ganas de hablar de lo que más me gusta (por poco que sepa, aún me queda mucho por ver) y con un espacio compartido en que me dedico a hacer lo propio… así que os invito.
unadoblevidadepelicula.blogspot.com
Un saludo,
Sm
El vuestro es mágnifico, por cierto, encantada de haberos encontrado, sigo leyendo.
Uf, Miguel, cuanto más pienso en “El orfanato”, menos me gusta… y eso que ya salí del cine con la idea de que apenas le daba algo más que el aprobado XD
Pues bienvenida, Susurros; y por supuesto que paso a echar un vistazo por tu blog. ¡Qué bueno que tengamos oportunidad de compartir nuestro entusiasmo por algo tan apasionante (cuando quiere) como es el cine.
Pues a mí me pasa algo parecido, Tònia. Y los panegíricos acumulados no ayudan precisamente a que mejore mi idea. Lo que ya me ha dejado alucinado es leer por ahí a Bayona comparando a Belén Rueda con Katharine Hepburn… pero, ¿es que nos hemos vuelto todos locos o qué?
Un saludo!
Qué interesantes reflexiones, queridos compas, las que lanzáis sobre ese fenómeno del “deslumbramiento cinéfilo” ¿Qué queréis que os diga…? Supongo que su merma, o mayor espaciamiento, o dificultad, es el tributo lógico que hay que pagar cuando uno va acumulando mucho cine visto: la posibilidad, aun cuando sea en términos meramente estadísticos, de encontrar algo novedoso (y sin novedad, difícilmente hay deslumbramiento…), se va reduciendo. Y es uno de los motivos por los cuales, paradójicamene, me alegro de tener aún tanto cine legendario (de ese tan celebrado y aclamado por todo cinéfilo de pro) pendiente de ver. Mi cupo estadístico aún tiene cierto grosor: aleluya, aleluya…
Saludos.
Tú lo has dicho, Manuel. Y sin embargo, la contradicción es que no podemos escapar de esa necesidad de ver más y más cine, en busca del deslumbramiento… ¿Será una adicción?
Un saludo!
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A mí esto que comentas también me pasa. Pero lo que más me ocurre últimamente es que todas las películas sobre las que todo el mundo habla maravillas y que se supone que son el gran fenómeno o el peliculón de la temporada, me resultan una gran decepción cuando las veo. Y ya no es aquello de que las expectativas no se vean exactamente cumplidas, pero al menos considere que la película es algo más que correcta; es que simplemente me pregunto cómo alguien puede considerar que aquello es una buena película XD